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¿Son disyuntivas la razón y la fe?

Una de las maravillas de la arqueología es que desenfoca los esquemas historiográficos rígidos

La pregunta no nace de los creyentes, sino de los que adversan la fe. Esta realidad tiene razones ideológicas que se alejan diametralmente de la historia para converger en el conflicto de intereses.

Sí, la disyuntiva fue dogmatizada por la Ilustración, usada por el empirismo ateo (en sus distintas versiones políticas o filosóficas), bautizada por la neoizquierda defraudada y entronizada por la sociedad consumista y desacralizada. Semejante afirmación necesita ser desmembrada.

No hay duda de que el ser humano ha demostrado serlo en la historia por su relación con lo sagrado-religioso. Este es un dato arqueológico que, si bien no es característico del así llamado Homo sapiens, sí lo es de los homínidos llamados superiores.

Hemos crecido racionalmente bajo la luz de lo sacro. En la interpretación de la prehistoria esto se entendía como el surgimiento de la consciencia en la propia fragilidad y en la necesidad de dar un sentido a la existencia o, por otro lado, como la diferenciación de formas de poder social fundadas en una determinada ideología de carácter sacro.

Otra cosa, muy distinta, se refiere a la evolución de estas necesidades culturales. No importa tanto si se desarrolló un culto a los antepasados o a una divinidad, o bien una sacralización de la división social; lo importante era dar valor a la vida del grupo.

Se pasaba del simple existir a otra dimensión que nos aqueja hasta hoy: ¿Quiénes somos? La respuesta sagrada es un intento por dilucidar, desde la profundidad de la duda, una identidad colectiva que, muchos siglos después, se volvió una interrogante individual.

Por esta razón hablamos de conflicto ideológico. ¿Desde cuándo el nosotros dejó de ser importante delante del yo? Esta pregunta, sin embargo, no es fácil de abordar porque nunca el nosotros ha estado sustraído del yo, y viceversa.

Incluso en las grandes cuestiones modernas y existencialistas del yo, desaparece la pregunta política sobre el futuro colectivo. «Responderme» tantas veces equivale a «respondernos», y ¿cuántas veces más esa respuesta «neutra» ha resultado ser escabel sagrado? Rituales y símbolos, signos de religiosidad han invadido toda nuestra vida desde su inicio.

Pasado monumental. Los fascistas tenían razón en que el mito atrae a las masas, ellos lo usaban para crear efervescencia social. Pero la mayoría de los mitos no ha creado ese movimiento político-autocrático.

¿Por qué? La razón es simple: no lo pretendían. Hacer del mito una narrativa del sacro, la razón ideológica del sustentamiento del Estado, es producto del siglo XX. Es cierto que muchas relecturas del pasado han convertido esta experiencia singular en pivote fundamental de una interpretación racional de la historia, pero no por ello esto quiere decir que sea el sine qua non de la racionalidad histórica.

Es común en la historiografía olvidar a las gentes para concentrarse en las fuerzas institucionales que «jalonan» el devenir, pero la historia de los hombres no se puede reducir a tan banales intentos.

Una de las maravillas de la arqueología es que desenfoca los esquemas historiográficos rígidos. Esta ciencia encuentra en la basura que han dejado las gentes que «no contaban» para los escritos eruditos una fuente indispensable para reconstruir el porqué del pasado monumental (de las enormes empresas edilicias, arquitectónicas y políticas del pasado).

Sí, encontrar la vida humana simple en medio de grandes edificaciones institucionales resulta más significativo que estelas autorreferenciales de los grandes reyes o emperadores.

Prácticamente, en los basureros excavados arqueológicamente, se puede sentir la algarabía de un mercado, de calles colmadas de personas con costumbres muy lejanas a las nuestras, aceptaciones ante el mundo y rebeliones ante el poder de turno.

Todo marcado, sin embargo, por un sentido de esperanza religiosa de las más variadas índoles. El hombre de la calle, en las ciudades, aprendió a sobrevivir gracias a la fe y por ella desarrolló una razón práctica (de la que seguro Kant estaría envidioso) y una razón cultural (de la cual Hegel fue su heredero). En el basurero nació nuestra razón y en el basurero encontramos la razón de la fe.

San Pablo tiene una expresión hermosa de este proceso humano en 1 Cor. 4,13. Para él los creyentes son considerados ὡς περικαθάρματα τοῦ κόσμου (excremento/ basura/ escoria/desecho del mundo).

Pero al mismo tiempo los creyentes son héroes como el apóstol, sostenedores de la verdad en un mundo (el Imperio romano) que degrada a sus opositores. Por eso, ser considerado basura no es algo negativo; es sinónimo de libertad.

Empirismo. Aquí entramos en la problemática del empirismo. Lo que no se ve, no se comprueba y demuestra no cuenta.

No es casualidad que el empirismo naciera en la época de la Revolución Industrial. El progreso quería asumir el puesto de la fe, solo porque ideológicamente era más simple: ¿para qué discutir sobre la naturaleza humana, sobre el fin de la esclavitud, sobre los avances científicos y, sobre todo, la ética?

La moral la daba la eficiencia y el poderío. El resto no era más que resquicios de antigüedad. Una vez más, la fe va a la basura y, otra vez, de la basura surge la razón: independencias, emancipaciones, derechos civiles y humanos.

Nuestros frailes franciscanos atienden una parroquia en Buenos Aires, en José León Suárez, donde toda una villa miseria establece su vida en torno a la basura. Buenos Aires está en la pampa, no hay montañas, pero en los límites de nuestra parroquia se pueden ver grandes colinas.

Para un costarricense, ver montañas no es algo extraño, pero el fraile que me acompañaba me hizo ver un tractor en lo alto de la cima. Eran colinas inmensas de basura. Toda aquella villa vivía de lo que allí se recogía, se revendía y distribuía en sus diferentes comercios. Además, había basura por doquier (en la calles, las aceras y las casas), se comía, bebía y vestía de desechos de una sociedad opulenta.

En ese espectáculo desolador, conocí a gente llena de fe. Llena de razones para vivir y trabajar, llena de esperanza, aunque las suyas no fueran hechas de bellos castillos tecnológicos. ¿Dónde está la racionalidad?

Yo la encontré en esa gente que buscaba ser humana en medio de tanta inhumanidad. Muchos de sus buzos de la basura nunca más volvían a sus casas, morían entre las olas producidas por millones de desechos humanos, movidos por maquinarias destinadas a «poner orden» en la basura.

Pablo decidió vivir en medio de la basura para llevar a gente de clase adinerada a identificarse con la gente que no contaba para el mundo. Muchos aceptaron el reto y lo siguieron en nombre de Jesús, tantos sufrieron la peor degradación del Imperio romano por oponerse a un sistema injusto y autoritario, solo porque su razón no se podía separar de su fe, anclada en esa experiencia del «desecho del mundo».

El valor real. Todo esto casi suena a un discurso hermoso de izquierdas, pero no lo es. Lo han entendido muy bien todos aquellos que dogmatizan la defensa de los pobres para encubrir su ansia de poder.

No hay duda de que los poderosos generan envidia; tener el poder de decisión y hacer que la historia camine a nuestro ritmo es atrayente. Uno lee a Ernst Bloch en su El principio esperanza y se emociona. Pero desde el pensamiento creyente, que nace la basura, resulta una tentación: ver en el poder la solución del conflicto humano no es más que quimera.

¿Queremos producir más basura, para eso queremos el poder? Tal vez esta es la pregunta más importante que nos podemos hacer. Desde el poder podemos decidir quién vale o quién no. Desde la fe eso es imposible: el que vale ante Dios no necesariamente es el que vale ante los seres humanos, de la basura Dios es promesa de futuro.

Aquí llegamos a las veras del hodierno e indiscutible reino del ideal consumista burgués, la vida limpia y cómoda es nuestro hábitat, allí otros se ocupan de nuestra basura.

Los desechos son algo despreciable y hediondo. Por eso, ante la caída del empirismo y de la utopía humanista, solo nos resta la agradable sensación del éxito y el reconocimiento de nuestras preferencias como absoluto (desde consumidores compulsivos de cualquier mercancía hasta la satisfacción de los más variados apetitos biológicos o sexuales).

Dionisio nos seduce nuevamente, para adversar cualquier tipo de ética que no se sustente en el ego. ¿Para qué apoyarnos en la basura si somos felices consumiendo (en todo el sentido pleno de la palabra)?

Hemos llegado a un punto, sin embargo, donde ignorar la basura es imposible. Nos acosa desde el cambio climático hasta la imposibilidad de manejar la cantidad de desechos en las grandes ciudades.

Por eso, nos refugiamos en los cuidados paliativos, que poco nos dicen acerca de las realidades humanas que se consideran escoria. Casi a lo María Antonieta, remitimos la culpa a los otros, mientras que nuestro mundo burgués y librepensador resulta intocado e intocable porque nos pertenece por derecho.

He aquí la dramática conclusión de esta fallida interpretación histórico-hermenéutica: la fe es auténtica racionalidad, porque no es mito, sino realidad vivida desde la esperanza.

La fe siempre es desafío de experiencia y encuentro con el desconocido, es solicitud de gratuidad ante el desvalido y renuncia ante la dificultad del otro. Es horizonte de posibilidad humana, antes que cerrazón ideológica; es vitalidad y nunca es muerte.

Si fe significa para alguien apoyo irrestricto a opiniones irrefutables, se equivoca acerca de lo que ella es. Porque, al final, lo único que nos ha hecho humanos es mirar al cielo y saber que no somos Dios.

frayvictor@gmail.com

El autor es franciscano conventual.