
El jueves se cumplieron tres meses de los masivos ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. Entre los objetivos manifiestos de la acción, desarrollada con una precisión y fuerza fulminantes, estuvieron destruir todos sus misiles, reducir a cero la capacidad bélica de la teocracia gobernante, poner fin a su capacidad nuclear, frenar su apoyo al terrorismo regional y forzar un cambio de régimen, idealmente junto a una rebelión popular.
El presidente Donald Trump llegó a describir la campaña como “una excursión a corto plazo”; también afirmó que conduciría a la “rendición total” del régimen.
Tras enorme destrucción y muerte, poco de lo anterior ha ocurrido y el plazo sigue corriendo. El régimen se ha radicalizado. Su respuesta asimétrica ha sido extremadamente eficaz. Con drones de bajo costo y misiles que no dejaron de existir, ha golpeado bases estadounidenses vecinas, con modesto impacto militar, pero de gran dimensión simbólica.
El mayor daño que ha causado, sin embargo, es económico: destruir o dañar seriamente gran parte de la infraestructura energética –y actividades asociadas– en los ricos países de la zona y, sobre todo, cerrar el estrecho de Ormuz. Por esta estrecha vía marítima, llave de acceso al golfo Pérsico, transitaba antes de la guerra la cuarta parte del petróleo mundial, una quinta del gas licuado y enormes proporciones de fertilizantes e insumos industriales clave.
Al detenerse ese flujo, los suministros han caído precipitadamente. Los precios se han disparado. La inflación comienza a golpear a todos los países, aunque en grados distintos. La escasez se ha agudizado en Asia y África.
Ante esta realidad, los objetivos maximalistas enunciados por Estados Unidos al comienzo de la guerra han pasado a un segundo plano, al menos por ahora. Hoy la prioridad es extender un precario cese de hostilidades alcanzado el 8 de abril y lograr la reapertura del estrecho.
En medio de versiones cambiantes y discrepantes de ambos países, pareciera que las últimas horas han logrado avances en tal sentido. También es posible que se abra la posibilidad de negociar aspectos más sustantivos: para Estados Unidos e Israel, el cese del programa nuclear iraní; para su régimen, el fin de las sanciones económicas.
El “cambio de régimen” pasó a segundo plano. Su capacidad para infligir daño desde la debilidad se mantiene. Su músculo militar se está recuperando. La inestabilidad en el Cercano Oriente se ha acentuado. Otro foco de guerra sacude al Líbano, presa del conflicto entre el grupo extremista Hezbolá, afincado en su territorio, y de las brutales represalias de Israel. Ahora, además, ha escalado su ocupación en la Franja de Gaza.
Incluso si el estrecho de Ormuz fuera abierto hoy mismo –algo en extremo improbable–, los efectos globales de la guerra se mantendrán por mucho tiempo. Reparar las refinerías, plantas de gas licuado, fábricas de fertilizantes o procesadoras de otros productos es una labor que tardará meses. Las acumulaciones estratégicas de petróleo se han reducido. Los inventarios de muchas refinadoras fuera de la zona están en niveles críticos. Ya no hay tanqueros en ruta desde el golfo Pérsico y reanudar su tránsito solo será posible con un compromiso sólido de los beligerantes.
Como resultado, en el mejor de los casos, la mejora en los suministros y precios será lenta y los precios se mantendrán en niveles elevados por buen tiempo. Los encadenamientos inflacionarios desatados por las alzas tardarán mucho más en frenar o revertirse.
El 28 de febrero se abrió una caja de Pandora en Irán, producto de lo que, en nuestro editorial del 1.° de marzo calificamos como decisiones temerarias de Estados Unidos e Israel. Su falta de estrategia y previsión ha quedado expuesta de sobra durante estos tres meses.
Condenamos con absoluta firmeza la naturaleza oscurantista, agresiva y perversa de la teocracia iraní, la represión de su pueblo y su agresividad extrema. Consideramos intolerable que llegue a tener armas nucleares y que haya amenazado con la “extinción” de Israel. Además, estamos convencidos de que, mientras permanezca en el poder, será un foco de opresión interna y agresión externa.
Lo paradójico, incluso trágico, es que ninguno de esos riesgos o aberraciones ha sido neutralizado por la guerra. Más bien, algunos han crecido. Mientras tanto, sus efectos se han multiplicado. Es hora de cambiar el rumbo y apostar a negociaciones en serio.
