Joyce Zurcher B.. 5 mayo, 2018

Visité recientemente un mercado en Zaragoza, donde compré piña de Costa Rica (anunciada así), al precio de 1,19 euros el kilo, y aguacates Hass de México (anunciados así) a 5,59 euros el kilo. No tengo parámetros válidos para comparar el valor de ambos, pero el bajo precio de la fruta costarricense me hizo recordar diversas publicaciones de la prensa nacional donde han denunciado la insostenibilidad del modelo de producción de la fruta.

Su cultivo —se ha dicho— es altamente contaminante, no solo porque los agroquímicos utilizados contaminan la fruta, sino porque terminan en las aguas de los ríos al no se disponer de los desechos adecuadamente, infestando de insectos los cultivos vecinos. También porque el monocultivo desanima la biodiversidad de aves y flora y, para colmo de males, porque en la producción se emplean trabajadores indocumentados quienes ni contribuyen a nuestra seguridad social ni la reciben.

En el Estado de la Nación 2017 se habla del enorme incumplimiento del gobierno en vigilar la observancia de nuestra normativa

Si este fuera el caso, el cultivo de la piña, en vez de aumentar la riqueza nacional, la disminuiría al no internalizar en el precio de la fruta toda la lesión ambiental y social pagada por todos los costarricenses y, posiblemente, por todos los habitantes del mundo.

Una vez más, veríamos cómo las malas prácticas ambientales y sociales permiten la producción de artículos de buena calidad, vendidos en los mercados a precios bajos, produciendo grandes ganancias a los dueños de las empresas, pero, al no tener internalizado en su precio el costo real del producto, ciertamente contribuyen al crecimiento del PIB, pero su exportación saquearía nuestros recursos naturales y nos empobrecería a todos al generar problemas de insostenibilidad social y ambiental.

Sospechas. El precio de la piña en el mercado de Zaragoza no es razón suficiente para declararla producto insostenible, pero al menos me hace sospechar de que algunos productores podrían estar aprovechándose de nuestras ventajas competitivas ambientales y sociales, que son y deben designarse como bienes sociales, y estar empobreciéndonos a todos los demás.

Un poquito de revisión al asunto señala que algunas organizaciones de piñeros han comenzado a incursionar en el cultivo de piña orgánica, caracterizada por una menor extensión en el uso del suelo y el uso de agroquímicos en menor medida y de manera más controlada, pero la modalidad orgánica del cultivo contribuye poco a reducir los efectos negativos del monocultivo y de la disposición inadecuada de sus desechos. Aspectos sumamente importantes, que podrían subsanarse, y hasta generar subproductos con altísimo valor en los mercados internacionales cual es el lino de piña, entre otros.

Debido a nuestros múltiples microclimas, ubicación geográfica, agua, mano de obra especializada etc., podríamos seguir siendo los mejores productores de muchísimos vegetales de gran demanda en los mercados mundiales, pero no hemos contado con los jerarcas idóneos para poner en operación nuevos proyectos acordes a tales ventajas.

Contamos en el país con los conocimientos y leyes distintas que no solo lo permiten, sino también exigen la producción sostenible, que podría convertirse, conjuntamente con el turismo, en los huevos de oro de la agricultura, pero no hemos tenido la capacidad de hacerlo.

Incumplimiento. En el Estado de la Nación 2017 se habla del enorme incumplimiento del gobierno en vigilar la observancia de nuestra normativa. No hemos aprobado planes reguladores en las municipalidades para administrar los recursos naturales de mejor forma y el ministro de Ambiente ha afirmado que cada uno de los aspectos que inciden en la sostenibilidad de la producción son supervisados por distintas instituciones administrativas, 61 en total, inconexas, que no visualizan la producción integralmente, sino como un archipiélago de aspectos distintos que a veces se contradicen: acceso y utilización del agua, sistemas de producción de peces, aprovechamiento de especies (veda, tiburón y pesca de arrastre), planificación de suelo, agroquímicos adecuados, trabajadores con salarios y derechos, etc.

Como uno de sus mayores logros, el actual ministro de Ambiente ha señalado haber logrado incorporarse al Consejo Económico del Gobierno para hacer evidente la necesidad de tomar en cuenta, transversalmente, todos los aspectos que inciden en la producción nacional, con el propósito de unificar criterios para utilizar óptimamente nuestras ventaja comparativas.

Un nuevo ministro de Ambiente vendrá en muy poco tiempo. Carlos Manuel Rodríguez Echandi es persona con experiencia y deseos de trabajar, como hemos visto por su desempeño previo. Le solicitamos hacer sus mejores esfuerzos para que nuestro país disponga adecuadamente de sus desechos sólidos y líquidos –que lesionan de manera inmediata al turismo y la salud–, que se lleve a cabo de manera fidedigna una revisión de los agroquímicos utilizados en la agricultura, no vaya a ser que nos dejen de comprar piña por sus costos no internalizados, y que de inmediato promueva una ley de agua que contenga no solo una utilización racional y óptima del recurso como bien social, sino que se fundamente en el estudio científico de su disponibilidad.

Mucho le pedimos a Rodríguez. Mucho lo apoyaremos también si da los pasos necesarios para hacer coincidir la imagen que vendemos con la realidad.

La autora es filósofa.