Ronald Matute. 26 julio, 2019

Amparado en el poder de la lengua, el diputado restauracionista Eduardo Cruickshank declaró que el Teatro Nacional no se va a quemar.

¡Qué salvada! Ya podemos dormir tranquilos a sabiendas de que un fuero especial, y sin fecha de caducidad, protegerá a esta centenaria joya patrimonial.

Cuánto hubiera agradecido la icónica catedral de Notre-Dame, en París, una garantía de ese tipo para evitar que las llamas destruyeran tantos siglos de historia.

La casona de Santa Rosa, el Black Star Line, la iglesia de Copey de Dota, el teatro Raventós (hoy teatro Melico Salazar) también se habrían librado del fuego.

Por ello, ojalá el señor legislador interponga pronto sus buenos oficios para blindar a otros inmuebles históricos carentes de esa inmunidad.

Sería una maravilla. Imagínese cuánto dinero se ahorraría el Estado en el pago de pólizas y de costosos sistemas para reducir el riesgo de incendio.

Imagínese con cuánta tranquilidad podrán los visitantes recorrer esas instalaciones a sabiendas de que sus vidas no corren ningún peligro.

No obstante, y aunque no juzgo las convicciones personales que sustentan la proclama del legislador, siempre conviene echarle una manita a las buenas intenciones.

Un crédito por $31 millones que procura restaurar y proteger al Teatro Nacional pende de un hilo debido a la incomprensible resistencia de un grupo de diputados.

Dicho empréstito incluye fondos, en otras obras, para reparar la instalación eléctrica y colocar un moderno sistema para detectar y combatir el fuego.

Pero el plan no logró superar el segundo debate en el Congreso y ahora se mantiene con respirador artificial a la espera de un milagro.

Las razones expuestas por algunos de los adversarios del proyecto se columpian sobre la delgada línea de lo inverosímil y lo ridículo.

Varios legisladores alegan que el Teatro Nacional no los representa, mientras otros señalan que en sus provincias también hay edificios urgidos de mejoras.

También hay quienes comparan este proyecto con el despilfarro que significaría construir una piscina y un jacuzzi en una casa humilde.

Y, por supuesto, están los indolentes a quienes no les preocupa que una chispa o una mano inescrupulosa acabe con nuestra principal casa de cultura. “Si se quema, se investiga”, dicen.

Ojalá los diputados se dejen de teatros y retomen la discusión del crédito con la consigna de proteger a este invaluable coliseo para el disfrute de las futuras generaciones.

Twitter: @RonaldMatute

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.