Jorge Vargas Cullell. 29 enero

Todo sistema político moderno está regido, además de por las normas escritas en la Constitución y las leyes, por reglas no escritas. Las impresas, sabemos, codifican algo esencial: los usos autorizados y prohibidos del poder.

Empero, por más que se codifiquen puntillosamente esos usos, siempre quedan flecos descubiertos. No hablo de las inevitables diferencias de interpretación sobre una norma escrita, sino de ámbitos de la vida pública que quedan a merced de las costumbres y, crucialmente, de la autocontención de quienes ejercen los cargos públicos. Esas normas informales regulan el comportamiento de los actores políticos.

Un buen día deciden que hay una situación de “defensa nacional” y crean fuerzas militares. La gente y los diputados minoritarios protestan, pero una obsecuente Sala IV les da la razón. De repente, lo impensable se vuelve realidad. ¿Ciencia ficción? ¡Qué va!

Un caso concreto en Costa Rica: la Asamblea Legislativa puede evitar la reelección de un magistrado para castigarlo por sentencias que disgustaron a poderosos grupos políticos y económicos. Sin embargo, hay un viejo acuerdo implícito según el cual es mejor no abrir ese portillo para evitar una guerra abierta entre facciones que menoscabe la independencia judicial y la confianza en el Poder Judicial.

En la última década, algunos diputados quisieron romper ese acuerdo en, por lo menos, dos ocasiones: trataron de quitar magistrados incómodos y colocar “fichitas”. Lo impidió la oposición de la sociedad civil, de otros políticos y de los medios de comunicación. Todos comprendieron el valor de no reventar el acuerdo informal. Aunque algunos de esos magistrados no eran santos de su devoción, entendieron que estaba en juego algo mayor. Pensemos un caso más grave. El artículo 12 de la Constitución prohíbe el ejército como institución permanente, pero acepta la organización de fuerzas militares en casos excepcionales: convenio internacional y defensa nacional.

Supongamos que un presidente inescrupuloso y su pandilla logran colocar sus fichas en el Judicial y obtener mayoría en el Legislativo. Un buen día deciden que hay una situación de “defensa nacional” y crean fuerzas militares. La gente y los diputados minoritarios protestan, pero una obsecuente Sala IV les da la razón. De repente, lo impensable se vuelve realidad. ¿Ciencia ficción? ¡Qué va! Vean lo que ha pasado en Estados Unidos o el Reino Unido. Ningún país es inmune a la zapa de sus normas informales. Por eso, un ejercicio que debiéramos hacer aquí es conocer las nuestras, entenderlas y prepararnos por si los desvergonzados asaltan el poder.

El autor es sociólogo.