RecreaTico

De Cartago a San José en bici para ir a mi trabajo: un viaje surrealista

Viajar de una ciudad dormitorio a otra donde abundan los empleos es una realidad que viven millones de personas en muchos países.

Costa Rica no es la excepción. Quienes duermen en Alajuela, Heredia y Cartago, pero laboran en San José, pueden afirmarlo cuando regresan a sus hogares por la noche.

Un gran grupo se traslada en carro, motocicleta y autobús. Algún sector aborda el tren con el fin de evitar presas. Un número reducido lo hace en bicicleta, a pesar de la topografía y distancia.

A continuación, la demente historia de quien lo realiza de la Vieja Metrópoli a Llorente de Tibás durante unos tres días a la semana en una bici de ruta. La historia de 54 kilómetros diarios “volando pedal”; de entrenar a doble sesión con una jornada de ocho horas de trabajo en medio.

IDA (Cartucho - Chepe)

Es de madrugada y en Cartago hace frío, aunque amanezca despejado.

Salirse de las cobijas es un acto de voluntad que requiere tanta concentración como el aventurero que finalmente decide lanzarse en bungee desde un puente.

No levantarse perjudicaría la estabilidad laboral. Una manera de justificar la ausencia es decir que esas telas estaban calienticas y hacía mucho sueño y frío. Si llovía, se justifica aún más.

–"¡No señor! ¡Levántese!", resuena con eco dentro de la cabeza. Es la conciencia que, desde ya, empieza con su obra de arte.

Vestirse con frías telas y sin bañarse es parte del frío proceso que envuelve viajar en este medio de transporte.

¡Correcto: sin bañarse! Es romper con lo aprendido desde la infancia cuando el aseo predominaba antes de desayunar y asistir a lecciones de prekinder, allá por la década de los noventa.

El desayuno es la avena que reposa en un vaso con agua desde la noche anterior; es un pedacito de chocolate oscuro y una barrita con semillas o una fruta (de esas bombas o manjares energéticos les contaré luego).

–"Póngale". Me ustedea la que más molesta en esos fuertes momentos de pereza.

Un tanto incómodo –pero agradecido de estar con vida–, me visto con la indumentaria propia de un ciclista que pareciera algo profesional, mas no lo es. Licra con almohadilla, zapatillas con clips, guantes, casco, lentes, suéter del estilo cortaviento o totalmente impermeable y, sobre estas, un chaleco reflectivo. La cosa es que me vean.

Salgo de la casa con una hora y media (o dos horas) de anticipación a la entrada laboral. Ingreso a las 7 a. m. La política es tener más cuidado del debido, mucho coraje al pedalear, más precaución y, ante todo, ganas de conversar silenciosamente conmigo mismo como ya acaba de suceder en dos ocasiones.

Un par de kilómetros y ya calenté. Atrás quedaron las pequeñas presas del centro cartaginés (al inicio del video).

¿Subir por Ochomogo? No, no se puede. Hay mucho carro y humo. El espaldón está en condiciones deplorables, tanto como la repellada carretera Florencio del Castillo. Sería genial una ciclovía al lado de ella, ya que ese trayecto de Interamericana fue diseñado décadas atrás para que conductores de carros tuvieran una cuesta llevadera a alta velocidad.

Entonces, toca subir por Quircot. Antes de cruzar el ferrocarril, la cuesta tiene un nivel de inclinación bárbaro. Lo ideal sería montado en una bicicleta tipo montañera por el tema de que estas tienen más cambios y hacen más placentera la pendiente.

Pero no. Mis platos centrales son de 53 y 39 dientes por donde pasa la cadena. Atrás, en el piñón, existen ocho cambios. Eso se traduce en que ando una rutera más apropiada para planos.

El paisaje es verde detrás de Recope. A veces, se torna blanco por causa de la neblina. Todo es hermoso desde el punto de vista turístico.

Cualquier pedalero, en ese sitio, ya debe estar más que agitado, por lo que espera tener el desnivel a su favor hasta San José para ir prácticamente rodado. Así sucede si se está frente a la refinadora. Incluso, conduciendo un automóvil se siente esa ventaja desde ese lugar.

¿Qué ocurre detrás de la estatal de los combustibles? La angosta calle dirige a cualquiera hacia una especie de depresión donde luego aparece una cuesta que creía no tenía nombre. Yo la hubiera llamado: "La Despiadada". La aplicación de origen israelí, Waze, la llama "La Marta". O, ¿la que mata?, me he preguntado consternado.

Son esos trillos donde los ticos rompemos con las leyes de la naturaleza y con la ingeniería civil para abrirnos paso en medio de la jungla. Allí, básicamente, debería existir un puente como el del Saprissa, donde se evita bajar y subir el guindo del Virilla.

Bueno, casi nunca la subo pedaleándola. Siempre me bajo a medio trayecto. Tan solo llevo unos cinco kilómetros.

Caigo a la calle que viene de Llano Grande y del pueblo La Angelina. Bajo escasos metros al sur, como quien quisiera ir a Recope y la Florencio, pero me desvío en la primera a la derecha.

–"¡Nooo! ¿Qué hizo? Hubiera bajado a Recope. Más sencillo". Me recuerda lo fácil que sería montarme en la pista y avanzar rodado hasta el Wallmart de Curri.

Es hora de dirigirme hacia Dulce Nombre de La Unión. Más que una dura decisión, es el albedrío. Dice el diccionario que significa "la voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito, antojo o capricho" de dominar las cuestas venideras (le agrego).

Feliz de la topografía, imagino que estoy entrenando como para la Ruta de los Conquistadores o una Vuelta a Costa Rica.

En realidad, hacía unos minutos que gozaba de la frecuencia cardiaca más baja por las horas dormidas. Ya no voy fresco. El camino es muy difícil, pero realmente atractivo.

El paisaje es de ensueño por los olores y sonidos presentes. Es verde de naturaleza. Se carece de humo de carros. Cuando escucho a alguno acercarse, aguanto la respiración para no consumir aire sucio como el de la ciudad que tanto evito.

El trayecto comprendido entre Ochomogo y Dulce Nombre (este a oeste) tiene unas partes muy difíciles.

Los pájaros siempre han generado melodías. Sin embargo, cambiar el tempranero estrés de las bocinas por estos cánticos –acompañados de grillos– es uno de los grandes factores para que 'el pedalear' sea una toma de decisión sin titubeos.

Es simplemente relajante saber que llegaré a bañarme a la redacción.

La vía es angosta y tiene una gran pendiente, conocida como cuesta La Molina. Esta sí tiene nombre.

Con las manos y brazos tensos, los frenos intentan no avanzar tan rápido hacia abajo, pero voy tranquilo de que no transito la congestionada ruta Interamericana. Después de unos minutos, llego a Dulce Nombre.

Inicio el recorrido por la ciudad. El cantón de La Unión deja enseñanzas tras su paso por Tres Ríos y Concepción: alerta máxima. Las llantas me permiten avanzar hacia calle Las Rusias y después a San Rafael De Montes de Oca.

Luego, conecto con Sabanilla, Guadalupe y Los Colegios. Estoy en Llorente y con dos ánforas de líquido en mi cuerpo; una de agua y otra de suero o electrolitos.

¡Uff! ¡Cuánta alerta en 27 km! También, paciencia en semáforos y sitios por donde quería seguir como peatón andante.

Ahora, estoy donde paso la mayor parte de mi tiempo. Hay parqueo para la bici y duchas para darme el tan merecido baño.

–"No crea que va a descansar. Póngase a trabajar", dice mi voz interna.

Por unos minutos, la ignoro para preparar un café o té y comer algo.

Físicamente, permaneceré durante ocho horas en una silla ergonómica y un buen sitio donde mi mente tendrá su turno de darlo todo.

VUELTA (Chepe - Mordor)

En algunas épocas del año, la tarde se caracteriza por mucho sol. Tanto, que es incómodo para quienes transitan de este a oeste. En mi caso, le daré la espalda a nuestra estrella más cercana.

Muchas veces, la lluvia tiene horas definidas para aparecer. En algunas ocasiones lo hace a las 2 en punto o las 4, cuando ya una gran parte vamos a casa.

Como cualquier otro trabajador, el cansancio es el principal atributo al final de la jornada.

Solo quiero estar pronto en mi cama y descansar. ¡Qué va! Se vienen dos horas exactas para rodar. Un poco más, o, casi nunca, un poco menos.

Y empiezo a pedalear. Son pasadas las 4 de la tarde. Se me olvidan todos los problemas del día en cuanto topo con la primera cuesta que lleva a los colegios profesionales de farmacéuticos y de contadores públicos.

–"¿Al chile, perro? ¿Va a seguir pedaleando?", intenta desmotivarme la que viaja muy cómoda debajo del casco.

Se le enredan los cables. En realidad, transito por la calle Chile Perro, la cual tiene historia de que por ese sitio mejor no pasar de noche: el diablo y san Pedro se repartían las almas de quienes habían enterrado en el cementerio de la localidad (dice en ese artículo de opinión).

La mayoría de la inclinación del terreno estará en mi contra hasta llegar a la parte de atrás de Recope.

–"Usted está cansado física y mentalmente. ¿Cómo se le ocurre?", me recuerda.

Ya no tengo de otra. Aquí es donde el dolor se convierte en el sexto sentido que trasciende al tacto.

Es la forma más sana de imaginar vivamente algo. Siento –no veo– más allá del 3D, escucho los cambios en las cajas de marchas de los carros y camiones, empiezo a oler los entornos de la ciudad donde me encuentro, pero ¿qué me sucede? Al igual que un animal de olfato agudo, capto los aromas de la naturaleza que está a kilómetros de distancia.

Saboreo con un extraño paladar que sugeriría una visita al médico. ¿Será que es sangre o simplemente que llevo el corazón en la garganta?, me pregunto.

En realidad, lo que quisiera es una taza con café. Ojalá y que este haya sido cosechado en Tres Ríos, por donde pronto pasaré.

–"¡Con que esta es la calle 55! Qué montón de vehículos van de Lincoln Plaza a Guadalupe. Por cierto, cuán cómodos se ven los conductores y usuarios de bus. Así debe ser. Eso es lo más adecuado".

No le hago caso. Aunque ya me duelen las piernas.

Recuerdo a Apollinaire con su analogía del andar y la invención de la rueda con respecto al surrealismo. Iniciaba la frase: "Cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, el surrealismo". Y continuaba:

De esa forma, imagino que voy más rápido que si lo hiciera caminando o corriendo. En ese instante me cuestiono:¿cómo nos movilizaremos en unas cinco décadas en Costa Rica?, ¿tendremos trenes eléctricos solares?

También, en las presas, paso a un lado de los vehículos con mucho cuidado y de forma lenta. A veces, hasta me bajo de la bicicleta y camino por la acera. Avanzo más rápido.

Continúo el paso por la ciudad. El recorrido se invierte por la misma ruta. Guadalupe es el calentamiento necesario para dar con otra cuesta.

La calle es amplia pero empinada.

Observar el Colegio Metodista a la izquierda es señal de que ya casi acaba otra corta prueba de lo que se viene.

A cada rato, el panorama recuerda que por aquí pudieron, pueden y podrán ocurrir accidentes de tránsito. Quizá golpes en paredes, frenazos en el asfalto o señales dobladas.

Una vez que deje el cruce del Cristo, el angosto trayecto de San Rafael de Montes de Oca enciende la alerta.

En este punto, el ciclista debe decidir dos situaciones: 1) continuar a la derecha de la vía, detenerse constantemente debido al tráfico para quedar encerrado en medio de ellos o, 2) posicionarse en el centro del carril para acelerar y detenerse fuertemente al igual que quienes queman combustibles fósiles y así, mantener el flujo propio de la zona. Esto, debido a que la presa avanza al ritmo de varios semáforos, pasos peatonales y buses que no tienen donde orillarse.

Pronto vendrá un desvío a la derecha que dirige hacia calle Las Rusias. Son columpios que –de no tener obstáculos al frente– aprovecho sus bajadas para subir más sencillo. Cuando la vía está mojada no es recomendable.

Otro desvío. Esta vez, es a la izquierda. Quien viva en el residencial Barlovento ya dará por concluida su etapa de traslado diario.

Caigo a Concepción de La Unión y lo noto por las presas, los rostros cansados o estresados. Toca soltarse los clips y estar atento a poner uno de los pies en el suelo.

Avanzo hacia Tres Ríos con la mente y pulmones agitados. Se trata de una sensación que, en el momento, uno no quiere repetir, pero que, cuando el reposo regresa al cuerpo, te exige volver a la travesía.

Suena un monstruo a lo lejos. Han dicho que es metálico y muy bravo (otro delirio).

–"Cuidado, se le acerca un Decepticon peligroso", me dice aquella voz.

¡Jamás! Conozco el universo de ficción de los Transformers. Sin embargo, temo que sí existan y ese del escándalo me haga daño. De tal manera que aplico más fuerza al pedaleo.

Quiero evitar problemas. Además, ya pronto caerá la noche y mi bicicleta no es un Autobot para recurrir a la fuerza mecánica y dejar atrás el peligro.

Llego a Tres Ríos y el sonido es cada vez más intenso. El reloj marca 47 minutos. Cruzo el ferrocarril y el sonido se detuvo: estoy menos tenso por no decir "más tranquilo".

Como no debo transitar sobre la autopista Florencio del Castillo, subo por la Iglesia de San Rafael, la cual está ubicada unos 600 metros al este del parque de esta cabecera de cantón.

Ahora sí es cierto que se viene una de esas cuestas que le recuerdan a uno el día en que nació.

Reaparece el sonido del monstruo. Realmente es un Decepticon y es cuando cruzo la línea férrea en dirección a Dulce Nombre. Lo que sigue es una 'pared' que bien, bien, podría utilizarse para practicar escalada o 'climbing' (en inglés).

Trato de sacar más fuerzas de donde no las tengo y es cuando, de pronto, mi bicicleta se convierte en el Autobot que tanto deseaba.

Mi vida ya no corre tanto riesgo, mas sigo dándole duro a las piernas. Voy un poco loco. Todo se trataba de la locomotora antigua que lleva a muchos a la Vieja Metrópoli.

Un juego mental generado adrede, desde lo más profundo de mi ser con tal de hacer llevadero ese 'muro' y pensar en otra cosa que no sea en deternerme.

Empiezo a "ver duendes", flores diferentes así como paisajes de otros mundos. Me refiero al sétimo sentido: alucinar.

Según Waze, la siguiente cuestica se llama "La Molina". Viéndola desde Google Maps, cualquiera la reconoce como calle Martínez.

En el sentido oeste-este es la segunda más difícil después de "La Marta". En la mañana bajé pegado a los frenos para no derrapar en curvas ni caerme violentamente. Ok. Ahora todo tiene sentido: subirla es una experiencia salvaje.

Sin embargo, los paisajes son los mejores, ya que se aprecia el atardecer en medio de una ligera neblina o una densa niebla acompañada de pelo de gato o lluvia.

–"Si para a tomar fotos, le va a costar más volver a recuperar el ritmo y ya se hace oscuro", no se detiene. La mente desea a un cuerpo en estado de confort.

Continúo un poco desobediente. La prioridad es apreciar el momento y luego mostrarle al lector de esta historia la mayor cantidad de imágenes capturadas.

El cielo se muestra despejado en algunas épocas del año y se logra observar algunas estrellas; en otras ocasiones a la luna y al planeta Venus (según la aplicación de iOS llamada Sky View).

En uno de tantos descansos para merendar en lo alto de Dulce Nombre, un señor de avanzada edad venía bajando la mencionada cuesta. Mientras capturaba las siguientes fotografías del sol rojo, recuerdo las palabras que me dijo.

–“¡Hijo, vea qué loquera ese sooooool!”. Esa última palabra se estiró tanto como la velocidad que llevaba.

Las siguientes tres imágenes se relacionan con ello:

Olvidé encender las luces de la bici. ¡Ah, no! Ya recuerdo: se encendieron solas desde el momento Transformer.

Oscureció de forma parcial. Percibo una gran bioluminiscencia sobre la calle y a ambos lados de ella. Me pregunto si es otra alucinación.

Recuerdo que estoy en medio de los insectos más hermosos del mundo a mi gusto. Se trata de las luciérnagas, las cuales, simplemente están en su cortejo nocturno. Ellas son la cereza del pastel.

A pesar de que me muevo sobre un falso plano, pedaleo despacito para admirar sus juegos de luces.

En realidad, escucho a unas luciérnagas machos quejarse de mi presencia, por lo que me apeno y no dudo en continuar.

–"Sapo, lo de las lucecitas no era con usted", me regaña. Esta vez, sí le hice caso y jalé soplado.

Resulta que ese jueguito de luces es un diálogo complicado entre machos y hembras para ver si logran aparearse.

Aún queda un poquito de luz natural. Lo más adecuado es sentarse en el zacate y sacar alguna merienda para apreciar todo lo que allí abunda: luciérnagas, celajes, verdes pastos y ganado.

Oscuridad, miedo y perros.

Después de la cuesta "La Molina" y de un plano, se cruza un pequeño puente. Desde ese punto y poco antes de Recope, casi no se ven postes de luz. Un trayecto de 100 metros alumbrados contiguo al campamento Oikoumene genera un poquito más de confianza en un ciclista.

Llevaba dos potentes luces led. Adelante portaba una de color blanca y atrás una roja. Lo que seguía de camino eran más potreros y menos luz.

Pasar por esas penumbras y con dos luces propias de carros o motos, pero sin el sonido de los motores, generaba miedo en gatos, cabras, ovejas, vacas, caballos y cuanto animal haya en la zona. Principalmente de perros.

Estos pobres cánidos, al escucharme tan agitado y olerme la sangre de mi garganta (porque, como recuerdan, llevo el corazón allí), imagino que me percibían como el mismísimo críptido y legendario Chupacabras.

Este mito se remonta a mediados de la década de los noventa en diversas zonas de América, donde se suponía que la temible criatura atacaba animales domésticos con el fin de succionarles toda la sangre.

Los lamentables ladridos cada vez merman tras mi paso en bicicleta, debido a que les hablo con tal de que olviden la semejante leyenda urbana que atemorizaba a pobladores al acercarse el cambio de milenio.

Finalmente, bajo a Quircot y Taras donde el tránsito es denso. Puede que sean las 6 de la tarde. Algo más, algo menos.

Llego a mi casa y hablo con mi gente. Mi mente está tranquila de que su cuerpo descansará. Debido a esto, me siento relajado y dispuesto a comer y bañarme.

FIN.

La experiencia me ha permitido distraerme, desestresarme, quemar grasa, evitar presas, ahorrar dinero y mejorar mi condición física.

Busco un ciclo que patrocine con una bicicleta de montaña. De esa forma, podré contarle historias en calles y trillos de otros puntos de Costa Rica que se puedan pedalear para pasear distinto. Mi correo es "osvaldo.calderon@nacion.com". También, agradezco sugerencias, críticas constructivas y todo tipo de mensaje.

En mis cuentas de Instagram paso posteando fotos que luego podría desarrollar para temas de este blog. Si gusta, puede seguirme:

Instagram Osvaldo e Instagram Recreatico

Puede ser que ya leyó alguna de mis otras publicaciones en el periódico La Nación, en www.nacion.com o en este blog. Si no, no importa. Le dejo los enlaces para que los pueda leer con calma:

Crónica de un usuario de la ciclovía: Cruzar todo San José en media hora y haciendo ejercicio

Amigos llevan a ciclista a pasear en 'volanta' como símbolo de verdadera amistad

A pie, en bici, en carro y en tren: de lo que les estaré contando en Costa Rica

Cartago es la mejor zona para practicar ciclismo en Costa Rica (de mi compañera Fiorella Masís)

Curiosidades sobre fotografía de cuatro de los volcanes de Costa Rica

San José y golfo de Nicoya vistos al mismo tiempo en atardecer

Estudiantes de arquitectura construyen bicicletas con marcos de bambú (de mi compañero José Gatgens)

Productos ticos que sirven para 'mochilear' fuera y dentro de casa

Nueva oferta gastronómica en Cartago (Parte I)