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¿Cuánto es dos más dos?

El destino de nuestra democracia depende, en buena medida, de la preservación de la independencia de poderes

Un conocido chiste ilustra, en mi opinión, la camaleónica actitud de muchas personas frente al poder, tema que quiero tratar hoy. Resulta que una empresa anda entrevistando personas para el puesto de auditor. Como todo el mundo sabe, los auditores desempeñan una función de control sobre las operaciones de una empresa, ejercicio que siempre termina siendo incómodo: si son buenos, porque paran goles, y, si son malos, porque entorpecen todo y abusan de las protecciones que los escudan. La cosa es que, en la actualidad, el auditor es una figura indispensable.

Una digresión aquí: por lo general, son unos «cae mal». Tienen la pésima costumbre de emitir informes donde nunca reconocen las cosas buenas y solo resaltan lo que está mal. Tan entrenados están en eso que se dice que si un auditor pierde el conocimiento, cuando lo recupera no «vuelve en sí» sino que «vuelve en no».

El cuento es que la persona a cargo de escoger el nuevo auditor hace una sola pregunta a los candidatos: ¿Cuánto es dos más dos? La respuesta de todos es, por supuesto, «cuatro». Y, así, van desfilando para fuera sin lograr el puesto, hasta que llega un vivazo más jugado que el doble cero, pero vestido impecablemente, como todo auditor, con corbata gris y cara de yo no fui. Le hacen la pregunta de rigor: ¿Cuánto es dos más dos? Y él, astuto, responde: «¿Cuánto quiere usted que sea?». De más está decir que, colorín colorado, obtuvo el puesto.

La historia, como todo chiste que se las tire de buen ver, toca una de las grandes verdades de la filosofía política: todo poder crea su propia corte. Sin excepción. Esta puede estar compuesta de payasos y juglares, como en la Europa medieval o, en nuestra época, por expertos y gerentes que, mediante lenguaje experto, siempre justifican las actuaciones de los poderosos. Incluso, si un jefe cae, están listos para, sin remordimiento, sobar la leva a los nuevos.

Todo lo anterior, para decir que, aunque sus criterios sean en ocasiones frustrantes o erróneos, el destino de nuestra democracia depende, en buena medida, de la preservación de la independencia de poderes. Y de que entidades como la Contraloría y la Sala IV estén lideradas por personas del más alto nivel ético y profesional.

Por eso, hay que reformar la manera como la Asamblea Legislativa escoge, oscura y arbitrariamente, a quienes ocupan los puestos que vigilan al poder político. Es mucho el riesgo.

vargascullell@icloud.com

El autor es sociólogo.