Jaime Daremblum. 25 febrero

En noviembre de 1995, estaba con mi esposa en Nueva York y, durante una tarde otoñal que ya languidecía, notamos una aglomeración frente a un teatro cercano a la Quinta Avenida que presentaba una obra novedosa. Su título, Master Class (Lección magistral), llamó nuestra atención y, ya enfrente del teatro, logramos determinar que se trataba de María Callas, la célebre soprano operática de inmensa fama a quien vimos en escena muchos años antes. Felizmente, encontramos boletos y asistimos esa noche.

El triunfo de la obra fue todo un acontecimiento en Broadway, éxito que se debió, sobre todo, a la actuación de Caldwell.

El drama Master Class, de Terrence McNally, retrata el ejercicio pedagógico de un grupo escogido de 30 jóvenes aspirantes a convertirse en profesionales del canto. Cada participante da una muestra de sus capacidades y, en el curso de su interpretación, la docente, que interpreta a María Callas, formula preguntas, cuestiona diversas muestras de sus capacidades y brinda consejos técnicos para mejorar la actuación. Mientras tanto, la artista que dirige el seminario vierte sus observaciones técnicas, pero rondan en su mente sentimientos íntimos, amorosos, pasiones del pasado, ansias afectivas y hasta odios que saltan a la superficie de la lección.

Master Class le valió un Tony a la estrella, Zoe Caldwell, y las loas inundaron los medios de comunicación. Para el debut, hubo cerca de 300 aspirantes al coro, número que fue reducido a menos de 30.

El triunfo de la obra fue todo un acontecimiento en Broadway, éxito que se debió, sobre todo, a la actuación de Caldwell. Debo confesar que la interpretación de la estrella fue maravillosa, incluso por los inesperados cambios de personalidad que el público observaba, pero así era Callas.

En la vida real, Callas fue caprichosa y colérica. Una cronista relata la molestia que le ocasionó arribar como invitada al predebut de temporada para la cual ella estaba en cartelera en la Ópera Metropolitana de Nueva York. Era nada menos que Norma, su papel estelar por excelencia. Una vez en el teatro, esperó ingresar a su palco hasta iniciada el aria del personaje central. El estruendo de aplausos que la recibió dejó paralizada a la pobre novata que debió reanudar su aria llorando.

Caldwell estuvo siempre a la altura de la diva imperial. Su discurso al recibir el Tony, que premió su actuación, dejó patente su condición de gran mujer. Su fallecimiento es una pérdida para las artes mundiales. ¡Qué lamentable!

El autor es politólogo.