Columnistas

Desde una sacristía

Don Ricardo Vargas Tenorio ha sido el sacristán con quien he tenido mayor relación en mi vida

Rara vez, siendo niño o adolescente, entré en una sacristía. Siempre me pareció un lugar vedado, un espacio donde los ministros de lo sagrado escondían cosas esotéricas y al que solo podía acceder un pequeño grupo de personas entendidas.

De allí, salían los monaguillos con la cruz alta, el guion, el palio, el incienso, extraños vestidos litúrgicos para grandes procesiones y, claro, era el dominio absoluto del sacristán que, celoso, resguardaba todas las cosas. Después, ya fraile, la sacristía comenzó a ser otra cosa: era un lugar de encuentro con la gente.

Es impresionante lo que ocurre en una sacristía, a ella acuden muchos, ya sea para pedir alguna cosa, para encontrarse con el sacerdote, para preparar acciones litúrgicas, para servir a los pobres y, sobre todo, para expresar una dimensión de la Iglesia que no aparece nunca en los libros doctrinales: la mediación entre la vida cotidiana y la acción litúrgica.

El sacristán no es solo un empleado de la Iglesia: es una persona que sabe sobre lo que se necesita en la liturgia y constituye, en muchos casos, el primer contacto con los ministros y el mundo sacro.

Tomarse en serio el trabajo de sacristán exige paciencia, a veces soledad y mucha disposición para atender y organizar. El sacristán conoce todo el templo, pero principalmente a la gente, con la cual tertulia, y escucha lo que quieren contar de su vida.

A veces sabe más del pueblo que ninguno. Sin tener un servicio oficial en la Iglesia, es una persona de extrema confianza. A su buen juicio se le deja tomar decisiones que son importantes para que la comunidad eclesial pueda expresarse en medio del mundo. Sí, la sacristía es una especie de interregno, donde fluyen de una parte y otra noticias, mensajes, ayudas, exhortaciones y servicio.

Don Ricardo Vargas Tenorio ha sido el sacristán con quien he tenido mayor relación en mi vida. Cuando le pedí que asumiera el puesto, él lo consideró un honor. Ya desde hacía tiempo se había pensionado. Su vida anterior estuvo marcada por la tipografía (de la que heredó un enfisema pulmonar por envenenamiento con plomo, cuando todas las letras que se montaban en las máquinas estaban hechas de ese material), por ser comentarista deportivo de béisbol para la Prensa Libre y por su pasión por los deportes (pocas personas son capaces de recordar fechas, partidos, nombres de jugadores, goles o carreras entrelazando todo ello en un esquema histórico coherente: era un computador caminando en lo que a deportes se refiere).

Al pensionarse, acudía a la Iglesia con su familia con devoción y comenzó a ayudar leyendo, sirviendo en la inmediata preparación de los utensilios litúrgicos y estando presente con seriedad y responsabilidad. Poco a poco se ganó la confianza de todos los frailes del Saint Francis y, como teníamos necesidad, pensamos en él para ser sacristán.

Su alegría fue muy grande y su disponibilidad, total. Pero superó todas las expectativas. Me solía decir que estaba agradecido porque así recuperaba el tiempo perdido cuando no se había envuelto tanto en la vida de la Iglesia.

Don Ricardo no era un sacristán simple, tenía una gran sensibilidad para la necesidad ajena. Cuando se decidió a organizar a los fieles que venían a nuestro templo para ofrecer una ayuda a tantos pobres que tocaban a la puerta, él fue uno de los primeros que se dispuso a trabajar en el comité de caridad. La idea era simple: ayudar a la gente que realmente lo necesitaba, acompañándola y conociéndola.

Así, don Ricardo dedicaba la mayor parte del tiempo de la sacristía a este trabajo, recibía a las personas, les hablaba, conocía sus historias, ayudaba con lo recogido de diversos modos y, de tanto en tanto, compartía con los fieles sus historias, aquellas en las cuales la generosidad de todos hizo realidad un cambio en la vida algunos.

Cuando hablaba con su estilo particular de pronunciar, se emocionaba al recordar cómo los sueños de algunas familias comenzaban a concretarse. Lo sobrecogía sobremanera que un niño o un joven pudiera terminar sus estudios. Le traían la cartilla de notas y él se sentía contento de compartir ese éxito que traería un futuro diferente. Él creía firmemente que el esfuerzo, no obstante las limitaciones que origina la pobreza, son fuente de esperanza.

En una sacristía, un hombre en medio de utensilios litúrgicos todos los días organizaba los diarios para la gente pobre y los vestidos que habían regalado, y los clasificaba pensando a quién de todos les serviría más en aquellos momentos.

Así, se ganó el respeto de una feligresía especial, que confiaba en él y en su buen juicio. Siempre atento, todos los sacerdotes que pasaban por la sacristía reconocían su amabilidad y disponibilidad. Se podría decir que don Ricardo era más conocido que los mismos frailes, y eso dice mucho de un testimonio de vida escondido.

Su muerte lo deja a uno pensando sobre lo que realmente cuenta en la vida. Son las cosas simples las que nos unen al destino de una nación, a la construcción de su historia y al privilegio de poner un grano de arena en el mejoramiento de la sociedad. A veces tenemos la falsa idea de que cambiar el mundo se hace desde la trinchera del poder y del emprendimiento comercial a gran escala.

Olvidamos que en cualquier lugar en donde estemos podemos compartir la pasión por levantar los cimientos de un futuro mejor y más humano. Lo importante es encontrar ese lugar en donde nuestras mejores capacidades se pueden poner a disposición de quien lo necesita.

Por ejemplo, en una sacristía, se puede comenzar a cambiar el mundo, si se convierte en lugar de iniciativas y trabajo comprometido para con la sociedad en la cual vivimos. Lo esencial es tener una óptica amplia y un espíritu generoso. Centrarnos en nuestros propios proyectos sin ver la necesidad ajena, termina por enajenarnos del mundo, por aislarnos en la burbuja del trabajo enfocado en el propio bienestar, que genera miles de conflictos y tensiones, competencias y humillaciones.

Quien trabaja por otros, en lugar de pensar solo en sí mismo, puede contagiar a muchos. Empezando por su propia familia, sus amigos y conocidos, lentamente llegará incluso a aquellos que oyeron decir que pueden colaborar y se atreven a hacerlo.

De estas cosas soy testigo, porque lo vi en el esfuerzo de don Ricardo. Siempre buscando a quien pudiera colaborar con algo, agradeciendo el gesto y, a veces, diciendo explícitamente que una ayuda determinada iría a una finalidad específica, porque era fundamental en ese momento. Así, las personas se sentían parte de algo más grande, que permitía ayudar al cambio.

Los más críticos pueden aducir que este tipo de iniciativas son muy pequeñas y con poca incidencia social. Creo que se equivocan, porque ya desde el mismo Marx se vislumbraba la necesidad de comprometer a los pequeños de la sociedad en los procesos de reforma social.

Claro está, Marx lo veía desde una concepción directiva y bajo una línea ideológica particular y omnicomprensiva. La diferencia entre una y otra postura radica en que desde lo pequeño se va descifrando en el discernimiento y la relación cotidiana los caminos para crecer como personas. No se trata solo de cambiar estructuras sociales, sino de tener el justo criterio para no considerar al otro una amenaza potencial.

En la sacristía y el comité de caridad no se tenía la preocupación por ser los que más ayuda daban a escala nacional, la única publicidad que se hacía era que, de vez en cuando, desde el micrófono del ambón, cual llamada divina, don Ricardo contaba sus historias, agradecía el esfuerzo y la ayuda de todos e instaba a continuar sosteniendo ese esfuerzo: así, poco a poco todos comenzaban —fieles y pobres— a tener rostro propio, a no ser parte de una estadística ni sentirse solo un número dentro de los quintiles con los que se suele dividir la sociedad para un análisis económico.

¿Cuál fue el resultado de todo ese esfuerzo pequeño y modesto? No puedo decirlo, porque su cuantificación depende, necesariamente, del mejoramiento de la calidad de vida de las personas. Me refiero a la sensibilización que generó y que, sin duda, afectó en sentido positivo la mente de todos aquellos que conocieron los esfuerzos de un hombre bueno.

Los que trabajaron con don Ricardo en el comité de caridad o en la sacristía durante las celebraciones litúrgicas conocieron su disposición, que superaba con mucho sus defectos personales que, por cierto, nunca ocultó.

Mucho más quedaría por hablar de don Ricardo, su curiosidad por conocer más, su fascinación por las cosas bellas, su amor hacia la esposa, la generosidad que tuvo dentro de su familia y, sobre todo, el gran don de su amistad.

Pero estas líneas han querido detenerse por un momento en lo que hizo desde la sacristía por los demás. En estos tiempos de políticas y debates, conocer y recordar testimonios simples de políticas simples y locales, pero humanas y comprometidas, nos ofrecen un aliento nuevo para continuar nuestro camino como nación, allí donde estemos, hagamos lo que hagamos, como ocurrió en esa sacristía.

frayvictor@gmail.com

El autor es franciscano conventual.