Bjørn Lomborg. 23 julio

EDIMBURGO– Es fácil pensar en la inanición como un reto que entró en la conciencia del mundo rico en los años 80 y que se solucionó en gran parte gracias a conciertos de rock. Es cierto que el mundo ha hecho enormes avances en la lucha contra el hambre masiva en los últimos 30 años, principalmente, como resultado del mejoramiento de las prácticas agrícolas. Sin embargo, en el mundo, la escasez de comida sigue matando a un niño cada tres segundos.

Un nuevo informe de las Naciones Unidas revela que el número de las personas que sufren hambre en el mundo aumentó en el 2018 por tercer año consecutivo, y supera hoy los 820 millones. Más de un cuarto de los habitantes del planeta (unos dos mil millones de personas) carecen de acceso regular a comida segura, nutritiva y suficiente.

La desnutrición sigue siendo una de las principales barreras que impiden que los niños, sus comunidades y sus países alcancen todo su potencial.

Estas muertes y hambrunas silenciosas no captan la atención del mundo como las del pasado. Si bien hemos avanzado en la lucha contra el hambre, existen razones más que suficientes para hacer más. En particular, mejorar la nutrición infantil es una de las inversiones más transformadoras que pueden hacer los gobiernos y los donantes. Los estudios del Centro para el Consenso de Copenhague demuestran que cada dólar destinado a nutrición en los mil primeros días de vida de un niño devuelve a la sociedad el equivalente a $45 en seguridad de que tenga un futuro más sano y próspero.

Esos fenomenales retornos explican el que el gobierno estadounidense lanzara la Iniciativa Feed the Future en el 2010 y que la actual administración la volviera a autorizar, y por qué la Unión Europea se comprometió en el 2013 a destinar $3.900 millones a nutrición en el sexenio 2014-2020. Es crucial que EE. UU. y la UE mantengan estos esfuerzos, especialmente ante los próximos cambios en la Comisión Europea, y es vital que otros países se sumen.

Uno de los indicadores de nutrición más comunes es el retraso del crecimiento: básicamente, el que un niño sea mucho más bajo que lo normal para su edad. A diferencia de estar por debajo del peso apropiado, lo que suele indicar una desnutrición a corto plazo, ser más bajo muestra que el niño ha sufrido una nutrición por debajo de lo óptimo de manera prolongada.

Si bien el retraso del crecimiento ha bajado a la mitad desde 1990, cuando cuatro de cada diez niños lo padecían, sus efectos permanecen. La desnutrición infantil crónica puede conducir a un menor desarrollo cognitivo y físico, menores capacidades productivas, mala salud y un mayor riesgo de sufrir enfermedades degenerativas crónicas como la diabetes.

Además, la desnutrición tiene un amplio impacto en la sociedad: algunas estimaciones sugieren que podría costar a la economía mundial más de $2 billones al año. De hecho, sigue siendo una de las principales barreras que impiden que los niños, sus comunidades y sus países alcancen todo su potencial.

Es esencial invertir más en nutrición para la infancia temprana, y esto debería ser una alta prioridad para los donantes y gobiernos destinatarios, las organizaciones multilaterales de desarrollo y las fundaciones filantrópicas.

Por eso, si bien una nutrición infantil adecuada reduce el riesgo de sufrir enfermedades y muertes, su mayor beneficio a largo plazo es quizás el que menos se reconoce: sus efectos positivos en el desarrollo cognitivo. Los niños bien alimentados aprenden más en las escuelas y es mucho más probable que se conviertan en adultos altamente productivos. Gracias a ello ganan salarios más altos, lo que les permite alimentar, proteger y educar mejor a sus propios hijos y acelerar, así, el desarrollo de sus países.

Hoy, dar una buena nutrición a un niño en sus dos primeros años de vida cuesta cerca de $100. Esta inversión ayudará a que solo una minoría de los niños evite el retraso del crecimiento: después de todo, la mayoría lo evitará incluso sin la nutrición adicional. Pero puesto que los niños que sí se beneficien reciben una ayuda tan grande, es como si los ingresos de toda la vida de cada niño aumentaran en promedio el equivalente a un importe único de $4.500.

Por eso, los economistas dicen que cada dólar destinado a nutrición infantil creará beneficios para la sociedad equivalentes a $45, lo que lo convierte en una inversión extremadamente valiosa.

Los próximos 12 meses serán cruciales para mantener la atención sobre la nutrición y movilizar los recursos necesarios para que los objetivos globales se puedan alcanzar. El Marco de Inversiones para la Nutrición del Banco Mundial estima que se necesitarán $70.000 millones en diez años para lograr los objetivos clave de la Organización Mundial de la Salud sobre desnutrición para el 2025. Pero no se ha avanzado lo suficiente para lograr los objetivos mundiales sobre nutrición acordados en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, en particular, poner fin a las hambrunas y a todas las formas de desnutrición en el 2030.

Es esencial invertir más en nutrición para la infancia temprana, y esto debería ser una alta prioridad para los donantes y gobiernos destinatarios, las organizaciones multilaterales de desarrollo y las fundaciones filantrópicas. Están claros los argumentos para tal gasto y, casi con seguridad, los rendimientos serán enormes.

Bjorn Lomborg: profesor visitante en la Escuela de Negocios de Copenhague, es director del Centro del Consenso de Copenhague.

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