Aplicaciones Científicas

Isla del Coco: la última frontera

A la Isla del Coco le han sabido narrar muy bien su historia por fecha, delimitación y conquista. Ampliamente reseñada con estilo Wikipedia, la Isla se niega a ser un lugar común y parece que cuánto más se sabe de ella, menos se le conoce. Ese quizá es el misterio técnico de la última frontera del país.

En una inmersión casual puede verse la tortuga verde (Chelonia mydas).
En una inmersión casual puede verse la tortuga verde (Chelonia mydas). Oren Bornstein/Archivo

La razón geográfica que la hace tica es porque el punto continental más próximo es Golfito; pero su cercanía a la isla Galápagos de Ecuador y a la isla Malpelo de Colombia extiende a cuatro las fronteras del país. Por su diversidad y la cantidad de fauna y flora de características endémicas, en 1997 la Unesco la declaró Patrimonio Natural de la Humanidad. Es, además, parque nacional desde 1978 y se conoce como el Área de Conservación Marina Isla del Coco (ACMIC). La geopolítica la convierte en el distrito más alejado de su cantón, Puntarenas, a 496 km de Cabo Blanco, dirección suroeste y entre los paralelos 5”30’ y 5”34’ y los meridianos 87”1’ y 87”6’. En otras palabras, para llegar se surcan cerca de 40 horas hacia el Pacífico más profundo.

A lo largo de sus cientos de vidas, la isla se ubicaba en medio de la ruta de navegación de los buques españoles, durante el periodo de la colonización de América. Esta distancia conveniente les daba a los piratas un centro de operaciones estratégico para asaltar y extorsionar colonos, con la gran ventaja de que se podían abastecer de agua dulce y, no faltaba más, de cocos.

La soberanía costarricense sobre la isla fue declarada en 1869 por el presidente Jesús Jiménez Zamora, pero su crónica de fundación sigue construida a partir de fragmentos y menciones en bitácoras de marineros. Uno de los documentos recientes para entender la historia de esta frontera de Costa Rica, paradójicamente, es el Diccionario Histórico de los Toponimios de la Isla del Coco, de Ronald E. Díaz Bolaños y Eric J. Alfaro Martínez, dos investigadores que publicaron sus hallazgos en un libro con el apoyo de la Universidad de Costa Rica.

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