Alejandro Urbina. 21 febrero

Hace años, un difunto amigo de mi también difunto tío decía que en Costa Rica el “corcho se hunde”. Efectivamente, lo que uno cree —por convicción y experiencia— que nunca pasará ocurre más a menudo de lo que nos gusta.

Eso sucedió en las elecciones del pasado domingo 4 de febrero. No me refiero a las elecciones presidenciales, que nos tienen atónitos a todos; no, sino a las diputadiles, esas de las cuales nadie, ni el Tribunal Supremo de Elecciones (cuyo conteo 15 días después no ha terminado) volvió a hablar porque damos por un hecho que debemos tragárnoslas sin eructar.

Pensemos, ¿cuántos de nosotros votaríamos para diputados el 1.° de abril por el mismo partido por el cual votamos el 4 de febrero?

Por ahora, debemos aceptar los resultados de la pasada como buenos demócratas de larga data que somos. Pero, para la próxima, dentro de cuatro años, podríamos cambiar ciertas cosas para minimizar la posibilidad de resultados absurdos.

Elección de diputados en 2.ª ronda. Es absurdo votar a ciegas para diputados cuando no tenemos ni idea de quién resultará electo presidente; ni siquiera sabemos cuáles dos personajes disputarían una segunda ronda, si se requiere.

Confieso que nunca le había puesto atención al sistema electoral francés, pero este año, Macron y la Le Pen me picaron la curiosidad. Gracias a ellos, aprendí que los franceses, sabiamente, elijen a sus diputados una vez electo el presidente. ¡Albricias!, descubrí el agua tibia.

Al votar por diputados con conocimiento de quién será el próximo presidente, el pueblo francés decide cuánto poder otorgarle al nuevo gobernante. En el caso de Macron, los franceses le concedieron 355 de los 577 escaños, un 61 % a su partido En Marche! y su aliado MoDem. Es probable que esto no hubiese ocurrido así para Le Pen.

En Costa Rica, como el corcho se hunde, ya le dimos 14 diputados a Fabricio Alvarado (aunque tal vez pierda uno), 17 al PLN, que ni siquiera estará en la segunda ronda (aunque tal vez también pierda uno) y solo 10 a Carlos Alvarado (aunque, quizás, remotamente, gane uno más).

Es absurdo poner los bueyes detrás de la carreta. Las elecciones legislativas, idealmente, deberían efectuarse después de las presidenciales. Por peseteros, una tercera ronda sería impensable, pero al menos decidiríamos que los diputados sean elegidos siempre en segunda ronda, haya o no presidente electo. “Del ahogado, el sombrero”, decía mi Tata.

Pensemos, ¿cuántos de nosotros votaríamos para diputados el 1.° de abril por el mismo partido por el cual votamos el 4 de febrero? Yo no.

Representación ciudadana también bajo el agua. Dos de cada tres costarricenses votamos para diputados el 4 de febrero. Aunque muchos han oído que el sistema de cocientes y subcociente determina cuántos diputados elige cada partido en cada provincia, para muchos es como el carburador del carro: no sabemos cómo funciona, pero le tenemos fe.

Este anacrónico sistema no maximiza la representación ciudadana en el Congreso. Al final, son elegidos algunos legisladores que representan a menos electores que otros candidatos que no obtuvieron una curul.

Resalto el caso de Limón, donde el partido Auténtico Limonense (AL) obtuvo 12.315 votos (al último corte) y podría no lograr la curul. Sin embargo, Restauración Nacional (RN), con 31.944 eligió tres diputados, y representarán cada uno a 10.648 (31.944 dividido entre 3) y los 12.000 y pico de votantes de AL se quedarían sin representante. Para mí, esto no se vale.

Existe un sistema electoral de diputados (conocido como D’Hondt/Jefferson) utilizado en más de 40 países, incluyendo Argentina, Austria, Chile, Estonia, Holanda, Israel y Uruguay, que corrige estas injusticias y maximiza la representación ciudadana. Thomas Jefferson lo diseñó en 1791 para asignar escaños a la Cámara de Representantes a los estados según el censo de población y el belga Victor D’Hondt los describió matemáticamente en 1878.

En 1949, nuestros constituyentes inventaron el agua caliente. Va siendo hora de modernizar cómo carajos elegimos a nuestros padres de la patria.

El siguiente ejemplo hipotético ilustra cómo funciona el método de Jefferson. Quienes no disfrutan mucho de los números harán bien en saltarse el siguiente párrafo. Pero créanme la matemática.

Supongamos lo siguiente: en una provincia con 3 diputados votan 30.000 personas. Esto define el cociente en 10.000 y el subcociente (la mitad del cociente) en 5.000. Si solo hay dos partidos, y uno obtiene 24.000 (A) votos y otro 6.000 (B), con el método de subcociente, el partido A recibe dos diputados y el B 1 diputado.

De esta forma, los legisladores del partido A representarán a 12.000 electores y el del B a 6.000. Con el método D’Hondt/Jefferson, el partido A recibiría los 3 diputados, de tal forma que cada uno representaría a 8.000 (8.000 > 6.000). El partido B quedaría sin representación. A contrario sensu, si la votación fuera 21.000 para el A y 9.000 para el B, con ambos sistemas, subcociente y D’Hondt, A recibiría 2 diputados y B el restante. El D’Hondt/Jefferson, en este caso, asigna solo 2 diputados al partido A, pues si le asignara 3, cada uno representaría a 7.000 electores, cifra menor a 9.000.

Cualquiera menos este. Idealmente, los electores deberíamos votar por una persona y no por una lista surgida en gran parte de las distritales. En este caso, el corcho también se hundió, pero nunca ha flotado. Debemos empezar a romper el monopolio de los “pegabanderas” en cuanto al orden de las listas de diputados.

En el pasado, se discutió el voto preferente, el cual permite al votante determinar el orden de elección de los candidatos al marcar el aspirante, dentro de la lista, de su preferencia. Sin embargo, los eternos “dueños” de los partidos argumentaron que esto desataría una nefasta competencia interna y una guerra intrapartidaria a mansalva.

Para evitar este supuesto aniquilamiento, podría dársele la oportunidad al elector de seleccionar no al mejor, sino de tachar al peor. A veces nos es más fácil saber por quién uno nunca votaría que por quién tenemos mayor preferencia. El elector, además de votar para diputado por la lista del partido, marcaría a “cualquiera menos este” y así se establecería el orden de los candidatos en la lista. (El crédito de este cambio pertenece a Francisco de Paula Gutiérrez).

Por supuesto, existen otras reformas mucho más profundas y que recuperarían aún más sensatez en el sistema electoral de diputados. Sin embargo, creo que las citadas anteriormente, por tímidas, tienen alguna posibilidad de recuperar un poco de flotabilidad del corcho electoral en el 2022.

aurbinag@gmail.com

El autor es exdirector de La Nación.