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Huelga la ‘huelga de juguetes’

Deseemos que las familias pasen una agradable Navidad, y que las niñas y los niños se diviertan con los juguetes que prefieran

Hay huelgas verdaderas y hay huelgas falsas, pero ahora también hay “huelgas de juguetes”. El inventor de esta ocurrencia es el señor Alberto Garzón, ministro de Consumo de España. En días recientes llamó a hacer una “huelga de juguetes” para combatir el “sexismo” que —según él— imponen las empresas jugueteras en complicidad con los padres y las madres —para no hablar del “patriarcado”, siempre listo—.

Mediante un video que costó 82.644 euros (¢60 millones) a los contribuyentes, el Ministerio de Consumo pidió a las madres y a los padres que impidiesen que sus hijos e hijas usaran sus juguetes durante una hora del 12 de diciembre “porque los juguetes no tienen género” (el lema de la convocatoria).

Se supone que los niños y las niñas deberían aprender que pueden usar los juguetes del otro sexo: niñas, camiones; niños, muñecas. Por tanto, en el video, un oso declara: “¡Basta de que tengamos una etiqueta que nos marque nuestro camino en la vida: juguetes para niños y juguetes para niñas!”.

Por cierto, en el video, una asamblea de juguetes aparece bajo un enorme retrato del oso, copia casi exacta de carteles de la Revolución Cultural china que mostraban a Mao Zedong como un sol radiante: traición del subconsciente. Volvamos a la “huelga”.

En realidad, aquel mensaje es confuso: se ignora si solo deben fabricarse juguetes “unisex”, o si las niñas y los niños deben divertirse juntos con juguetes ya sexuados, o si deben intercambiarse los “géneros” (camiones para las niñas, muñecas para los niños). Pese a tal confusión, aplicaré el “principio lógico de caridad” a la propuesta de Alberto Garzón, es decir, supongamos que él puede estar en lo cierto.

Antes de proseguir, vale aclarar: los “géneros” no existen; los sexos sí, y son dos más una ínfima cantidad de estados intersexuales. Sin embargo, este es otro asunto, que alguna vez podríamos abordar.

Primero apelemos al “sentido común”. El observar que hombres y mujeres desempeñan diferentes roles sociales induce a los niños y a las niñas a imitarlos, incluso con los juguetes y en los juegos. Esta es la inducción social.

Podríamos quedarnos en tal explicación de los roles sexuales de los juguetes: suponer que las niñas y los niños carecen de aficiones innatas, y que solo las adquieren por influencia de sus mayores. Esta posición resume la tesis de la “tabla rasa”: nacemos sin ideas y sin instintos, y toda nuestra conducta es un producto cultural.

Sin embargo, tal posición es falsa. Sí, adquirimos valores y costumbres (cultura), pero sobre la base de instintos o impulsos innatos, como el de la autoconservación y el de la cooperación, instintos que, por selección natural, compartimos con los otros mamíferos gregarios.

Sería asunto de más artículos el tratar de los instintos morales; por hoy, al curioso lector y a la curiosa lectriz recomiendo leer Investigación sobre los principios de la moral (1748), libro precursor de David Hume; y, para adquirir una visión actual, El bonobo y los diez mandamientos, del primatólogo Frans de Waal, y La tabla rasa, del psicólogo Steven Pinker.

Convenido que negamos la veracidad de la “tabla rasa”, pasemos a indagar si los seres humanos nacemos con instintos que nos llevan a preferir juguetes según sea nuestro sexo. Lo mejor es apelar a las investigaciones “de campo”, pues, como nos enseña el filósofo Mario Bunge, para ser confiable, toda ciencia social y toda filosofía deben vincularse con alguna ciencia natural: física, química o biología (que incluye la psicología experimentalmente informada).

Investigaciones biológicas y de la psicología experimental indican que, sí, la gran mayoría de infantes gusta de los carritos o las muñecas según sea el propio sexo. Así pues, tiene sentido que haya juguetes sexuados. Los fabricantes siguen la experiencia y también la ciencia (aunque la ignoren).

Durante la gestación, mujeres y hombres van formando cerebros diferentes que derivarán en tendencias distintas en la vida social. Los circuitos cerebrales y las dosis de hormonas crearán, por ejemplos, el instinto materno-cuidador, y la mayor intrepidez de los hombres. No hay cerebro “unisex”. Explicaciones detalladas de estos hechos pueden leerse en El sexo del cerebro, libro del neurólogo Francisco J. Rubia.

Tornemos a los juguetes y a los juegos. En general, los niños son competitivos, rudos y establecen jerarquías; las niñas son más locuaces, apacibles y rehúyen el conflicto. Sobre los cerebros ya programados en la gestación, influyen hormonas, como la testosterona (en los niños) y la oxitocina (en las niñas), que orientan las conductas. Sin embargo, estos impulsos naturales deben ser moderados por la sociedad para que los derechos de un sexo o del otro se respeten con el fin de no fomentar discriminaciones.

“Las niñas muestran un interés primario por el rol materno, que imitan jugando con muñecas” (Irenäus Eibl-Eibesfeldt: Biología del comportamiento humano, capítulo VI). Los niños prefieren objetos armados con piezas visibles, pero, “cuando no son evidentes, como en una muñeca, la rompen para ver cómo está hecha” (Rubén Rial: Sexosofía, capítulo IV). Si uno ha criado a niñas y niños, no necesita otras confirmaciones.

Un experimento hecho por las neurólogas Sheri Barenbaum y Melissa Hines ofrece otros indicios. Ellas ratificaron que hay preferencias diferenciadas por sexos en los usos de los juguetes, y confirmaron que ciertas niñas prefieren los juguetes “masculinos”: las que han sido expuestas a niveles altos de andrógenos durante su gestación (Simon Le Vay: El cerebro sexual, capítulo X).

A mayor abundamiento, en otras especies de mamíferos, los machos y las hembras repiten las preferencias humanas por los juguetes que se les muestran: los machos atienden a los carritos; las hembras, a las muñecas. Estos experimentos se han realizado con chimpancés, monos verdes y macacos rhesus. Los interesados en tales hechos pueden seguir las investigaciones de Melissa Hines y Gerianne Alexander.

A su vez, el neurólogo Dick Swaab afirma: “La diferencia sexual en la elección de los juguetes por parte de los monos demuestra que el mecanismo en el que se basa se remonta a decenas de millones de años” (Somos nuestro cerebro, capítulo IV).

Podríamos seguir aportando datos en otra ocasión si alguna persona mantuviese su incredulidad, habitual entre quienes aplican el pensamiento mágico y popmoderno (sic) a “explicar” conductas sexuales sin apelar a la biología: “los juguetes no tienen género”, “el cerebro es unisex”, “no se nace mujer”, “no existe el instinto materno”, “hay patriarcado”… El genial Jorge Luis Borges emitió una sentencia aplicable a tales personas: “No dejan que la realidad los distraiga”.

Deseemos que las familias pasen una agradable Navidad, y que las niñas y los niños se diviertan con los juguetes que prefieran, sin “huelgas”, sin sentimientos de culpa juguetil, y sin acatar órdenes paranoicas que exigen borrar los sexos y negar la naturaleza humana; pero esta existe.

vaho50@gmail.com

El autor es ensayista.

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