
El asesinato en Cartago de un joven esposo y sostén de una familia de nueve personas debe, al menos, convertirse en una llamada de atención para todos los conductores del país sobre las consecuencias de esa peligrosa mezcla de imprudencia, agresividad y explosividad emocional con la que muchos tienden a reaccionar ante cualquier incidente en carretera.
La tragedia, grabada por cámaras de seguridad, evidencia que bastan apenas unos segundos de furia en medio de una discusión o un choque para destruir vidas y marcar familias para siempre.
De ahí la necesidad de que, en hogares, escuelas, colegios y universidades, así como en ambientes comunitarios, laborales y deportivos, se abran espacios de reflexión sobre lo sucedido este martes, con miras a fortalecer virtudes y habilidades como autocontrol, tolerancia, manejo de emociones y capacidad de resolver conflictos sin recurrir a la violencia.
Circulan a diario cantidad de videos en los que se ve a conductores haciendo cambios bruscos de carril y adelantamientos irresponsables. También son ya estampas cotidianas los motociclistas zigzagueando entre automóviles, los carros que avanzan casi pegados al vehículo de adelante, los choferes que van distraídos con el celular, los bocinazos interminables como forma de insultar y, cada vez más, ciudadanos enfrentándose a golpes en medio de una presa. Las redes sociales amplifican esas escenas con gran naturalidad y ahí radica uno de los mayores peligros: lo anormal terminó normalizándose.
Ningún chofer debe perder de vista que la creciente ola delictiva llevó a más personas a tomar la decisión de armarse por temor a asaltos y “bajonazos”. Justamente eso sucedió anteayer en Cartago. El joven de 23 años –cuyo vehículo fue chocado por detrás por el ahora fallecido– portaba una pistola Glock. Al ver que el otro conductor, de 33 años, caminaba hacia él sujetando el mango de una pala, fue a su pick-up por el arma y, aunque le disparó hacia las piernas, el impacto resultó letal.
Hoy, ante cualquier discusión con desconocidos en carretera, todos deberíamos asumir que la otra persona podría estar armada. Esa posibilidad hace obligatorio –por seguridad propia, la de los acompañantes y la de las personas que se encuentran en el entorno– evitar a toda costa que la agresividad escale.
El solo acto de bajarse del vehículo puede representar un riesgo. El asesinato del médico Fernando Bottazzi Bastti, de 41 años, el 20 de junio de 1994, causó conmoción nacional precisamente por eso. Un comerciante en estado de ebriedad que lo chocó en el llamado puente de los Incurables, en Goicoechea, le disparó apenas lo vio descender.
Le sucedió también, en 2013, a un motociclista de 24 años, quien perdió la vida al reclamarle al conductor que lo había impactado. Y en setiembre de ese mismo año, también en Goicoechea, a un escolta de Casa Presidencial que se enfureció con el hombre de 69 años que chocó contra su vehículo.
Hasta un bocinazo puede desatar reacciones de gran violencia, como le sucedió en 2011 a un joven de 23 años que, luego de pitarle a otro conductor, murió baleado cerca de la línea del tren en Montes de Oca.
¿Qué se puede hacer para evitar conflictos en carreteras? Múltiples estudios internacionales recomiendan recuperar hábitos básicos de cortesía: usar las direccionales para advertir sobre cambios de carril; abstenerse de gestos con las manos y de cualquier provocación; mantener distancia del vehículo de adelante; no estorbar el paso de otros carros y estacionarse correctamente. Pero, sobre todo, se aconseja planificar lo mejor posible cada desplazamiento en busca de reducir el estrés y evitar que la tensión domine el viaje.
Desde el punto de vista del Estado, se hace necesario que el Consejo de Seguridad Vial (Cosevi) replantee lo que está enseñando y evaluando, y que revise el tipo de conductores que está certificando. La formación vial no puede seguir limitándose a señales, giros o prioridad de paso.
Resulta indispensable incorporar evaluaciones y procesos de formación relacionados con el manejo de emociones, el autocontrol, la tolerancia a la frustración y la capacidad de reaccionar con calma ante situaciones de conflicto en carretera, como lo mencionamos en un editorial el 15 de marzo.
Paralelamente, el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT) no puede seguir ignorando la escasa presencia de oficiales de Tránsito en carreteras. Con 682 policías para una flota vehicular que ya supera los 2 millones de automotores, la fiscalización ausente facilita imprudencias y conductas agresivas.
El choque, la discusión y el homicidio del martes anterior en Cartago no deben verse solo como un caso más de violencia. El lamentable hecho debe conducir a cambios: en cada conductor y en los responsables estatales de lo que sucede a diario en las carreteras.
