Carlos Arguedas R.. 23 junio

Mi memoria no registra un ministro de Gobierno que en circunstancias calamitosas haya ganado en tan poco tiempo tanta credibilidad y proyectado eficazmente tanta autoridad y rigor como el actual titular de la cartera de Salud.

Al principio, el hecho era tan imprevisible como la pandemia. De pronto, un recién llegado, casi un desconocido, no obstante su alta posición, irrumpe en el espacio público y gestiona lo medular de la situación sin estridencia, pero con claridad, propiedad y firmeza.

Lo esencial no depende de las normas escritas, sino de la percepción que tengan del significado de la institución quienes forman parte de ella: en cierto sentido y por un tiempo, ellos son la institución y la hacen ser como es.

Es reconfortante que entre tanta desazón y desesperanza haya quien es capaz de actuar sin cálculo ni oportunismo, que nos muestre sin proponérselo el poder de lo espontáneo, sin charlatanería ni retórica inútil.

Casi con discreción, el ministro reivindica el oficio público. A pesar del contexto en que se mueve, no se le percibe como lo que despectivamente suele llamarse “un político”, porque no se ve en él ninguno de los trazos que, supuestamente, caracterizan a quienes se dedican a asuntos del Estado.

Por el contrario, es alguien que en su delicada función llama las cosas por su nombre, con conocimiento, pero sin ostentación y sin suficiencia, y con veracidad, sencillez, prudencia y disciplina. Parece que haciéndolo así traduce su implícita comprensión del significado del cargo.

Se ha dicho que para toda institución, la Constitución, las leyes y los reglamentos pautan el marco de actuación, pero —se agrega— lo esencial no depende de las normas escritas, sino de la percepción que tengan del significado de la institución quienes forman parte de ella: en cierto sentido y por un tiempo, ellos son la institución y la hacen ser como es (Zagrebelsky).

Más allá de esta visión institucional, cabe pensar ambiciosamente si el desempeño del ministro nos enseña o nos anuncia las posibilidades de una diferente y novedosa modalidad de liderazgo, que no solo reivindique el oficio público, sino también la política, que obre por fin el milagro de sustituir una política desacreditada y empobrecida por otra, respetable y valiosa.

El autor es exmagistrado.