Tania Pleitez Vela. 12 octubre
Eunice Odio en los años en que escribió El tránsito de fuego. Foto: Archivo LN.
Eunice Odio en los años en que escribió El tránsito de fuego. Foto: Archivo LN.

En medio de las celebraciones del centenario de la escritora costarricense, me pregunto por la niña Eunice. Hasta ahora no he visto ni una fotografía de su infancia, en esos años cuando aún no se podía imaginar su destino de poeta. ¿Cómo sería su sonrisa, su mirada, su gesto ante una cámara fotográfica? Sin embargo, sí existen imágenes verbales de su niñez, perfiladas por ella en sus cartas y en su poesía. Sus bosquejos de la infancia transmiten una tierna y dulce melancolía, en contraste con otros escritos que muestran a una mujer sumergida en la más absoluta soledad, marcada por la pobreza económica.

La infancia es uno de los tópicos literarios más recurrentes donde el tiempo y la memoria son abordados como una especie de pantalla sobre la cual los adultos proyectan, a la vez, otros tópicos: la etapa mágica de la niñez, la pérdida de la inocencia, el paraíso desaparecido por la imposición de las reglas, etc. Siguiendo a Deleuze y Guattari, aquella frase “devenir-infante” es la potencia y la instancia que permite a los adultos imaginar y vivir alternativas para el presente. Así, son capturados en un bloque de infancia cuya narrativa segrega nostalgia, anhelo e, incluso, puede dejar sabor de utopía.

En una carta a Juan Liscano, Odio narra cuando fue enviada a la casa de unos parientes en la montaña después de sufrir un sarampión: “…me lanzaba al agua negra y profunda. Me estaba en el agua una hora o poco más. Después salía, me vestía y me quedaba unas dos, tres horas, andando por ahí, entre los árboles prodigiosos, de cientos de años, gigantescos, protectores, carnales, espirituales, insólitos, cargados de frutos, de plantas trepadoras (sobre todo orquídeas extrañísimas) y de ruidos de insectos y pájaros. Cuando me cansaba, me ponía muy quietecita […] a escuchar el ruido de la montaña: […] ¡Qué inolvidable! Y la gran frescura, húmeda y palpitante, mojando los nervios y el corazón de una niñita”. Cuando se destaca la sensibilidad de esa niña, ¿acaso no se trasluce a la poeta que llegará a ser? Sin embargo, no escuchamos la voz de la niña, sino de la adulta que rememora mientras navega por aquella época.

¿Por qué una niña tan pequeña sale a explorar la calle? Según Eunice Odio, le había tomado “un gusto fantástico al asunto de la libertad y la soledad al aire libre”.
Excursiones de libertad

Ese devenir-infante también había aparecido antes en el poema Recuerdo de mi infancia privada (Zona en territorio del alba, 1953) que hace alusión a una niña y su madre, las cuales aparecen como cómplices y únicas habitantes en ese espacio. No obstante, subyace un conflicto: la madre, ciñéndose a la lucha diaria a pesar de su “escombro de paloma”, se vuelca hacia la niña en un afán por retenerla: “me buscaba / entre los habitantes de ese abril”; mientras la niña, con sus “beligerancias infantiles” corre en dirección opuesta: “y yo corría, / corría, / con mis piernas de niña / para ser hallada / con la voz / en la tarde”. Así, se plasma la necesidad de mundo de la niña, en contraste con el brazo protector de la madre.

Al respecto, la costarricense relata en su epistolario sus “excursiones de libertad”: fugas de casa cuando tiene entre 7 y 8 años. Las primeras veces, la madre la zurra e interroga, pero finalmente termina por aceptar las escapadas de su hija: “Cuando volvía a casa, se limitaba a darme de comer y a mirarme, mirarme largamente, tal vez tratando de penetrar en mí, que me había convertido en enigma. ¡Había ganado la guerra!”. ¿Por qué una niña tan pequeña sale a explorar la calle? Según Eunice Odio, le había tomado “un gusto fantástico al asunto de la libertad y la soledad al aire libre”.

Más adelante agrega: “En realidad no hacía nada; no iba a ningún sitio determinado. Sencillamente vagaba por la ciudad –de punta a punta–, durante todo el día; y me entretenía con las mil cosas que no entretienen a nadie más que a los niños. Esas cosas que, en la niñez, nos dejan materialmente embobados y transfigurados; y que los adultos –que somos unos seres vulgares– encontramos insulsas”.

De forma solapada, pero no por eso menos brillante, en este episodio de la infancia se asoma una huella de la autora: al justificar cómo la niña vagabundea por la calle, ¿acaso la poeta no se está autorrepresentando como una niña flâneur, esa figura que se suele pensar en masculino y que representa al hombre parisino, paseante, vagabundo y callejero, asociada a Baudelaire, figura que Walter Benjamín estudió con gran interés? ¿No es quizá una forma velada de colocarse con propiedad como exploradora urbana de la modernidad y, además, expresando que es algo “innato”, que no puede evitar pues lo hizo desde niña?

Varios estudios académicos como el de Rebecca Solnit o Dreyer y McDowall demuestran lo poco que se ha hablado de la mujer caminante o paseante en los textos clásicos. Y ahí llega Eunice Odio con su relato de infancia a cuestionar ese arquetipo citadino, eurocéntrico y concebido desde un imaginario masculino y adultocéntrico.

Alfonsina Storni también fue una paseante, pero ella elabora su imaginario de la ciudad a partir de su llegada a Buenos Aires a los 19 años. Lo interesante de Eunice Odio es que precisamente lo haga a partir de una anécdota infantil. Siendo adulta, ese afán por explorar el mundo la llevará por Centroamérica, Cuba, Estados Unidos y México.

La vieja de los cueros

Eunice Odio afirma que su madre era “modestamente” inteligente y ella le brindó su primera imagen poética: “La vieja de los cueros”, una mujer que vivía en el cielo y hacía restallar un gato con siete colas provocando un ruido de los diablos, que, en realidad, no era otra cosa que los sonidos de los rayos y los truenos. La niña se regocijaba imaginando a la vieja de los cueros y era en esos momentos que madre e hija quedaban cobijadas por la complicidad.

La niña dejó de escaparse de casa cuando empezó la escuela y descubrió el maravilloso mundo de los libros: “... se me abrió un mundo nuevo que me transformó total y radicalmente. Se acabaron las fugas, las perradas, la movilización permanente. En unos días me volví quieta, juiciosa. [...] Mi juego y mi placer consistían en leer todos los cuentos para niños que existen. Leía sin parar...”. Indirectamente, la poeta establece una genealogía con sor Juana Inés de la Cruz, quien también perfila la figura de la niña lectora en su célebre carta autobiográfica.

La rememoración de la infancia de Eunice Odio encarna tres figuras vinculadas a su autoría: la subjetividad que desde temprano transgrede las reglas y se otorga la libertad de observar, explorar y transitar el espacio público; la escritora que desde pequeña se entrega a la lectura y la poeta para quien es vital la imaginación concebida como alimento cotidiano para los afectos y no solo como un ejercicio exclusivamente intelectual. Así, ese devenir-infante le sirve a Eunice Odio para narrarse como modernidad y transgresión temprana, rasgo de su autoría que ella sabrá convertir en oficio literario.