Eduardo Ulibarri. 6 mayo

Los dirigentes partidarios con visión de futuro y genuina inquietud democrática deberían combinar su preocupación por las candidaturas con otro factor de gran trascendencia: el alejamiento ciudadano de la política. Las primeras tienen importancia, claro: determinarán quienes ocuparán la presidencia y llegarán a la Asamblea; es decir, la suerte de los partidos. Pero el impacto del segundo fenómeno es sistémico. Si no se frena desde los actos, producirá alguno de estos efectos, o todos: mayor abstención, débil mandato electoral, deterioro de la gobernabilidad, deslegitimación institucional, inestabilidad y retroceso democrático.

Conforme avanzamos en la ruta electoral, la única certeza, y muy abultada, es la falta de entusiasmo y el abandono de las identidades político-partidarias. Así lo atestiguan, con diferencias notorias, pero tendencia similar, dos encuestas nacionales realizadas en abril: por Borge y Asociados y por el Centro de Investigaciones y Estudios Políticos (CIEP), de la UCR.

En la primera, el 66 % de una muestra de 661 adultos dijo no simpatizar con ningún partido; en la segunda (821 entrevistas), la cifra se disparó al 87 %, la mayor registrada por estudios de opinión en tres décadas. El CIEP documentó, además, una baja en la valoración de instituciones políticas. Según ella, los partidos apenas obtienen 2,9 puntos en una escala de 1 a 10. Además, el promedio de un índice de entusiasmo político, construido con cinco dimensiones positivas y cinco negativas, se situó en 27 de 100 puntos posibles.

Si califico estos datos de preocupantes, no alarmantes, es porque podrían estar impulsados por coyunturas que, al desaparecer, los harían mejorar algo. O quizá solo sean señal de reacomodos en las fuentes de identidad. Sin embargo, temo que las corrientes de desapego y negatividad sean mucho más profundas y corrosivas, entre otras cosas, porque varios actores políticos, con su actuar, las estimulan.

Si las pugnas partidarias internas y la campaña electoral se desarrollaran con un mínimo de visión, civilidad, prudencia y positivismo, podrían ser instrumentos para reorientar estas tendencias. Pero las señales de hoy sugieren que ocurrirá lo contrario: añadirán combustible a las brasas, atizarán aún más el desinterés y alimentarán la posibilidad de inquietantes desenlaces.

Twitter: @eduardoulibarr1