Álvaro Murillo. 23 agosto, 2015

(Sonoviso) La calle de los artesanos

Un momento. Esta es una cara conocida. Este negro alto fue famoso en algún momento en el país. Claro, era jugador de fútbol, retirado por lesión y ahora está aquí, uno más entre los comerciantes de este mercado de artesanías que debería llamarse ‘el mercado del souvenir ’.

Se presenta con una sonrisa tímida y ofrece su producto, unos confites de chocolate rellenos de café con la marca propia: “Don Maximilien”.

Este es Maximilien Peynado, exdefensor del fútbol mayor tico y ahora un vendedor más en uno de los 88 puestos que se reparten una calle completa del centro de San José.

Esta es la calle municipal 13 bis. No es la banda de rap rock puertorriqueña, es un “atrévete” comercial al costado oeste de la plaza de la Democracia. Son más de 1.000 metros cuadrados en pleno centro de la capital y de una polémica legal que lleva dos décadas, y contando.

En la tarde de este viernes circulaba el recorte del diario con la noticia de que el presidente Luis Guillermo Solís envió un proyecto de ley a los diputados para que esta calle deje de ser pública y se entregue de manera permanente a los artesanos.

Estos no son todos artesanos. Algunos sí. Otros lo fueron pero después vieron el negocio real en vender cualquier cosa que sirva de recuerdo a los turistas. Este es el ‘mercado del souvenir ’. En la práctica más concreta, la ‘calle de los artesanos’ no sirve de calle y lo de artesanos es relativo.

Un vendedor enseña una máscara supuestamente hecha por indígenas borucas, algunas de las cuales se ofrecen en ¢95.000 como precio inicial, antes del regateo. | ALBERT MARÍN
Un vendedor enseña una máscara supuestamente hecha por indígenas borucas, algunas de las cuales se ofrecen en ¢95.000 como precio inicial, antes del regateo. | ALBERT MARÍN

Lo que sí es sin duda: una vitrina tica hacia el exterior y el trabajo de unas 100 familias, entre comerciantes y proveedores, la de Maximilien incluido.

Él vende los granos de café cubiertos de chocolate artesanal. Hay también camisetas de la Sele , de Imperial y que repiten el “pura vida”. Hay cueros, maderas, llaveritos, hamacas, pulseras “a la carta” y máscaras borucas que pueden costar ¢95.000. También hay imágenes de El Quijote y una vendedora que tararea una canción de los ticos de Malpaís.

Mercado es mercado. Hay tapices importados de Guatemala y tazas de madera que Luis Loría produce en Sarchí y vende a ¢2.000 cada una, al por mayor, y que aquí están marcadas a ¢8.000, precio sujeto al regateo vendedor-turista. Por si acaso, aquí se habla inglés suficiente.

Se ven artesanos, claro. Aquí pintan, lijan y tejen. Algunos. Otros ya no lo volvieron a hacer, pero se ufanan de saberlo. “Deme una pelota’e resina y le hago lo que quiera”, dijo uno en la oficina de Asocatupyme, la asociación cuyo nombre larguísimo contiene las palabras “asociación”, “cámara” y “empresa”. Aseguran que representan a los “expovendedores” de este mercadito.

Esta es la asociación que se resiste a dejar la calle, por más reveses que enfrenten. El último de ellos fue este viernes 7 de agosto, cuando la Sala Constitucional anuló (por un fallo de procedimiento) la decisión de Solís de habilitar la ley que había sido vetada por Óscar Arias, según la cual esta calle dejaba de ser calle y se convertía en mercado, y punto.

Pero el punto final aún está lejos. Mientras los comerciantes trabajan en una estructura a medio construir y sin permisos para acabarla, el Congreso vuelve a tener la decisión en sus manos.

Ellos intentan evitar el desalojo aferrados a este espacio mediante un juicio contencioso contra la Municipalidad de San José, aunque insisten en que hay detrás una explicación política. Se lo decía una vendedora a una turista mexicana: “Lo que pasa es que Óscar Arias, el Nobel de la Paz, quiere esta calle para usarla de parqueo”. Y la compradora ponía cara de incredulidad.

Ángulo político. Algo hay de eso, pues la Fundación Arias se opuso en su momento a este mercado por considerarlo incompatible con los planes de construir al lado un edificio más grande que sirviera como “Centro Interactivo para la Paz”. Después, el propio Arias vetó en el 2009 la ley que lo establecía, por considerarla inconstitucional e inconveniente.

Aquí “Arias” es casi una mala palabra. También los es “Johnny Araya”, el nombre del exalcalde josefino que apoyó en su momento a estos comerciantes y luego no. Ahora sienten el apoyo de Luis Guillermo Solís.

“Don Luis se arriesga con esta ley”, reconoció el dirigente Juan Rodríguez, minutos antes de recibir la visita rápida de un asesor legislativo de Frente Amplio, quien les llevaba una copia del proyecto de ley nuevo.

Y abajo, el comercio continuaba. Juan Carlos Miranda vigilaba su puesto o sus puestos. Su empleado dijo que él posee como 10 de los 88. Él reconoce que tiene dos y que, mediante una sociedad, maneja otro más. El dirigente Juan Rodríguez asegura que jamás, que aquí cada comerciante es dueño de un solo tramo. “Puede que tenga uno él, y otro la esposa”, mencionó.

Maximilien no es propietario de nada. Solo le prestan uno para que exponga sus chocolates y, al igual que el presidente Solís, le parece justo que lo dejen trabajar aquí, en mitad de la calle.