Víctor Hurtado Oviedo. 9 marzo

El pensamiento irracional es como la magia: el mago saca conejos de una chistera; y, cuando se analiza el pensamiento irracional, salta la liebre. Una de las liebres más absurdas es el mito de la “paridad”. Esta consiste en creer que las mujeres deben ocupar la mitad de los puestos de prestigio y bien pagados porque las mujeres han sufrido opresión y porque son la mitad del número de los habitantes. Así, si hay diez ministros, debe haber diez ministras (diputadas, embajadoras, catedráticas, etc.).

Nótese que los cargos apetecidos son prestigiosos y bien remunerados. Las feministas del privilegio nunca exigirán paridad entre los mineros, los albañiles y los basureros. Estos trabajos deben seguir en las manos de los patriarcas-privilegiados: los hombres.

La división del feminismo en “olas” es confusa: no sirve. Hay dos feminismos: el de la igualdad (bueno) y el del privilegio (malo). El bueno procura la igualdad de derechos con los hombres, pero no “un poquito más”. El malo se burla de la igualdad e impone privilegios: menores sentencias a las delincuentes, instituciones dedicadas a atender solo a las mujeres, temprana jubilación femenina, leyes “de género” que favorecen a las víctimas femeninas, etc. Solo el feminismo del privilegio (“de género”) exige la “paridad”.

Falacias. Veamos algunos argumentos favorables a la paridad. Las mujeres han sufrido discriminaciones milenarias, por lo que merecen compensaciones. Las mujeres forman la mitad de la población; por tanto, les toca la mitad de los cargos de poder. Los partidos postergan a las mujeres; entonces, merecen cuotas en las candidaturas. Una mujer comprende mejor a otra, por lo que deben representarse entre ellas. Todos son “argumentos” falaces.

La discriminación y el sufrimiento multiseculares de las mujeres fueron reales, pero ya no lo son —o lo son mucho menos— en los países de cultura ilustrada. Además, el sufrimiento de los muertos no crea derechos para los vivos. El Estado solo debe preocuparse por el bienestar de los vivos y de quienes nacerán. Así, ni las mujeres, ni los negros, ni los judíos, etc., merecen compensaciones pues sus ancestros padecieron mucho. Nadie necesita el sufrimiento ajeno para exigir que se respeten sus derechos: basta con existir.

Los grupos naturales no crean derechos especiales, excepto los menores de edad, los ancianos, los enfermos, los discapacitados y las madres gestantes y de niños pequeños. Los demás son hombres y mujeres adultos y sanos, con los mismos derechos. Es indiferente que un grupo sea 1 % o 99 % de una sociedad. Los grupos logran puestos de poder político mediante las elecciones o los nombramientos, no por su número. Deducir el 50 % los cargos de poder del 50 % de la población es pensamiento mágico.

Si la paridad distribuyese las funciones de poder 50-50 entre mujeres y hombres, dejaría fuera otros grupos naturales: raciales, étnicos, sexuales, etc. Para evitar tal exclusión, los indígenas exigirían ser representados por otros indígenas, no por hombres blancos.

Irracionalidad. Repartido todo 50 M-50 H, ya no habría puestos para las minorías raciales, étnicas, sexuales, etc. Así, el 50 % de los hombres elegidos no representarían a los indígenas, pues no incluirían la “exacta” proporción de los indígenas en la sociedad. Además, si un indígena exigiera ser representado por otro, ¿cómo negárselo si ya las mujeres se representan entre ellas mediante la paridad? La paridad es racista y excluyente. Este argumento es el jaque mate contra la paridad, salvo que alguien demuestren lo contrario.

Hundiéndonos en absurdo, podríamos evitar las exclusiones si aumentásemos el total a 200 % (¿a 500 %?) para que ningún “colectivo” quedase fuera. También podríamos otorgar puntos como en el golf según el jugador: los hombres negros votarían dos veces; si son gais, tres; si son choznos de esclavos mandingas, votarían 5,5 veces. Ciertas dificultades-cuotas presentarían los quinterones de mulato y los blanquiñosos notentiendos, mas todo se resolvería con análisis de sangre, pues la genética ha avanzado mucho, precisamente para ayudarnos a establecer las cuotas en el padrón electoral.

Si hubiese solo 20 ministerios, ¿cómo nombraríamos a los representantes de todos los “colectivos” marginados? Fácil: un transexual podría ser ministro durante un octavo de un quinto de un medio tiempo, y los puestos de embajador se rotarían entre todas las etnias indígenas en razón de su número y sus genomas. Hablando de igualdad, todos los grupos feministas son matriarcados, y en el Instituto Nacional de la Mujer trabajan nueve mujeres por cada hombre: la paridad no empieza por casa.

Liebres saltarinas. ¿Sufren las mujeres postergaciones en los partidos políticos? Solución: en vez de suplicar y humillarse, que formen partidos a su gusto. Están en su derecho, pero ni ellas ni el Estado deben imponer cupos “de género” en las listas de candidatos, pues cada partido es una entidad privada libre de conformarlas. El Estado solo inscribe; no manda, no vota.

¿Representa una mujer a otra mejor que un hombre? Tal vez; mas, por las dudas, habría que preguntar a Madame de Pompadour y a una costurera de Turrúcares. Suponer que las mujeres conocen sus problemas mejor que los hombres, equivale a dejar sin trabajo a los ginecólogos.

Cierto: aquellas “soluciones” son grotescas, pero revelan que la paridad es biologicismo barato: no diferencia a las personas según sus ideas, y se obsesiona con los cuerpos. Sin embargo, en el cerebro están las diferencias que importan en los parlamentos, los consejos de ministros, las cátedras, etc. La paridad exige cuerpos sexuados sin cerebro.

La paridad y las cuotas denotan un repudio irracional y cromañón contra el Estado ilustrado, que felizmente estableció la ciudadanía igual (una persona, un voto) y única (indivisible entre hombres, mujeres, orientaciones sexuales, razas, credos, forma de las orejas, etc.).

La paridad y las cuotas nos regresan al primitivismo de la Edad Media, cuando no todos eran iguales ante la ley, pues la gente se dividía en oficios y estamentos (plebeyos, nobles) excluyentes. La paridad y las cuotas son consignas de la izquierda reaccionaria: la que ha exterminado la herencia que la llevaba hacia la Ilustración. La paridad y las cuotas son liebres saltarinas del pensamiento mágico.

El autor es ensayista.