Helen Clark. 16 octubre

NUEVA YORK– La educación en sexualidad empodera a la gente para tomar decisiones informadas sobre sus propios cuerpos y su sexualidad, y para mantenerse segura en el proceso.

Por tanto, es un elemento esencial para una educación de calidad. Sin embargo, lejos de promover una educación sexual integral, muchos luchan por limitarla. Las consecuencias, especialmente para los jóvenes, son serias, duraderas y algunas veces mortales.

Es hora de que nos enfrentemos al hecho de que los seres humanos tienen sexo, a menudo mucho antes de la adultez.

Como nos recuerda el Informe de Monitoreo de Educación Global de la Unesco, denominado Facing the Facts (Enfrentando los hechos), cada año cerca de 16 millones de jóvenes de entre 15 y 19 años (y dos millones de menos de 15 años) dan nacimiento a un bebé, suceso que a menudo marca el fin de su educación formal. Otros tres millones de entre 15 y 19 años se someten a abortos no seguros cada año.

Estas cifras están relacionadas con carencias educativas sobre sexo, sexualidad y el cuerpo humano. Por ejemplo, en la República Islámica de Irán, según datos de WaterAid, cerca de la mitad de las muchachas piensan que la menstruación es una enfermedad. En Afganistán, un 51 % no sabe nada de la menstruación antes de que esta llegue. En Malaui, la cifra asciende al 82 %.

Si las jóvenes, por no hablar de los muchachos, no saben nada de la menstruación, ¿cómo se puede esperar que se protejan contra embarazos no deseados?

Lo mismo vale para infecciones de transmisión sexual como el VIH. Los jóvenes de entre 15 y 24 años representan un tercio de las nuevas infecciones de VIH entre adultos. Esto se debe en parte a que apenas un tercio de las mujeres jóvenes en la mayoría de los países de ingresos bajos y medios saben cómo prevenir la transmisión del virus.

Pero, contrariamente a lo que se suele pensar, la educación en sexualidad no gira solamente en torno al sexo. Como resalta el mencionado informe, también incluye lecciones sobre las familias y las relaciones sociales que pueden beneficiar a niños y niñas desde los cinco años de edad, no en menor medida al educarlos cómo diferenciar entre el contacto físico adecuado y el abuso.

Más aún, la educación sobre sexualidad ofrece significativas lecciones sobre las dinámicas de género, y cubre cuestiones como el consentimiento, la coerción y la violencia.

Cerca de 120 millones de jovencitas en todo el mundo —ligeramente más que una de cada diez— han sufrido relaciones y actos sexuales forzados u otras formas de violencia por parte de sus compañeros íntimos en algún momento de sus vidas. Esto ayuda a explicar por qué la violencia es la segunda mayor causa de muerte entre adolescentes a escala mundial.

Una educación sexual integral puede significar un gran avance para contrarrestar los torcidos mensajes sobre la masculinidad que fomentan el dominio sexual masculino, y tan a menudo conducen a la explotación y la violencia sexuales.

Y es inmoral (incluso perverso) ocultar a los jóvenes información que tiene el potencial de salvar sus vidas.

También puede contribuir a romper el silencio sobre experiencias de este tipo entre sus víctimas, potencialmente inspirándolas a buscar ayuda.

Todos los jóvenes, de ambos sexos, y todos los hombres y mujeres, de hecho, pueden beneficiarse de contar con conocimientos completos sobre conductas sexuales seguras. Sin embargo, la oposición a la educación sobre sexualidad es ruidosa, persistente y generalizada. Algunos llaman a prohibirla sin más. Otros insisten en que las escuelas deben enseñar solo la abstinencia, a pesar de las pruebas que demuestran que tales programas suelen proporcionar información médicamente imprecisa.

Al igual que los críticos a la educación LGBTQI+, los oponentes a una educación integral sobre sexualidad a menudo tratan de justificar su postura con argumentos culturales, religiosos, sociales y hasta políticos.

Pero, sea cual sea la motivación aparente, su oposición suele reflejar carencias de conocimiento sobre lo que implica esa educación. En consecuencia, la mejora de lo que la opinión pública entiende como educación en sexualidad ayudaría a neutralizar esta ola negativa y abrir el camino a que más jóvenes se beneficien de ella.

Los líderes del mundo deben pronunciarse a favor de una educación sobre sexualidad completa, declarando sus beneficios claros y basados en pruebas, y despejando mitos perjudiciales. También, deben contribuir a este proceso medios noticiosos informados y el apoyo de agrupaciones de la sociedad civil.

Con información precisa, es mucho más probable que la opinión pública acepte la educación sobre sexualidad.

No obstante, para que sea significativa, debe ser de excelente calidad. Por eso, se debe dotar a los profesores de los conocimientos, los recursos y la confianza necesarios para impartir estas lecciones con eficacia.

Las lecciones preparadas de antemano, como las que se están utilizando en Namibia y Chile, o los recursos pedagógicos en línea, como los que provee Tanzania, son de gran ayuda para suplir esta necesidad.

Más aún, la educación en sexualidad idealmente debería proporcionarse como un programa independiente, en lugar de estar integrado a otros (una práctica común que afecta su impacto). Y se debe complementar con servicios de salud sexual y reproductiva ampliamente accesibles y cercanos a los jóvenes.

Es hora de que nos enfrentemos al hecho de que los seres humanos tienen sexo, a menudo mucho antes de la adultez. Y es inmoral (incluso perverso) ocultar a los jóvenes información que tiene el potencial de salvar sus vidas.

Después de todo, el conocimiento es poder. Al facilitar a los jóvenes de hoy, y en particular a las jóvenes, una mejor compresión de lo que ocurre en sus cuerpos, las empoderaremos para proteger su salud y su futuro.

Helen Clark: ex primera ministra de Nueva Zelanda, fue administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

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