A nivel mundial, si bien los flujos de IED repuntaron luego de dos años de contracción, lo cierto es que dicho incremento se originó principalmente en movimientos financieros y operaciones especulativas, y no en nueva inversión productiva (greenfield o capacidad instalada), y que la inversión se concentró en pocos sectores intensivos en capital, como centros de datos, manufactura avanzada, energía y tecnologías digitales. Además, mientras los flujos hacia economías desarrolladas aumentaron significativamente, respaldados por fusiones y adquisiciones y por el papel de los grandes centros financieros, los flujos hacia las economías en desarrollo mostraron estancamiento o caídas moderadas.
En el caso de Costa Rica, la IED en 2025 alcanzó la cifra de $5.122 millones, apenas un ligero incremento frente a los $5.113 millones del año anterior, generado principalmente por reinversiones –por un monto de $4.328 millones– de empresas ya establecidas en el país. Este magro crecimiento contrasta con el registrado entre 2023 y 2024, cuando la IED aumentó casi un 17%.
Resulta especialmente relevante señalar que la inversión bajo el régimen de zonas francas se redujo en un 10% respecto a 2024, mientras que la inversión en el sector turismo disminuyó en un 37%.
Por otro lado, las cifras anunciadas recientemente por el Banco Central evidenciaban una caída de la IED proveniente de Estados Unidos, compensada por un inexplicable crecimiento de los flujos provenientes de Suiza; sin embargo, tales números parecen reflejar, más bien, la inversión de una firma de implementos médicos (Zimmer Biomet) cuya casa matriz es estadounidense, aunque el origen inmediato de la inversión se haya reportado como proveniente de Suiza por el Banco Central.
Sea como fuere, lo cierto es que la atracción de IED durante 2025 se estancó y que, en los dos pilares fundamentales de esa inversión (zonas francas y turismo), las cifras disminuyeron. Además, no se estaría atrayendo inversión de nuevas firmas, sino que estamos dependiendo de las decisiones de empresas radicadas en el país desde hace muchos años.
La situación debe preocuparnos y llamar la atención de las autoridades. A la incertidumbre mundial, las luchas geopolíticas y la vacilante política arancelaria estadounidense –que, sin duda, impactan las decisiones de inversión de las empresas– se suman una apreciación desmedida del colón, el incremento incesante de los costos de producción, el deterioro de la seguridad, la escasez de capital humano calificado y la acumulación de múltiples problemas internos que por años no se han resuelto. Todo ello parece conformar la “tormenta perfecta” para que esta vital fuente de recursos, generación de empleo, transferencia de tecnología y factor de inserción en los mercados internacionales se debilite.
Muy poco podemos hacer para remediar lo que acontezca en Washington, Kiev, Teherán o el estrecho de Ormuz, pero sí está en nuestras manos resolver los grandes retos internos que tenemos por delante. Por ello, es desconcertante la inacción gubernamental para que, de la mano de los sectores productivos, contrarreste –o al menos atenúe– de manera efectiva los enormes desafíos externos que enfrentamos. No deben echarse por la borda los esfuerzos que durante décadas ha realizado el país para consolidarse y ser reconocido como un destino de alto valor para la inversión extranjera y ubicarnos en el lugar privilegiado en que estamos.