Alejandro Urbina. 27 septiembre, 2018

Aun sin el desprecio por el país mostrado por los sindicatos en estas dos semanas, las perspectivas económicas para Costa Rica estaban complicándose hace rato. Las condiciones macroeconómicas que desde hace cuatro años nos han favorecido se revirtieron y empeorarán más en un futuro cercano.

El precio del petróleo cambió su tendencia hacia el alza: podría llegar a $100 el barril. Las tasas de interés en Estados Unidos también han subido: el rendimiento de los bonos del tesoro que hace solo 26 meses rondaba el 1,5 % anual, ya supera el 3 % y quién quita si pasará del 4 % el año entrante.

Las condiciones del comercio internacional (de las cuales dependemos las economías abiertas como Costa Rica) se han deteriorado, gracias a Donald Trump y sus secuaces, a tal grado que hasta el futuro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se cuestiona.

Ni que hablar de la situación política en nuestro vecindario: tenemos dos países fracasados (Venezuela y Nicaragua) y otro, el más grande de todos, Brasil, al borde del abismo populista y, para peores, sus ciudadanos no han dado señal de la sagacidad del votante costarricense que nos salvó en la última elección.

Consecuencias. Ante ese panorama, no debe extrañarnos que los flujos salientes de capital presionen el tipo de cambio, la inflación crezca, la economía se estanque, disminuya el desempleo y aumente la pobreza. Los costarricenses estamos mal preparados para enfrentar una situación como la que se avecina. Con deudas en dólares, ingresos en colones y tarjetas de crédito al tope no se erige una buena defensa.

Éramos muchos y parió la abuela. Gracias a su insaciable egoísmo, los sindicatos y su ilegal huelga nos están dando el último empujón.

Aun si los diputados se lucieran y aprobaran la diluida y tímida reforma fiscal, el país tardará varios años en recuperar el nivel de vida que disfrutamos hoy. Desgraciadamente, ni frente al precipicio, la discusión nacional ha sido franca, abierta y completa. Sí, algunos asuntos más o menos se han discutido, pero otros brillan por su ausencia; salvo por las ocasionales valientes intervenciones de Ottón Solís.

¿Por qué no se discute que las disposiciones del Régimen de Invalidez Vejez y Muerte y el Código de Trabajo cubran a todos los costarricenses? ¿Por qué no cuestionamos que los costarricenses subsidiemos los fondos inmobiliarios con una tasa preferencial del 5 % en el impuesto sobre la renta o los certificados de inversión con una del 8 %? El plan fiscal aumenta la tasa al 15 %. ¿Y las zonas francas y las cooperativas y las asociaciones solidaristas y los arroceros y todos los grupos de interés que durante décadas han presionado con éxito a los diputados para que legislen a su favor? Aspiremos a una cancha nivelada, aunque duremos un lustro en lograrlo.

Los más perjudicados. Sin embargo, con reforma fiscal o sin ella, el nivel de vida de la mayoría disminuirá. Pero el malestar será pasajero para casi todos. Sí, algunos perderán el carro porque no podrán pagar las cuotas; otros, quizá, hasta de casa tendrán que mudarse. Pero tanto loa unos como loa otros, con el tiempo recuperarán su bienestar.

Mas para los que sí será grave y permanente la irresponsabilidad sindical, es para los estudiantes de secundaria que, por necesidad, se verán obligados a dejar el colegio y dedicarse a trabajar y tratar de ayudar a sus familias.

Al igual que después de la crisis de los ochenta, esta generación perdida de infelices constituirá un ancla al desarrollo que arrastraremos por décadas. Los diputados podrían tomar en cuenta esta triste posibilidad y asignar algunos recursos para mitigar la irreversible deserción colegial. Espero que esta vez no sean tantos los abandonados.

Dos aspectos me mantienen con un poco de esperanza de que la crisis no sea tan profunda ni tan prolongada. Tanto el impacto positivo del impuesto al valor agregado (IVA) –si logran generalizarlo–, como el de la factura electrónica, que ya se observa en la recaudación de renta, pienso que están subestimados. Ojalá, en esta última consideración, no me equivoque.

El autor es exdirector de La Nación.