Por: Víctor Hurtado Oviedo.   11 diciembre, 2011

El hipopótamo es el patito feo del caballo. En el idioma griego, ‘hipopótamo’ equivale a “caballo de río”; pero bien se sabe que esta denominación disgusta mucho a los caballos, quienes pretenden solo para ellos el honroso título de ser nobles brutos. Egoístas: no saben cuán bien podrían compartir ese honor, y no solo con los animales.

Según taxónomos (clasificadores) asaz equivocados, los hipopótamos son los parientes gordos de los caballos porque no salen a hacer ejercicio, porque les falta proyecto-país para ellos solos, porque carecen de la ambición de ganar un Derby y porque –ya echados al abandono– se pasan la vida anfibia sin definirse entre el agua y la tierra, lo que equivale al centrismo en la política, pero traducido al mundo natural.

Empero, cual los llantos de ciertos políticos, las apariencias engañan, de modo que, si fuesen candidatas, amanecerían diputadas.

Otros taxónomos, más enterados –que para eso están–, han descubierto que los hipopótamos no son parientes incómodos de los caballos, sino primos lejanos de los cetáceos, como las ballenas.

Hace muchos siglos, un antepasado de los hipopótamos y de las ballenas era muy pobre, de modo que, al morir, la única herencia que pudo dividir entre sus hijos fue la genética: del uno vienen los “caballos de río”, del otro bajan los cetáceos.

Así pues, el abuelo de las ballenas fue como esos primos que gritan: “¡Nos vamos a la playa!” y nunca regresan pues se convierten en anfibios, sirenas y delfines, y ya no quieren volver a las andadas –en la tierra– pues han descubierto que las aguas de mar son un aire de frío y sal por el que se vuela nadando.

Los anfibios son más creativos que los famosos rumiantes, quienes solamente inventaron la retroalimentación. Luego de los elefantes y los rinocerontes, los hipopótamos son los animales terres-tres más pesados, de manera que a todos ellos se dirigió el poeta Antonio Machado cuando escribió que “se hace camino al andar”.

Los nativos de Liberia, en África, hablaban del “mbe”, un animal misterioso para los europeos hasta que, en 1911, el persistente cazador alemán Hans Schomburgk dio con un mbe: el hipopótamo pigmeo, subespecie única en el mundo.

Hans iba en una barcaza sobre el río Duquea cuando vio al mbe en una orilla. Debía matarlo para probar que él era su primer cazador. “¡Qué fácil me hubiera sido dispararle!”, escribió después. Al año siguiente volvió y capturó algunos y los envió a Europa. “Simpáticos animalitos” puso en un telegrama.

“Momentos estelares” llamaba Stefan Zweig a los que hacen historia. Momentos pequeños, más humanos –como el de Hans Schomburgk y el mbe–, nos recuerdan que somos parte de la naturaleza.