Bert Kohlmann, Ángel Solís y Guillermo E. Alvarado. 7 septiembre
Este es el páramo en las cercanías del cráter oriental del Volcán Turrialba. Este ecosistema ha sido afectado por las erupciones en los últimos nueve años. Foto: Guillermo Alvarado.
Este es el páramo en las cercanías del cráter oriental del Volcán Turrialba. Este ecosistema ha sido afectado por las erupciones en los últimos nueve años. Foto: Guillermo Alvarado.

Desde que los seres humanos empezamos a adquirir una inteligencia superior con el establecimiento del género Homo, hace unos 2,5 millones de años y particularmente en los últimos 9.000 años, comenzamos a alterar y modificar el planeta con cambios que incluyen la deforestación, los desvíos de los cursos de los ríos, los cultivos e irrigación masiva, la contaminación de todo tipo (sónica, agua, tierra, aire, visual), la producción de nuevas razas de plantas y animales y una acelerada extinción, a la que algunos han llamado la “sexta extinción masiva”.

La gran diferencia es que en las cinco extinciones pasadas los causantes fueron los eventos naturales inevitables, tales como vulcanismo, impacto de objetos extraterrestres, cambio de órbita o del magnetismo terrestre o explosiones estelares. Somos la única especie con capacidad de destrucción absoluta y de controlar a nuestro antojo y capricho el entorno, incluso el de nuestra propia especie, irónicamente llamada Homo sapiens sapiens.

El calentamiento global, más manejado como cambio climático por su impacto mediático, es una de las tantas amenazas que afronta la humanidad, no precisamente la prioritaria como se ha querido manejar, pero sí una situación a considerar con bastante seriedad. Sin embargo, en el caso de continuar, su efecto será severo en los ecosistemas, particularmente de las zonas montañosas, pues experimentan el doble de las tasas de calentamiento en el ámbito mundial.

Los cambios ambientales que está sufriendo el mundo se reflejan, a una pequeña escala, en los picos elevados de las montañas con la paulatina desaparición de fauna y flora autóctona. Por ello, las montañas, no solo representan un observatorio natural para estudiar los efectos climáticos sobre la biodiversidad, sino que suelen albergar a especies con una distribución geográfica muy restringida, muchas de ellas endémicas por su aislamiento.

Páramo protegido del Cerro Chirripó. Hace 24.000 años esto fue un paisaje glaciar. Fotografía: Guillermo Alvarado.
Páramo protegido del Cerro Chirripó. Hace 24.000 años esto fue un paisaje glaciar. Fotografía: Guillermo Alvarado.
Un bioindicador del calentamiento global

Costa Rica cuenta con 15.205 hectáreas de páramo, es decir un 0,3 % del área terrestre total de Costa Rica, presente en la cordillera de Talamanca (cerros de Vueltas, Muerte, Cuericí, Urán, Chirripó, Ami, Dúrika, Dudu y Kámuk) y en los aún más vulnerables, a merced del vulcanismo (cenizas y lluvia ácida), en el Irazú y el Turrialba.

Esta zona de vida, se ubica entre los 3.100 m y los picos de las montañas, incluyendo al Chirripó a 3820 m, donde se alberga un paisaje único en el país, ya que es de origen glaciar y periglaciar y es rico en especies de flora y fauna exclusivas.

Los recientes informes sobre el cambio climático prevén un aumento de las temperaturas de 1 a 3 °C en un siglo, de tal forma que en esta región el límite entre el páramo y el bosque nuboso aledaño subirá unos 350 m. Tal y como lo evidencian múltiples estudios, los páramos son muy sensibles, ya que muchas de las especies animales y vegetales poseen una baja capacidad para ajustarse al aumento de la temperatura a través de su plasticidad fisiológica o de desplazamiento a condiciones adecuadas para ellas. Es por ello que los páramos constituyen auténticos bioindicadores y centinelas del cambio global.

Los resultados obtenidos son alarmantes: se cree que los páramos volcánicos en el Irazú y Turrialba desaparecerán al 2100 y el resto se reducirá ostensiblemente; pasará a solo unas 639 hectáreas, lo que condenaría a gran cantidad de especies a su extinción.

Los escarabajos como grupo de estudio
Escarabajo Deltochilum mexicanum. Este un escarabajo de las partes altas de las montañas; se vería en serias dificultades por el cambio climático. Foto: Cortesía de Ángel Solís.
Escarabajo Deltochilum mexicanum. Este un escarabajo de las partes altas de las montañas; se vería en serias dificultades por el cambio climático. Foto: Cortesía de Ángel Solís.

Mejor llamados coleópteros, los escarabajos habitan el planeta desde hace 280 millones de años, constituyendo el grupo animal más diverso y en nuestro país, no es la excepción, aunque lo poblaron hace poco, geológicamente hablando.

Se estima que Costa Rica cuenta con unas 292.000 especies de escarabajos, distribuidas desde el nivel del mar hasta los 3820 m de altitud, lo cual representa el 3,6 % del total de las especies en el mundo.

Este grupo de insectos ocupa una gran variedad de hábitats, incluyendo todo el espectro de ambientes terrestres y acuáticos, donde juegan un papel funcional muy importante por la gran variedad de formas en las que aprovechan los ecosistemas y las modificaciones que sus actividades causas en ellos.

En la opinión popular, los insectos son considerados dañinos; sin embargo, muchos servicios ecosistémicos son desempeñados por ellos, como por ejemplo la polinización y la eliminación de ciertas plagas. En el caso particular de los escarabéidos, al alimentarse de excrementos y enterrarlos, contribuyen al aporte de minerales, aireación, disponibilidad de nutrientes del suelo, reducción de moscas y parásitos intestinales y la dispersión de semillas, aportes muy valiosos para el país en la protección de los suelos y recursos genético, así como la reducción del gas metano.

Los estudios biológicos y paleoclimáticos preliminares realizados en Costa Rica han evidenciado que, a lo largo de la historia geológica, los escarabajos –entre otras muchas especies– han sido profundamente afectados por los cambios climáticos y posiblemente la actividad volcánica, por lo que varias veces han tenido que adaptarse gradualmente a estas condiciones cambiantes y, muchas veces, adversas.

Futuro preocupante

Si hemos apostado al turismo (incluyendo el ecológico) como nuestra principal fuente de ingresos y si ahora se toma la difícil meta de carbono neutralidad, entonces se debe crear conciencia nacional sobre el futuro de nuestros limitados y vulnerables bosques, junto con toda la vida resguardan.

El paisaje particular, de gran belleza escénica en el caso de los páramos, puede llegar a ser sustituido hasta convertirse en otro bosque nuboso. Del mismo modo, en el caso de organismos de poca movilidad y restringidos actualmente a áreas relativamente pequeñas, como, por ejemplo, el caso de un escarabajo endémico (Ateuchus alutacius) que vive en la Fila Costeña. Al poseer alas reducidas, es incapaz de volar, por lo que su futuro es incierto porque no tiene gran capacidad de desplazamiento hacia zonas de vida favorables para contrarrestar el efecto del calentamiento global.

La desaparición del páramo representaría una irremplazable e irresponsable pérdida de millones de años de evolución con su respectiva riqueza –todavía no conocida ni evaluada– y la extinción de un paisaje sin igual dentro del trópico, con un enorme potencial como recurso natural y ecoturístico.

*Sobre los autores: Bert Kohlmann es profesor de la Universidad EARTH (bkohlman@earth.ac.cr). Ángel Solís es investigador asociado en el campo de la entomología del Museo Nacional de Costa Rica. Guillermo Alvarado es geólogo, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia de Geografía e Historia.

Figura 1. Distribución actual de los páramos en Costa Rica y su posible disminución para el año 2100.

Figura 2. Ateuchus alutacius, un escarabajo endémico. A. Ala funcional de Ateuchus candezei. B. Ala reducida y no funcional de Ateuchus alutacius.