Andrea Solano B.. 11 julio, 2016
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El 11 de julio de 1991 fue un jueves fuera de lo común para las 3.175.178 personas que habitaban Costa Rica en ese entonces.

A las 2:01 p. m. empezó una breve noche que tardó seis minutos y 53 segundos: un eclipse total de Sol que fue visible en todo el territorio nacional.

Equipados con filtros solares, gorras y cámaras de aquellas que tenían rollo, los ticos se acomodaron en patios, balcones, azoteas, montañas, playas y hasta en media calle, todo para observar un acontecimiento astronómico que no se repetirá en nuestro país hasta el 31 de diciembre del 2233.

Días antes, los pronósticos del Instituto Meteorológico Nacional (IMN) eran poco alentadores pues se esperaba un conglomerado de nubes en la zona Atlántica y en el Valle Central.

Afortunadamente, el cielo se portó bien y premió a los ticos con excelentes condiciones de visibilidad para apreciar el espectáculo celeste.

La gente vio apagarse el Sol temporalmente, al tiempo que se encendían los postes del alumbrado público. Cantaron los gallos y los animales nocturnos salieron a dar un paseo.

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Un eclipse solar ocurre cuando la luna –durante su órbita alrededor de la Tierra– se coloca en el mismo plano que el Sol y nuestro planeta. De este modo, la Luna bloquea la luz solar y se produce una sombra que se ve desde la Tierra.

El eclipse también fue visible en Hawái –donde se inició– cruzó el océano Pacífico hasta la costa de México, continuó por América Central, Colombia y concluyó en Brasil.

“En Costa Rica tuvimos una posición privilegiada en cuanto a la trayectoria y la duración del eclipse. Este ingresó cerca de playas del Coco y en su viaje hacia el oeste pasó entre Filadelfia y Belén de Guanacaste, continuó sobre el borde oriental del golfo de Nicoya (cerca de Puntarenas) y a lo largo de la costa del Pacífico (Parrita, Quepos, Puerto Cortés y Golfito)”, explicó el físico José Alberto Villalobos.

El eclipse fue un grato espectáculo para el público y una mina de oro para los científicos que realizaron sus observaciones en vivo. | ARCHIVO/LA NACIÓN
El eclipse fue un grato espectáculo para el público y una mina de oro para los científicos que realizaron sus observaciones en vivo. | ARCHIVO/LA NACIÓN

Banquete científico. El eclipse fue un deleite para el público, pero también un banquete para los científicos, que pudieron dar seguimiento en vivo al fenómeno y registrar todas sus variables.

Villalobos en esa fecha fungía como director de la Escuela de Física de la Universidad de Costa Rica y junto a un grupo de expertos de diversas disciplinas se internó en la finca El Escarbadero, en Filadelfia, Guanacaste, para no perderse detalle.

El físico recordó que en torno al eclipse se desarrollaron varias investigaciones a cargo de expertos de diferentes instituciones como la Universidad de Costa Rica, la Universidad Nacional, el Instituto Metereológico Nacional y el Instituto Costarricense de Electricidad.

“Nunca habíamos visto un eclipse total de Sol más allá de los libros. Todos éramos novatos y se nos ocurrió meternos en esa finca sin tomar ninguna precaución. Al momento de la totalidad del eclipse se soltaron los mosquitos y tuvimos que aguantar las picaduras porque no podíamos soltar los instrumentos”, narró Villalobos entre risas.

Su aliado número uno fue un telescopio marca Celestron con un lente de 11 pulgadas de apertura. “La Escuela de Física de la Universidad de Costa Rica lo había comprado para observar el paso del cometa Halley, en 1986”, recordó Villalobos.

Fue así como estos científicos publicaron después sus informes sobre los cambios de la temperatura y el viento, propagación de ondas de radio, variaciones en el campo magnético de la Tierra, pronóstico del tiempo y la actividad sísmica.

Eric Sánchez tenía 20 años y ya estaba convencido de que lo suyo era la astronomía.

Desde su época de escuela y colegio, Sánchez se consumía en libros y artículos de periódico para estar lo más informado posible sobre el cielo y sus misterios.

“Yo me enteré de que en Costa Rica se iba a ver un eclipse gracias al libro La Tierra y sus recursos. Por supuesto que me preparé lo mejor que pude para no perderme ese evento. Lo vi desde el balcón de mi casa en Guadalupe, pero no hice observación directa sino que utilicé una proyección. Mi hermana mayor cumple años el 11 de julio entonces durante la fase de la totalidad le cantamos”, rememoró Sánchez, quien hoy es instructor especializado del Planetario de San José.

Él pudo observar todos los cambios, como las diferencias en la coloración del cielo y la sombra de la luna en las montañas. “Me llevé al balcón una planta con flores que se cierran de noche y, en efecto, se cerraron. La lora que teníamos se durmió”, recordó.

Por su parte, el físico costarricense Franklin Chang, exastronauta de la NASA, se encontraba en la cuidad de Guatemala, invitado por la Universidad Francisco Marroquín.

“Presencié el fenómeno en ese campus. Fue espectacular. Lo que más me impactó fue el silencio sepulcral de la gente y la fauna silvestre y la quietud a mi entorno (los pájaros y los insectos dejaron de volar y emitir sonidos) durante los pocos minutos que duró la oscuridad”, comentó.