Editorial

Editorial: La arrogancia de Trump y la sangrienta, costosa y caótica guerra en Irán

La autopercepción de Trump como un negociador insigne y su afán por resultados rápidos –como el de Venezuela– explican en parte la ausencia de una visión estratégica traducida en objetivos claros para la operación militar. Tras mes y medio de gran destrucción, muertes y descalabro económico, una frágil tregua abre un limitado espacio de esperanza

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al secretario de Defensa Pete Hegseth, habla sobre el conflicto en Irán en la sala de prensa James S. Brady de la Casa Blanca el 6 de abril de 2026, en Washington, D.C.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al secretario de Defensa Pete Hegseth, habla sobre el conflicto en Irán en la sala de prensa James S. Brady de la Casa Blanca el 6 de abril de 2026, en Washington, D.C. SAUL LOEB
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al secretario de Defensa Pete Hegseth, habla sobre el conflicto en Irán en la sala de prensa James S. Brady de la Casa Blanca el 6 de abril de 2026, en Washington, D.C.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla sobre el conflicto en Irán en la sala de prensa de la Casa Blanca este 6 de abril. A su lado, el secretario de Defensa, Pete Hegseth. (SAUL LOEB/AFP)

El 26 de febrero, tras concluir en Ginebra una nueva ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, país mediador, dijo que se habían alcanzado “significativos progresos” en ellas. En ese momento, la tensión estaba en un punto máximo, y Estados Unidos había realizado un imponente despliegue militar en la zona.

En semanas previas, la dictadura iraní había masacrado a miles de manifestantes que salieron a las calles exigiendo cambios políticos y económicos, y el presidente Donald Trump había amenazado con posibles acciones en su contra. Pero no habían desatado hostilidades; el estrecho de Ormuz, ruta clave de hidrocarburos, fertilizantes, aluminio y otros productos indispensables para la economía mundial, permanecía abierto, y la posibilidad de un acomodo diplomático, aunque tenue, aún existía.

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