Jaime Daremblum. 15 enero

La vieja discusión entre burócratas de la rama migratoria en Estados Unidos conduce muchas veces a injusticias y sufrimientos. Un libro recién publicado en Estados Unidos, Desenredando herencias rojas, blancas y negras, de la profesora Darnella Davis, de la Universidad de Nuevo México, narra la experiencia personal de la autora al ser clasificada étnicamente por la burocracia estatal.

De cabellera y contextura arenosa, cuando crecía en Detroit, en los años 1960, ella daba por descontado que era en parte india. Más adelante, consideró que su familia, oriunda de Oklahoma, no era negra como algunos de sus vecinos. Al ingresar a la secundaria, observando a sus compañeros, quedó convencida de que tampoco era blanca. Su madre era a veces llamada Pocahontas y su padre era moreno y de mediana estatura. La incógnita todavía no se había aclarado.

Posteriormente, debió enfrentar otra barrera étnica al solicitar ingreso a una academia en Boston para un posgrado reservado para nativos estadounidenses y ser rechazada por no ostentar esa categoría. La historia de sus diálogos con los oficiales es ilustrativa de las frustraciones sufridas por la joven estudiante. Intentar demostrar que su porcentaje de sangre indígena la calificaba como perteneciente a una tribu, se constituyó en un suplicio más.

La única prueba legal aceptable para los despachos del caso era un cúmulo de antiguos documentos que podrían demostrar sus credenciales como una nativa tribal. De paso, descendientes tribales blancos con rasgos indígenas contaban de hecho con credenciales fehacientes. Y una serie de normas interpretativas completarían la doctrina para sellar el destino del postulante.

Todo este caudal de doctrina y legislación está desperdigado en tomos, algunos ordenados y otros no, lo cual crea situaciones complejas para los jueces ad hoc y mucho más para los peticionarios. Para estos últimos, median recompensas financieras salidas de los tesoros indígenas, los cuales todavía son cuantiosos.

Hoy día, medio siglo después de sus años de torturas legales para definir su lugar en la sociedad, es una docta profesora, casada y con hijos adultos, y su trabajo académico se ha centrado en derechos civiles. Ella, mujer delgada que sonríe fácilmente, se autodefine como persona racialmente mixta cuyos ancestros han sido borrados.

No se trata de una pregunta inocente, pues tiene impacto en los censos y las listas electorales.

El autor es politólogo.