Jurgen Ureña. 7 noviembre

Hace pocas semanas, en un concierto en Inglaterra, el músico Fatboy Slim difundió una singular versión de su tema Right Here, Right Now (Aquí y ahora).

Lo singular reside en la mezcla de la música con el discurso contra la inacción política que la sueca Greta Thunberg, de 16 años, pronunció en setiembre durante la Cumbre sobre el Clima de las Naciones Unidas.

“Greta ha dicho que tenemos que actuar como si la casa se estuviera quemando”.

Thunberg lanzó entonces un gancho al hígado de los líderes mundiales: “Nos están fallando, pero la gente joven está empezando a entender su traición. Los ojos de las futuras generaciones están sobre ustedes y si eligen fallarnos nunca se los perdonaremos. Aquí y ahora es cuando trazamos la línea. El mundo está despertando y el cambio viene, les guste o no”.

Las palabras de la joven activista han inspirado a figuras como Fatboy Slim, Leonardo DiCaprio y Jane Fonda, quien ha sido arrestada cuatro viernes consecutivos (hoy podría ser el quinto) en las escalinatas del Capitolio, en Washington, mientras participaba en una protesta en la que reclamaba acciones del gobierno estadounidense para contrarrestar los efectos del calentamiento global.

El activismo de Fonda no es nuevo. En los años sesenta, era una de las actrices más cotizadas de Hollywood y, además, una de las figuras visibles en contra de la guerra de Vietnam.

En declaraciones para el The Washington Post, la octogenaria actriz confirmó la influencia de Thunberg en sus acciones: “Greta ha dicho que tenemos que actuar como si la casa se estuviera quemando”, detalló.

Gracias por el fuego. La imagen de la casa en llamas supone una afortunada analogía que materializa el concepto del calentamiento global y señala el riesgo que enfrenta nuestro ancestral refugio. Sin embargo, esa figura retórica parece incompleta en la medida en que podríamos olvidar que no existe otra casa a la vuelta de la esquina.

Otra virtud que debemos agradecerle a la analogía de la casa en llamas es que instala a nuestro alrededor el sentido de urgencia. ¿Cuánto tiempo queda antes de que se produzca el derrumbe? ¿Qué debemos hacer para aplacar el fuego?

Un informe publicado este año por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) afirma que es urgente disminuir las emisiones globales de dióxido de carbono, de manera que lleguemos a cero emisiones netas en el 2050.

El informe, basado en más de 6.000 referencias científicas, añade que un aumento de la temperatura global de 2 grados subiría 10 centímetros el nivel del mar, lo que implicaría que diez millones de personas estarían expuestas a inundaciones.

¿Recuerdan Waterworld (1995), el estrepitoso fracaso de taquilla que protagonizó Kevin Costner? El relato de esa película ocurre en un futuro posapocalíptico en el que los cascos polares se han derretido y la Tierra está cubierta de agua marina; la humanidad sobrevive en plataformas flotantes y su principal ocupación es la búsqueda de agua dulce.

Waterworld puede parecer hoy una película profética, pero es la respuesta hollywoodense a la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992), en la cual se anunciaron las posibles consecuencias del calentamiento global.

La promesa del “primer país carbono neutral del mundo” ha cambiado de fecha de un gobierno a otro y se ha pospuesto hasta 2100, tal como recuerda BBC News en una nota de febrero de este año.

La primera toma de conciencia del efecto negativo de nuestras acciones sobre el planeta se produjo durante la Cumbre de la Tierra de Estocolmo (1972), donde se consignó: “Hemos llegado a un momento de la historia en que debemos orientar nuestros actos en todo el mundo, atendiendo con mayor cuidado a las consecuencias que puedan tener para el medio. Por ignorancia o indiferencia, podemos causar daños inmensos e irreparables al medio terráqueo, del que dependen nuestra vida y nuestro bienestar”.

Esta preocupación se planteó en Suecia tres décadas antes del nacimiento de Greta Thunberg en ese país. Después, vinieron las cumbres de Río de Janeiro y Johannesburgo (2002), el Protocolo de Kioto (2005) y el Acuerdo de París (2015). Hoy, estamos a las puertas de la mayor extinción en la Tierra desde que un asteroide cayó en ella y acabó con los dinosaurios, tal como se expone en el libro La sexta extinción (2014), escrito por la periodista estadounidense Elizabeth Kolbert.

¿Por qué hemos tardado tanto tiempo en actuar? “Durante más de 30 años, la ciencia ha sido clara. ¿Cómo se atreven a mirar para otro lado?”, preguntó a los representantes políticos, reunidos en la ONU, Greta Thunberg.

Poco después ella respondió con idéntico énfasis a esa pregunta retórica: las cifras son demasiado incómodas y nuestros gobernantes “no han sido suficientemente maduros para decir las cosas como son”.

Emisiones y omisiones. Durante los años setenta y ochenta, algunos gobernantes costarricenses actuaron en favor del ambiente y crearon parques nacionales y áreas de conservación.

En febrero, el presidente lanzó el Plan Nacional de Descarbonización, considerado por el New York Times “un modelo para el planeta”.

El plan pretende disminuir el uso de combustibles fósiles y alcanzar las cero emisiones netas en el 2050, como proponen el IPCC y el Acuerdo de París. Si el plan se cumple, dentro de tres décadas no emitiríamos más dióxido de carbono que aquel que pudiéramos compensar a través de la conservación y reforestación de nuestros bosques.

Somos pioneros en materia ambiental, lo cual significa que nos precede un pasado prestigioso y que no tenemos a la mano todas las respuestas ni todos los recursos necesarios para cumplir con nuestros propósitos. Sin embargo, contamos con una carta a nuestro favor: la capacidad de llamar las cosas por su nombre, de identificar omisiones y enmendar errores sobre la marcha.

El Plan Nacional de Descarbonización no menciona los mecanismos necesarios para alcanzar los objetivos, no considera los costos económicos de la ejecución ni la necesidad de informar a la población sobre las estrategias recomendables para reducir las emisiones de dióxido de carbono.

Omite además los mecanismos que garantizarían su continuidad: un asunto que no es menor si se toma en cuenta que entre hoy y el 2050 tendremos nueve gobernantes. No deberíamos repetir la historia del “primer país carbono neutral del mundo”: la promesa para el 2021 anunciada por el presidente Óscar Arias en el 2007. Desde entonces, la fecha ha cambiado de un gobierno a otro y se ha pospuesto hasta 2100, tal como recuerda BBC News en una nota de febrero de este año.

Sin embargo, la omisión que resulta más grotesca, debido a la contradicción que supone, es la ausencia de los jóvenes y artistas en ese proyecto, salvo por una línea escueta y vaga que hace referencia a “iniciativas culturales y educativas para profesores y estudiantes de diversos niveles”. Eso es todo. Ahí comienza y termina su participación dentro del plan.

Es una omisión contradictoria porque son justamente los jóvenes y artistas, representados en figuras como Greta Thunberg y Jane Fonda, quienes han pedido a sus mandatarios que escuchen la voz de la ciencia y han promovido con sus acciones el inicio del cambio.

¿No es acaso una grotesca contradicción que nuestro gobierno invite a Greta Thunberg a una conferencia ambiental y disminuya pocos días después el presupuesto anual del Ministerio de Cultura y Juventud?

Los jóvenes y los agentes culturales no son los músicos del Titanic que amenizan el hundimiento del barco ni las criaturas asustadas que se refugian en el sótano de la casa en llamas.

Hoy, son en cambio quienes salen a las calles y dirigen las maniobras de aplacamiento del incendio y quienes podrían comunicar las urgencias de nuestro tiempo a través de la música, el teatro, la literatura y el cine, por ejemplo. Muchos los consideran prescindibles, ornamentales, limitados y carentes de sentido práctico. La historia reciente confirma que son exactamente lo contrario.

El autor es cineasta.