Gerardo J. Soto. 9 febrero, 2018

A lo largo de dos siglos y medio, desde principios del XVIII, los volcanes de la cordillera Central (Irazú, Turrialba y Poás) nos habían acostumbrado a ver las erupciones allá, lejanas en la cima de sus enormes montañas, que solo lograban importunarnos cuando la ceniza dispersada por el viento llegaba a los poblados. O bien, cuando la ceniza, mezclada con lluvias torrenciales, originaba lahares peligrosos y letales.

Así, los muertos por vulcanismo se habían circunscrito a los lahares en los suburbios de Cartago de fines de 1963, sumados a algunos desafortunados que fueron apedreados por las explosiones del Irazú, desprevenidos ante su temeridad de estar al lado del cráter. Mas no experimentamos masivas pérdidas humanas históricas, como sí lo sufrimos con varios terremotos.

La comunidad vulcanológica costarricense se forjó principalmente al lado del Arenal

Cierto que el Irazú infligió una notable bofetada al bienestar y la economía costarricenses entre 1963 y 1965, aunque como paliativo nació la oficina de Defensa Civil. Luego, el Rincón de la Vieja lanzó sus cenizas lejanas y aburridas, entre 1966 y 1967, que casi pasaron inadvertidas y sin demasiada alharaca. Hasta ese momento, ninguna erupción histórica espectacular había sucedido en Costa Rica.

Habría que esperar hasta julio de 1968 para que un volcán despertara de su letargo añoso con violencia sísmica y eruptiva, y además mortal.

La mañana del 29, el Arenal explotó por su costado occidental, abriendo tres cráteres nuevos, generando corrientes piroclásticas veloces y muy calientes, un bombardeo de bloques al rojo vivo y columnas de ceniza kilométricas en altura, que se repitieron a lo largo de tres días, y que en conjunto arrasaron los caseríos de Pueblo Nuevo y Tabacón, y segaron la vida de 78 personas.

En esos tres días de hecatombe, se produjeron al menos 25 millones de metros cúbicos de materiales volcánicos que arrasaron esa falda oeste del volcán. Le sucedieron 42 años y 2 meses más de erupción, hasta octubre del 2010, durante los cuales el Arenal llegaría a expulsar tres cuartos de kilómetro cúbico de lavas y piroclastos que terminaron de cubrir sus faldas oeste y norte, e hicieron crecer un cono más esbelto que el anterior, dándole su actual configuración de cono doble.

Funcionamiento. En el lapso de las cinco décadas que separan aquel monstruoso evento explosivo y el presente, el Arenal nos enseñó mucho sobre cómo funcionan los volcanes, qué esperar de ellos, cómo auscultarlos y mapearlos, cómo estudiar su historia eruptiva y cómo tratar de comprender su comportamiento característico (“volcanalidad”, le hemos llamado).

Fue allí donde, además, se construyó el primer mapa de restricciones de ingreso y uso del territorio en volcanes, lo que vino a educar a los visitantes y salvar vidas, sin duda. La comunidad vulcanológica costarricense se forjó principalmente al lado del Arenal, y de ese laboratorio terrestre se tomaron enseñanzas y bríos para vigilar los otros volcanes y expandir la experiencia, junto con muchos otros vulcanólogos que nos visitaron y también aprendieron.

Durante el último lustro, hemos tenido otros volcanes en erupción, las mismas moles volcánicas que nos han tenido atentos en el pasado (Poás, Rincón de la Vieja, Turrialba). No han causado catástrofes como el Arenal, posiblemente, debido a que, por su tamaño monumental, gran parte del magma que asciende, en lugar de explotar y eruptar con gran violencia, se desvía por numerosos caminos de fracturas dentro de la pila volcánica, y acaba inyectando al edificio, haciéndolo crecer desde dentro, y solo apareciendo y eruptando en parte y moderadamente. Comprendemos su comportamiento, en gran parte, a partir de la experiencia que se tuvo con el Arenal.

Erupciones futuras. Sin duda tendremos volcanes en erupción en el futuro: aquellos que nos han recordado nuestra inquieta naturaleza telúrica y algunos otros que despertarán de siglos o milenios de quietud.

No olvidemos que el Arenal hace medio siglo nos tomó desprevenidos, a pesar de que sabíamos que era un volcán dormido. Eso nos hará muy bien para tener viva la llama de la investigación y la prevención volcánica, a través del mapeo geológico, la cartografía de amenazas y sustentando modernos sistemas de vigilancia.

Aún tenemos una inmensa labor por cumplir en nuestra lista de tareas vulcanológicas en Costa Rica y en honor de las víctimas del Arenal, hace medio siglo, no debemos dilatar su cumplimiento.

El autor es geólogo y vulcanólogo.