Dorelia Barahona. 25 mayo, 2019

Del latín fama, celebridad, renombre, notoriedad, derivado de fari, hablar, y prima de la palabra fábula, nos llega el culto a los diez minutos de gloria que se profesa hoy y que nos tiene encaramados en el selfi del triunfo, siempre con la boca en forma de comensal a punto de ingerir un bocado de pasta al dente.

Tiempo de carreras locas por sobresalir, hacerse notar, ser afamado o difamado, lo que importa es mantener el nombre, conseguir que esa imagen que creemos vale más que mil palabras se mantenga en rotativa.

La fama al dente, casi cruda, sin masticar lo suficiente, tragada a golpe de tambor, nos tiene a punto de avaricia, de consumo encadenado de nosotros mismos en un ejercicio de competencia muchas veces precipitada y, por tanto, indigesta y autodestruye.

¿Estamos listos para subir a esa tarima?, deberíamos preguntarnos antes de, hablando coloquialmente, darnos de golpes con los demás para lograr agarrar una esquina. ¿Es eso realmente lo que queremos? La respuesta de muchos es saberlo en el camino porque lo que importa es estar en la fila y no dejan de tener razón dada la competencia, pero solo el tiempo pone las cosas y los actores en su lugar.

Ránquines estéticos. Recientemente, leí un interesante artículo sobre los orígenes de los ránquines estéticos, de Carlos Spoerhase, un estudio que rastrea cuándo aparecen los modelos cuantitativos de comparación y desplazan a los valorativos de la crítica.

Estos modelos fueron elaborados en el siglo VIII y aparecen en forma de listas con variables, sumas ponderadas y nombres de poetas y músicos alemanes, primeramente. Luego, Roger de Piles, en 1708, es quien consolida, al publicar el primer ranquin estético con base numérica, su uso. Una escala entre opiniones, gustos, predominio de colores, expresión, composición, entre los más destacados pintores de la época.

A esta lista seguirá la de los músicos y la de poetas y dramaturgos que en 1757 aparece en la Theatrical Review de Londres con el nombre de “La escala de autores de comedias y tragedias”, y en la cual 16 escritores son evaluados en función de su genio, juicio, expresión, acción y voz. En ella, se encuentran nombres que van desde Virgilio hasta Cervantes, Dante, Molière y Racine.

Lo interesante de todo esto que narro es que quienes obtienen las puntuaciones numéricas más altas son perfectos desconocidos para nosotros hoy. Sabemos quién fue Dante, pero no quién Mrs. Chibber. Lo que en ese momento puntuaba como triunfador en la lista del ranquin, no pasó a más con los años siguientes. ¿Por qué?

Los criterios estéticos muchas veces varían, como cambian los gustos y las modas. Son temporales en sus manifestaciones de gloria y, por tanto, de fama. Lo que se mantiene como constante en el arte es lo que cumple con los universales de la belleza. Parece muy conservador lo que estoy diciendo, pero esa es la certeza que nos da la neurociencia como hecho verificado.

Emoción y placer. La belleza es la suma de universales convocados por la emoción y el placer. Esa receta no se logra en un bocado de pasta al dente. Se logra oficio de por medio, con el desarrollo que da la intuición y la escogencia de las herramientas propicias para la representación.

Sea literatura, pintura, música, danza o cine, a veces no vamos a decir que no, aparece un genio envuelto en humo que nos maravilla con sus proezas momentáneas. Maravillados, lo comentamos entre el grupo mientras pasa la imagen y se guarda en la mente. Luego, sigue la vida y el genio se olvida. No se olvida la armonía, la maestría, la artesanidad, el diseño, la unidad, en fin, la cartografía que la belleza despliega ante la vida misma y su biología. Un apasionante mapa que deberíamos compartir antes de seguir comiendo de la fama al dente tan seguido.

La autora es filósofa.