Columnistas

La guerra en un mundo donde nada importa

A los países occidentales les preocupa más el encarecimiento de la energía que las vidas de los ucranianos

Los así llamados oligarcas en Rusia y otros países excomunistas son una contrapartida burguesa de lo que Marx llamó lumpenproletariat: un colectivo impensante, susceptible de manipulación política porque sus miembros no tienen conciencia de clase o potencial revolucionario propio.

Pero a diferencia del proletariado, la lumpemburguesía surgida en estos países a finales de los ochenta controla el capital (a montones), gracias a una “privatización” salvaje de bienes estatales.

Un buen ejemplo es Rok Snezic, colaborador y amigo del primer ministro de derecha de Eslovenia, Janez Jansa. Como “asesor tributarista independiente”, ayuda a empresas eslovenas a redomiciliarse en la República Srpska (la parte serbia de Bosnia-Herzegovina, donde la tributación es más laxa). Aparenta no tener posesiones privadas, y canceló sus deudas impositivas declarándose en bancarrota.

Aun así, se pasea en autos de lujo nuevos y tiene medios para costear inmensos carteles publicitarios. Oficialmente, es empleado de una empresa de la esposa, donde recibe un salario mensual de 37.362 euros ($40.346) en efectivo.

Pero también el capitalismo “normal” genera una lumpemburguesía. Snezic no es tan diferente de Donald Trump, que también debe su éxito a que no le importa nada: su única motivación es el dinero y las ventajas de la riqueza material.

Los lineamientos de la guerra de Rusia en Ucrania también han sido trazados por el mercado. Parece que a su presidente, Volodímir Zelenski, le han dado un curso acelerado sobre el funcionamiento real de la democracia y el capitalismo en el mundo.

Desde que empezó la guerra, Europa pagó a Rusia casi $40.000 millones por gas y petróleo, lo que motivó a Zelenski a observar que a los países occidentales les preocupa más el encarecimiento de la energía que las vidas de los ucranianos.

El mercado capitalista —el mismo que mantiene andando la maquinaria bélica de Rusia— ha abandonado a Ucrania.

Para poner fin a este comercio sangriento sería necesario que los gobiernos dejen de depender de los mecanismos del mercado y empiecen a organizar el suministro de energía en forma directa, además de encarar las crisis alimentarias globales generadas por la guerra de Rusia.

Rusia y Ucrania no solo son las mayores exportadoras de trigo del mundo, sino también las principales fuentes de fertilizantes químicos para Europa.

Paradójicamente, las únicas medidas que pueden salvar a Ucrania y preservar el poder occidental se parecen al “comunismo de guerra” de la recién nacida Unión Soviética. Al fin y al cabo, Rusia se está coordinando con China no solo para desafiar a Occidente en el plano geopolítico, sino también para destituir el dólar y al euro como monedas globales.

Puesto que la solidaridad occidental se ve limitada por los intereses económicos, los ucranianos tendrán que aceptar que “defender a Europa” no es suficiente.

Ucrania también está defendiendo al pueblo ruso de la autodestructividad de su presidente, Vladímir Putin, y de su lumpemburguesía.

En un artículo reciente publicado por la agencia de noticias estatal rusa RIA News, Timofei Sergeitsev presenta el verdadero alcance del proyecto genocida del Kremlin en Ucrania. La premisa básica es que hay que “desnazificar” (y por tanto, deseuropeizar) a Ucrania, porque “una proporción significativa de la gente —seguramente su mayoría— ha sido sometida e incorporada al régimen nazi en su política. Por eso, no sirve la hipótesis de que ‘la gente es buena y el gobierno es malo’”.

Sergeitsev no solo equipara la política ucraniana con el nazismo. También, afirma que el “ucronazismo” plantea al mundo y a Rusia una amenaza aún mayor que la del nazismo hitlerista. Incluso, hay que eliminar el nombre “Ucrania”.

De modo que Rusia planea hacer con Ucrania lo que Bertolt Brecht describe en su poema de 1953 “La solución”: disolver al pueblo y elegir otro.

Leyendo los delirios de Sergeitsev, junto con la afirmación de Putin de que Ucrania es un invento de Lenin, podemos discernir la posición actual rusa. Ucrania tiene dos padres: Lenin, que la inventó, y Hitler, que inspiró a los modernos “ucronazis” para hacer realidad el invento de Lenin.

¿Qué implica esto respecto de la situación geopolítica de Rusia? Según Sergeitsev:

“Rusia tiene un gran potencial para establecer asociaciones y alianzas con países a los que Occidente oprime hace siglos y que no volverán a calzarse su yugo. Estos países no se hubieran liberado sin el sacrificio y la lucha de Rusia. La desnazificación de Ucrania es al mismo tiempo su descolonización, que la población de Ucrania tendrá que comprender en cuanto empiece a liberarse de la intoxicación, la tentación y la dependencia de la ‘opción por Europa’”.

Dicho de otro modo, Rusia necesita una reorientación radical que rompa sus vínculos con Occidente para forjar otros nuevos con todos aquellos países a los que las potencias coloniales occidentales explotaron brutalmente. Rusia liderará un proceso global de descolonización.

La brutal explotación del Sur Global por parte de las potencias imperiales de Occidente es una verdad que no se debe olvidar jamás. Pero resulta extraño oír este discurso en boca de Rusia, que tiene una larga historia de conducta semejante. En el siglo XVIII, Catalina la Grande conquistó el sudeste de Ucrania y territorios que van desde Siberia y Alaska hasta el norte de California. Hoy nos dicen que Kazajistán, Azerbaiyán, Georgia y Ucrania serán “descolonizados” mediante… la colonización rusa. Se liberarán territorios contra la voluntad de sus pueblos (a los que habrá que reeducar o de lo contrario disolver).

El único modo de evitar una nueva guerra mundial será mediante una “paz caliente” en la que enormes inversiones militares sostendrán un frágil nuevo equilibrio de poder. La fragilidad de la situación surge no solo de que haya intereses económicos contrapuestos, sino también interpretaciones de la realidad contrapuestas, lo cual va más allá de la mera determinación de los hechos.

Limitarse a tratar de refutar las afirmaciones rusas supone pasar por alto la tesis que expresó Aleksandr Duguin, filósofo de la corte de Putin: “La posmodernidad muestra que las así llamadas verdades son cuestión de creencia. Creemos en lo que hacemos, creemos en lo que decimos. Y ese es el único modo de definir la verdad. Nosotros tenemos nuestra verdad especial rusa, y ustedes tienen que aceptarla”.

Así pues, parece que la fe tiene primacía sobre el conocimiento. Según la “verdad especial rusa”, los soldados rusos no dejaron cadáveres de civiles torturados en Bucha y otras ciudades y pueblos ucranianos; supuestamente, esas atrocidades las montaron propagandistas de Occidente.

En estas circunstancias, no tiene sentido que Occidente proponga una reunión de Zelenski con Putin para negociar un acuerdo de paz. Es una tarea imposible. Cualquier negociación tendrán que llevarla adelante burócratas de nivel inferior. Putin y su círculo íntimo son criminales a los que hay que ignorar tanto como sea posible. En última instancia, una proporción significativa de la población rusa debe ser consciente de ello.

En la antigua Yugoslavia se contaban numerosos chistes sobre policías corruptos. En uno de ellos, un policía vuelve a casa de improviso y se encuentra a su mujer sola en la cama, semidesnuda y excitada. Sospechando que su amante se oculta bajo la cama, se agacha para mirar. Pocos segundos después se levanta, murmura “todo en orden, aquí no hay nadie” y se guarda rápidamente un fajo de billetes en el bolsillo.

En cierto sentido, todos somos como ese policía: aceptamos sufrimiento y humillación como precio de alguna forma de “plus de goce”. En Rusia, a la población sufriente no se le compensa con billetes, sino con un orgullo patriótico barato. Y en Occidente, dejamos que el mercado dicte la fuerza de nuestro compromiso con los derechos humanos en Ucrania y otras partes.

Slavoj Zizek, profesor de Filosofía en la Escuela Europea de Posgrado, es director internacional del Instituto de Humanidades Birkbeck en la Universidad de Londres.

© Project Syndicate 1995–2022

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