Columnistas

El paradigma alemán

La política alemana es alegoría de estos tiempos infaustos

La política alemana es alegoría de estos tiempos aciagos. Si bien aquí, allá y acullá, la crisis de representación política de votantes domina los escenarios, en Alemania, esa fragilidad de identidad partidaria en vez de favorecer dispersión y entorpecer gobernanza, al contrario de la sabiduría convencional, estimula una dominante propensión hacia la convergencia.

Veamos el contexto teutón. Para hacer gobierno, su parlamentarismo obliga a tener más del 50 % de los escaños. En las últimas elecciones, ninguno de los grandes, socialdemócratas y socialcristianos, obtuvo más del 25 %. Eso obliga a una alianza. Por dos mandatos, el arreglo fue la GroKo: una gran coalición entre ellos. Pero el país está cansado de esa mancuerna que desdibuja los rasgos distintivos de cada uno. La afable lasitud de perfiles era Merkel. Sin ella, la receta no funciona. El GroKo ya no es opción. Alemania necesita el azimut que el gobierno de Merkel no tenía.

Cada corriente debe aliarse con partidos menores. Pero ningún partido minoritario tiene suficiente peso para que, con él, algún grande alcance la suma mágica. De ahí que el gobierno solo puede ser resultado de tres corrientes. Se habla de colores: semáforo (rojo, amarillo y verde) o Jamaica (negro, amarillo y verde), según sea que los pequeños —liberales (amarillo) y verdes— decidan con cuál de los grandes, negro o rojo, aliarse. Todo apunta al semáforo.

Entonces aparece la sabiduría alemana: los pequeños deciden entre ellos con quien pactar. Pero verdes y liberales han estado en las antípodas, uno a la izquierda y el otro a la derecha; liberación del capital versus protección del ambiente. Ese arroz con mango gobernará Alemania. Toda una lección para el mundo.

Ninguna ideología responde sola al conglomerado de problemas actuales, que demanda concertación variopinta de visiones. El debilitamiento de identidad partidaria produce en Alemania su contrario, fortalece la convergencia y obliga a concertar. Mientras duró, eso mismo fue baluarte para Carlos Alvarado.

Aquí, 27 candidatos son síndrome de dispersión. Hay divorcio entre las mismas corrientes: cuatro socialdemócratas, otro tanto democristianos y liberales para repartir. No hay acuerdos ni en tiendas propias. Pero no se debe excluir que la dispersión auspicie, también en Costa Rica, el paradigma alemán.

vgovaere@gmail.com

La autora es catedrática de la UNED.