Jaime Daremblum. 9 febrero
Tomada de Internet
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Su voz derribó viejos muros de discriminación racial. La cantante afroestadounidense Marian Anderson protagonizó este cambio histórico y, años después, vino a Costa Rica. Un curioso muchachito, desde la puerta del negocio de sus padres, en la avenida central, diagonal al antiguo teatro América, no pudo dejar de observar a la distinguida mujer, con su elegante sombrero gris y abrigo azul claro, que esa noche daría un exitoso concierto en el Teatro Nacional.

El 9 de abril de 1939, conforme las tropas de Hitler avanzaban en Europa y las garras de la depresión hundían en la miseria los Estados Unidos, uno de los más grandes acontecimientos musicales del siglo XX tuvo lugar en el National Mall de Washington D. C., explanada que une ambas márgenes del Potomac, al pie del monumento a Abraham Lincoln. Ahí, una cantante y un pianista, ambos afroestadounidenses, miraban a unos 75.000 asistentes.

La cantante subió a una plantilla de madera sobre los dedos de Abraham Lincoln, y dio inicio a un concierto memorable de himnos eclesiásticos y cantos tradicionales del conglomerado negro. Su voz no daba señas de nerviosismo y era fuerte y dulce. El anunciador de la NBC señaló, en un breve intermedio, que el concierto de Marian Anderson era público porque le fue imposible conseguir un auditorio cubierto donde cupiera la tremenda audiencia ansiosa de escucharla.

Esa era parte de la historia. La verdad fue que había sido invitada por la Universidad de Howard, cuyo alumnado es sobre todo negro. Pero su sala de conciertos resultaba pequeña para el proyectado público.

La Universidad buscó un auditorio adecuado y dio con el Constitution Hall, amplio local de conciertos y óperas. Lamentablemente, el Hall era propiedad de The Daughters of the American Revolution, entidad que limitaba el uso de su teatro para los blancos.

Así, surgió la idea del acto al aire libre, en un monumento nacional, y se acordó celebrarlo en el Lincoln Memorial. Le correspondió al secretario del Interior Harold Ickes, un blanco, llevar de la mano a Anderson y ubicarla en el gigantesco proscenio el 9 de abril de 1939.

Las ondas radiofónicas transmitieron a toda la nación aquel hecho histórico y, así, la voz de Anderson quebró las vallas artificiales de normas odiosas que, dichosamente, se desmoronaron.