Fernando Chaves Espinach. 8 noviembre
Juan Pablo Olyslager (de corbata, al centro) interpreta a Pablo, el protagonista de 'Temblores', dirigida por Jayro Bustamente. Foto: Cortesía Pacífica Grey.
Juan Pablo Olyslager (de corbata, al centro) interpreta a Pablo, el protagonista de 'Temblores', dirigida por Jayro Bustamente. Foto: Cortesía Pacífica Grey.

Al cierre de un año excepcional para el cineasta guatemalteco Jayro Bustamante, se proyecta en salas de Costa Rica su segundo largometraje (distribuido por Pacífica Grey), Temblores. Estrenado en la Berlinale en febrero, acompañó también a su tercer filme, La llorona, en San Sebastián y Londres (un doblete inédito para el cine centroamericano), pero en casa también resonó, con seis semanas en cartelera.

Temblores inicia con una sacudida de la tierra, tan frecuente en nuestros países. En la casa de Pablo (Juan Pablo Olyslager), una crisis familiar distrae hasta de la precaución usual ante un sismo, pues él ha revelado que es homosexual y que ama a Francisco (Mauricio Armas). Su familia dice que luchará por “salvarlo” ofreciéndole una seudoterapia religiosa, aunque él intente huir. Es un drama que, si bien se ventila poco, sofoca seguramente a miles de personas en Guatemala y en nuestro país, donde ganó en abril el premio al mejor largometraje centroamericano en el Costa Rica Festival Internacional de Cine.

Mientras medita sobre sus próximos proyectos (algunos en Guatemala, aparte de propuestas para filmar en francés y en inglés), Bustamante conversó sobre esta segunda parte de una trilogía que lo ha proyectado en el panorama internacional.

–¿Qué le llamó la atención de esta historia?

–Desde que pasé del cortometraje al largometraje, la idea fue crear un tríptico sobre los tres insultos que en Guatemala son los más importantes y que desde mi punto de vista son los que más escarban en esa brecha de desigualdad, racismo, clasismo; en todo caso, de separación en nuestra sociedad. El primero es “indio”, que traté con Ixcanul, el segundo es “hueco” (término denigrante para referirse a un hombre homosexual), que es el que trato en Temblores, y el tercero es “comunista”, que trato en La llorona. En el primer caso, lo que me interesaba era hablar de este fenómeno de ser una sociedad que no se quiere, que no está orgullosa de sus orígenes, se autodiscrimina y niega de dónde viene. Es la herencia del colonialismo y de los criollos que realmente querían acercarse más a los colonos que a la tierra donde nacieron y que se traduce en una autodiscriminación y una discriminación terrible donde el 70% de la población es inferior al resto.

”Con Temblores quería hablar de la opresión que causan el machismo y la misoginia; me interesó el tema de la homosexualidad para entrarle al machismo por ahí. En Guatemala cuando a un homosexual hombre se le trata de hueco se tiene en la mente que un hombre homosexual se trata de feminizar y que, al hacerlo, se está rebajando, de modo que siempre en el fondo es un insulto a la mujer. Volvemos a negar quiénes somos, una sociedad que está continuamente negándose y, en el caso de los homosexuales, tenés que esconder quién sos, esconder tu esencia.

"Desde que pasé del cortometraje al largometraje, la idea fue crear un tríptico sobre los tres insultos que en Guatemala son los más importantes", aseguró Jayro Bustamante. Foto: Alonso Tenorio.

”Cuando hice la investigación, (encontré) que un hombre heterosexual en Guatemala se define bajo tres negaciones: la negación de ser un niño, de ser un homosexual y de ser una mujer. Es muy duro construir algo positivo cuando tenés que negar siempre. Comencé por ahí la investigación y conocí a mi primer “Pablo”. Su historia era más o menos la de un hombre casado con hijos que, en algún momento, su naturaleza no puede seguir escondida y que se encuentra con una familia y una iglesia que lo obligan a seguir mintiendo para mantener la fachada social; me llamó la atención que fuese la iglesia la que lo obligara a mentir. Abrí la convocatoria a 22 Pablos más, no tardé ni dos semanas en contactarlos a todos. Cada vez que hablaba con uno me decía: ‘por favor, todo esto en el más absoluto secreto porque nadie sabe de mí’ y yo les decía, ‘pero vean la facilidad con la que los conocí a todos’. Es una sociedad con una doble moral grande. No es que no se sepa, pero se prefiere hacer de la vista gorda antes de abordar el tema”.

–Estos hombres que menciona, ¿habían sido llevados a alguna de estas terapias de pseudoconversión?

–Estaba buscando a alguien religioso, casado, que estuviera mintiéndole a su mujer y que la familia lo obligara a seguir mintiendo y que hubiera estado en una terapia. El primero me contó esto, le dije si tenía un amigo, luego hablé con otro, y así. No fue nada complejo.

–Es algo que estaba esperando que fuera destapado de cierta manera, que hubiera un canal para desahogar lo que estaba ocurriendo.

–Pues ni siquiera sé si estaba esperando; yo creo que ya estaba destapado, pero la gente sigue haciendo como que no lo ve. Son temas que incomodan, entonces es más práctico hacer como que no existen. Lo que las mamás les pedían a sus hijos eran: ‘No me obligue a dejarlo de amar’. Estos conceptos me parecían muy interesantes. Yo le hago daño por su bien, no me obligue a dejarlo de amar, no lastime a sus hijos mintiéndole a su mujer para siempre. Siempre se pone a Dios como responsable del mensaje, lo que también me parecía fascinante.

–Si es culpa de Dios, no es culpa de nadie.

–Claro, pero también de parte de una cultura muy doble moralista, cuando te conviene hay que poner la otra mejilla, pero cuando no, es diente por diente. Nunca sabés cómo te tenés que manejar cuando Dios entró al juego. Eso hizo que la película se interesara mucho en el punto de vista de la mujer y en su rol en este tipo de historias: de cómo la mujer es discriminada desde el concepto y, al final, poco importa cómo se sienta ella porque al hombre hay que empujarlo a casarse para que no se sepa y la felicidad de la mujer poco importa. Me imagino que intuyen que son las oprimidas y que todo está organizado por una sociedad y una religión machista, pero son quienes más lo defienden. Un punto en común entre los 22 hombres es que todos tuvieron mucha más facilidad para hablarlo con los padres que con las madres. Hay algo muy fuerte en ellas, un rechazo, una intención de salvarlos, y los padres, en su mayoría, fueron bastante laxos, también un poco cobardes, me imagino, porque prefirieron no seguir hablando del tema, pero al menos decidieron no seguirles jodiendo la vida a los hijos.

Búsquela: La película Temblores (Guatemala, 2019) continúa su paso por Costa Rica en los cines Magaly y Sala Garbo.

–Probablemente tenga que ver con la dependencia económica que puede haber en muchas de estas familias; es decir, las mujeres que dependen del mantenimiento de una estructura familiar “normal”...

–Exactamente. Cuando te ponés a analizarlo desde este punto de vista, siempre termina siendo algo misógino, discriminación a la mujer. Empecé a trabajar esto como una película sobre la opresión social más que sobre la homosexualidad. Sobre todo, la empecé a trabajar con un sarcasmo negro. La fui suavizando para que no fuera una burla, sobre todo porque trataba con la religión, pero el sarcasmo está siempre presente. En Guatemala la gente lo siente menos, lee menos el sarcasmo porque está enfrentada a ver un reflejo de una sociedad que no ve, no estamos acostumbrados a vernos en el cine.

–Al hablar del sarcasmo, ¿se refiere a lo que ciertos críticos han descrito como un lenguaje “telenovelesco”?

–Sí, completamente, una sociedad que vive usando ese tipo de tonos, una pose un poco teatral cuando se tiene que comportar cuando su clase se lo indica. Tampoco podemos olvidar que tenemos décadas de que nuestras referencias fueron las novelas. Hasta ahora tenemos la referencia de series, documentales y películas.

–También hay algo interesante en lo que mencionaba sobre la opresión relacionado con el asunto de clase, en cuanto al acceso que puede tener alguien como Pablo a ciertos espacios de deseo o de liberación, arrinconado por la hipocresía, ciertas expectativas.

–Teníamos dos intenciones al contar la película desde esa clase social. La mayor parte de “Pablos” que entrevisté venían del mismo círculo. Me preguntaba cómo siguen creyendo estas cosas si han hecho los mejores colegios, las mejores universidades, si han viajado, si saben cómo funciona el mundo en la actualidad, pero no dejaban de ser víctimas esclavizadas por el yugo de la religión. Es gente que tiene acceso a todo pero que decide seguir siendo ovejitas del rebaño.

–¿Lo decide realmente? ¿De qué manera se manifiesta esa obligación?

–Entre más tenés, más tenés que perder. En Guatemala veo al movimiento LGBT mucho más potente, unido y sólido en las clases bajas, porque de alguna manera son invisibles, no tienen mucho que perder y son discriminados incluso por los mismos gais por “locas” o por “pobres”. Como tienen tantas capas de discriminación encima, o se levantan y gritan o se mueren. Se están levantando y están gritando.

Otra de las escenas de la película Temblores. Foto: Cortesía Pacífica Grey.
Otra de las escenas de la película Temblores. Foto: Cortesía Pacífica Grey.

–Algo interesante de las tres películas es la relación de los dramas internos de los personajes con la tierra, con el paisaje, con el ámbito en el que viven y la forma en la que lo transforman o se evidencia en él lo que ellos están viviendo…

–Hay una cosa que Guatemala me recuerda mucho, que es lo chiquito que uno es. La tierra se mueve, los volcanes tiran fuego, la lluvia cae y se lleva todo…, la naturaleza te recuerda lo chiquito que sos siempre. Me llama la atención cómo los seres humanos seguimos mucho más irrelevantes que la naturaleza, seguimos pensando en bienestar en burbujitas, nunca nos preguntamos cómo convive el derecho individual con el público. Preferimos dogmas porque nos facilitan la vida en un país donde la mayor parte de la gente apenas tiene para comer. El pensamiento crítico es un gran privilegio. Eso en Guatemala todavía lo estamos luchando. En Temblores, la metáfora del título me interesaba por cómo se construyen fachadas sobre cimientos tan poco sólidos. La gente nos mira como somos realmente pero volvemos a construir las fachadas y no nos da vergüenza, volvemos a mentir. Toda esta situación de cómo una sociedad se construye bajo falsedades en una época que se está moviendo tanto, donde se está transformando tanto.

–En muchos momentos uno ve al personaje de Pablo batallando por articular lo que siente, por poder expresar lo que quiere hacer, está como atrapado. ¿Cómo fue ese proceso de trabajo con el actor?

–Nosotros hicimos un trato con Juan Pablo, un trato de hacer una “apnea”, tratar de llevar al espectador y zambullirlo sin dejar que respire hasta que ya no aguante. Trabajamos con todos los actores de Temblores con un método para ponerlos en el mismo registro y llevarlos al mismo nivel. Un año antes del rodaje empezamos a hacer el coaching para filmar. Con Juan Pablo hicimos mucho trabajo físico, durante mucho tiempo lo tuvimos con pesas en las piernas, en los brazos, en la cintura, con peso físico mientras él iba buscando el peso interno para construir el personaje. Él mismo fue a buscar más. Se le pedía que adelgazara 15 kilos, entonces estaba en una dieta rígida donde tenía muchos alimentos prohibidos, y durante el trabajo esos alimentos estaban todo el tiempo frente a él, fue privarlo a él como un homosexual se sentiría si lo privan de su derecho de ser quien es.

–Visualmente también es bastante opresiva, el contraste cuando está con Francisco, cuando hay tomas más abiertas, otro movimiento… ¿Cómo abordó esa puesta en escena?

–Hicimos tres ambientes. Tratamos de hacer un ambiente caluroso pero opresivo y cerrado, no solo por las puertas, las cortinas, la madera, todo en la casa burguesa. Luego tenemos un ambiente más libre, pero un poco caótico, porque la armonía todavía no la hemos encontrado, entonces si bien Francisco es un personaje mucho más luminoso le toca vivir una vida en la que no se le ha permitido realizarse completamente. El tercer universo era la iglesia, donde quisimos recrear más un campo de concentración, y esa iglesia que también es una mezcla religiosa; estamos usando un poco de rito evangélico protestante con iconografía católica con rezos judías, una mezcla de religiones, porque en términos de la opresión a la homosexualidad y a las mujeres, tienen eso en común, a todas les parece que hay que discriminarlos.

–¿Cómo valora la recepción que tuvo la película en Guatemala?

–Bastante bien. Estuvimos seis semanas, lo cual para una película como esta es mucho decir. Luego de eso, tuvimos derecho a una campaña negra hecha por una política que quiso ser la vicepresidenta de nuestro gobierno actual; dijo que la Unión Europea me había pagado medio millón de euros para que destruyera la familia guatemalteca. Los guatemaltecos creen en esas cosas, entonces mucha gente dijo que era malo ir a ver esa película porque es gente provida. Pero eso levantó un montón de publicidad para otras personas, entonce tuvo su lado bueno. (Hubo críticas) de una parte de la comunidad gay que no se quiere ver representada de esa manera, una parte rica cuyo dinero la mantiene en una burbuja donde están confortables, que no quieren aceptar que la mayor parte del país no puede ser como es. Y luego otra parte de la sociedad que está aprendiendo a ver cine; entonces, hubo críticas mucho más simpáticas, como por ejemplo que la película no está bien hecha porque si ese personaje se va por esa calle no va a salir ahí.

–Reconociendo también que actualmente está siendo el cineasta más visible afuera. ¿Qué implica este ritmo de trabajo y esta cantidad de exposición para usted como cineasta o artista?

–La exposición todavía no estoy muy seguro porque lo que sí implica el ritmo de actividades es mucho trabajo. De alguna manera eso nos salva de lo que la exposición puede provocar dañinamente porque estás mucho tiempo ocupado, muy poco tiempo de asimilación de lo que está pasando, que sería lo peor porque te lo puedes creer. Tuvimos la suerte de que las tres películas estaban amarradas, entonces yo estuve trabajando desde el inicio en el concepto, nos ayudó a ahorrar tiempo… Pero si una película está haciendo ruido hay que aprovecharlo para hacer otra. En toda América Latina, una vez que una película está terminada tenemos la angustia de saber si vamos a poder hacer otra o no, porque nada nos lo asegura.