Djavad Salehi-Isfahani. 15 febrero

BLACKSBURG, VIRGINIA – La República Islámica de Irán cumple 40 años. Pero con el país asediado por una grave crisis económica, la pregunta que al parecer todos se hacen –tanto dentro de Irán cuanto entre la diáspora– es si la Revolución islámica realmente mejoró la vida de los iraníes.

Desde el pasado mayo, cuando Estados Unidos se retiró del Plan de Acción Integral Conjunto –el acuerdo sobre el programa nuclear iraní– del 2015 y reimpuso las más duras sanciones a Irán, la economía persa se hundió. La moneda se devaluó un 70 % y los precios aumentan a un ritmo del 40 % anual, lo que tensa todavía más una economía que ya era deficiente y en la que uno de cada tres jóvenes con educación universitaria está desempleado.

El gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, parece confiar en que –con una ayudita de las sanciones– la población iraní se alzará contra la República Islámica. En un discurso que dio en julio ante la comunidad iraní en Estados Unidos –y al que todos vieron como un llamado al cambio de régimen– el secretario de Estado, Mike Pompeo, declaró que el régimen islámico “dejó a Irán atrapado en una larga debacle económica” y hundió a “un tercio de los iraníes (…) bajo la línea de pobreza”.

Pero desde la Revolución, la dirigencia iraní hizo inversiones en infraestructura, que mejoraron el acceso de las áreas rurales no solo al agua de red, sino también a la salud y la educación

Pero una mirada más atenta a los datos económicos de Irán contradice la idea de que la población iraní haya caído en la miseria después de 1979, y mucho menos que esté al borde de la revuelta. Es verdad que muchos iraníes de más edad recuerdan con afecto la década anterior a la Revolución, cuando el firme crecimiento de su economía triplicó el PIB per cápita.

Pero a Irán también le fue bien después de la Revolución. Entre 1995 y el 2011 –antes de las asfixiantes sanciones impuestas por el predecesor de Trump, Barack Obama–, el crecimiento promedio del PIB per cápita en Irán (en términos de paridad del poder adquisitivo) fue un 8,7 %, contra solo el 2,9 % en la vecina Turquía.

Los indicadores de bienestar individual muestran mejoras similares. Combinando ingreso per cápita, máximo nivel de educación alcanzado y expectativa de vida, el Informe de Desarrollo Humano 2018 sitúa a Irán en el 60.º lugar entre 189 países, por delante de Turquía (64), México (74) y Brasil (79).

Además, los datos estadísticos muestran una mejora uniforme en el acceso de los iraníes a servicios básicos y comodidades domésticas. Todos los hogares en Irán tienen acceso a electricidad y agua potable, mientras que en 1973 esos servicios solo llegaban al 43 % y al 33 % de los hogares, respectivamente. El 85 % de las casas recibe gas natural de red a bajo costo, inexistente antes de la Revolución.

La comparación resulta todavía más favorable si se tiene en cuenta la disminución de los ingresos petroleros de Irán, sostén del nivel de vida en los setenta. Gracias a unos precios históricamente altos en los cinco años que precedieron a la Revolución (1974‑1979), esos ingresos alcanzaron la cifra inédita de $1,03 billones (a valores del 2018), o sea, unos $5.000 anuales por persona. Después de la Revolución, el ingreso petrolero del quinquenio más lucrativo (2007‑2011) llegó a $0,6 billones, o sea $1.365 anuales por persona (eso también se debe a que la población aumentó a más del doble después de 1979).

Pese a la disminución, la República Islámica hizo grandes avances hacia el cumplimiento de algunas de sus principales promesas, por ejemplo, reducir la pobreza. En los setenta, los hogares urbanos recibían una cuota mucho mayor de la riqueza petrolera que los desfavorecidos hogares rurales. En 1973‑1975, la proporción de hogares urbanos con acceso a agua de red creció del 65,4 % al 79,7 %, mientras que en las áreas rurales solo creció del 7,6 % al 8,5 %.

Pero desde la Revolución, la dirigencia iraní hizo inversiones en infraestructura, que mejoraron el acceso de las áreas rurales no solo al agua de red, sino también a la salud y la educación. Eso llevó a una reducción sustancial de la pobreza, desde más del 20 % a principios de los setenta a menos del 10 % en el 2014.

Sin embargo, como ocurre en la mayoría de los regímenes revolucionarios, los avances de la República Islámica obedecen más a la intervención pública directa –por ejemplo, provisión de servicios básicos y dinero en efectivo a los pobres– que a los incentivos del mercado. Eso explica la falta de empleos suficientes: el desempleo en la población joven con educación universitaria –inexistente en los setenta– trepó al 30 % para los varones y 50 % para las mujeres.

Además, aunque tras la Revolución Irán consiguió aumentar la equidad en algunas áreas, eso no incluye la desigualdad de ingresos. El coeficiente de Gini (medida habitual de desigualdad de ingresos, en la que cero representa la plena igualdad) se mantiene por encima de 0,40, un valor no muy inferior al que tenía a principios de los setenta.

Claro que los indicadores económicos no son la única medida de calidad de vida. Si bien en muchos aspectos el nivel de vida del iraní medio es cuantitativamente mejor bajo la República Islámica que en tiempos del sha, eso no compensa el alto desempleo, ni mucho menos las restricciones sociales impuestas desde 1979. Sin embargo, el objetivo de cambio de régimen endógeno que se ha fijado el gobierno de Trump parece remoto.

Djavad Salehi‑Isfahani es profesor de Economía en la Universidad Estatal de Virginia (Virginia Tech), investigador superior de economía global y desarrollo en la Brookings Institution e integrante del Foro de Investigación Económica de El Cairo. © Project Syndicate 1995–2019