
Si algo distingue al costarricense es el ingenio. Ejemplo de ello es uno de nuestros presidentes, con una campaña electoral que incluyó sumar votos a punta de muertos.
A uno de sus hombres más cercanos, con un ministerio ya prometido, le encomendaba revisar las esquelas de los diarios. Allí aparecían los nombres de quienes pasaron a mejor vida y los detalles de sus honras fúnebres: todo lo necesario para su misión. Fuera entre semana, cercano o lejano, el emisario debía presentarse en la vela o al funeral del compatriota y, en persona, transmitir el pésame en nombre del aspirante presidencial.
“Preguntaba quién era la esposa, la madre o el hijo y le mandaba el pésame de parte de él (el futuro presidente), sin conocer al muerto ni nada. Le decía que se quedara allí unos minutos con ellos, diciendo que tenía muy buena relación con el muerto y lo estimaba mucho. Imagínense lo que era eso”, recuerda entre risas el historiador Vladimir de la Cruz, quien se reservó el nombre del mandatario para salvaguardar su legado.
Y aquel jerarca, afable y magnético, no fue el único que usaba la muerte a su favor. El escritor Carlos Fernández Mora contaba que en 1930, antes de las elecciones legislativas, proclamó un discurso ante una audiencia bastante peculiar.
Ocurrió detrás de una carroza, de esas que cargaban féretros hacia el cementerio, al interrumpir el dolor de los presentes: “Señores, este hombre que llevan a enterrar por su noble corazón y su alma blanca, estoy seguro de que hubiera votado por Otilio Ulate”, les dijo entonces, para potenciar al postulante de una curul por Alajuela que años después se convertiría en presidente.
Aunque somos una patria joven, comparada con el resto, trivialidades al repasar la historia de Costa Rica sobran. Y como el pueblo que desconoce su pasado está condenado a repetirlo, hoy más que nunca debemos recordar los esfuerzos (y curiosidades) que forjaron nuestra asentada democracia.

De cuando los presidentes llegaban a caballo
En mucho podrán diferir los modos de la Primera y Segunda República de Costa Rica, pero si en algo coinciden, es que sin importar su poderío, partido o legado, ningún mandatario de los siglos pasados se escapó de pescar votos a lomo de caballo.
Por más remoto que fuera el pueblo, si algún aspirante lo visitaba, sus prolongadas cabalgatas se extendían por el lastre o asfalto. La fiesta se vivía por igual para cualquier candidato y sus simpatizantes, pues lo ameritaba el simple hecho de que postulara su nombre para dirigir la nación.
Y si los candidatos no llegaban a las comunidades a caballo, entonces tomaban el autobús. Al menos así lo hizo Julio Acosta. “Fue un gobernante accesible, recibía las visitas sin necesidad de cita previa, caminaba solo por el centro de San José y en muchas ocasiones concedió entrevistas a los periodistas a bordo del autobús que tomaba para regresar a su casa”, recuerda el historiador Eduardo Oconitrillo en su libro El hombre de la providencia.
Años más tarde, relata el texto, el presidente José Figueres Ferrer incluso ofrecería subirle la pensión a Acosta, luego de verlo en las calles de San José, ya adulto mayor, esperando su turno para subirse al bus.
Otra anécdota ligada a los métodos de transporte la protagoniza Otilio Ulate, quien acostumbraba desplazarse a pie. Una de las tantas tardes en que prefería prescindir de guardaespaldas, quizás salió de la oficina con el pie izquierdo, porque a pocas cuadras lo atropelló una bicicleta. Lejos de indignarse o invocar su investidura, cuenta la historia, ofreció disculpas al ciclista y se devolvió a Casa Presidencial.

De cuando la elección se podía predecir
Tanto ha pasado desde los días en que regía sobre esta tierra la Constitución de Cádiz: época en que Costa Rica aún obedecía a la Corona española y el sustento del pueblo dependía de cultivos modestos. Éran pocos sus habitantes, pero de ellos fueron brotando las ideas que hoy dan base a nuestras libertades.
El primer paso para ello fue la instalación de ayuntamientos, obligatorios en aquellos poblados ”con más de mil almas", como Alajuela, Heredia, San José y Escazú. Para ese fin se celebraron las primeras elecciones de nuestra historia, en 1812, mediante el método de segundo grado. Entonces solo los ciudadanos (varones blancos con alguna fuente de subsistencia) podían escoger públicamente a los electores, que se encargaban de designar a los representantes municipales.
La tradición electoral, aunque reducida y exclusiva, persistió. No se detuvo con la independencia de España en 1821 ni con la proclamación de la República en 1848, año en que también se dejó atrás la figura del Jefe de Estado y entró en escena el título de presidente.
Para el país vinieron más episodios favorables, como la anexión del Partido de Nicoya, y otros turbulentos, como la Campaña Nacional de 1856-1857 contra los filibusteros de William Walker. Eso sí, por ser indirectas y orales, las elecciones presidenciales y legislativas comenzaron a inquietar a la población.
“Cuando el voto era público, era manipulado. Ya se sabían los resultados electorales previamente, porque se sabía quiénes iban a votar por unos y otros. Por eso es que se produce lo del 7 de noviembre de 1889”, señaló el historiador Vladimir de la Cruz.
En esa fecha, que hoy conmemoramos como el Día de la Democracia, el pueblo se levantó en armas para defender el resultado de las elecciones, en favor de José Joaquín Rodríguez. Un hito importante, considerando que también fueron los primeros comicios en que disputaron dos partidos políticos: el Liberal y el Constitucional Demócrata, que venció.
Pasaron las décadas, pero no mermó la tensión, pues en 1913 el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno recibió en su despacho un telegrama por parte de un veterano de 1856, quien le suplicaba se le permitiera ejercer el derecho al sufragio, a pesar de carecer de otro medio de subsistencia.
Oreamuno, quien impulsaría una reforma constitucional en su siguiente mandato, respondió: “Somos país autónomo y podemos los costarricenses hacer elecciones a estas horas, por aquellos que salieron en 1856 y 1857 al encuentro de la muerte y pagaron su deuda de patriotismo con la mejor moneda, con la de su sangre”.
Podría verse como algo menor, pero en aquellos años también se discutía otro elemento del proceso electoral: la incorporación de la fotografía en las cédulas, con el fin de evitar la suplantación de identidad al momento de votar.
“A don Ricardo le dijeron (en su equipo) que un año era un plazo muy corto para establecer la fotografía como un elemento importante en la cédula, y don Ricardo contestó: ‘Parece mentira, pero es más fácil hacer un ciudadano en 9 meses que fotografiarlo en un año’”, recordó de la Cruz.

De las que siempre fueron olvidadas
Entre los episodios más oscuros de nuestra nación, sobresale la dictadura de los hermanos Tinoco. Liderada por Federico, quien se instauró en el poder en 1917 tras un golpe de Estado a Alfredo González Flores, junto a su hermano José Joaquín, ministro de Guerra.
Fueron dos años grises para la ciudadanía, marcados por la violencia y la represión, que incluyeron las únicas elecciones con un solo candidato. Claro, porque Federico Tinoco se proclamó como la única opción, en un intento por legitimar su gobierno mediante la simulación de un proceso democrático. Su regimen, aún así, terminó con el periódico oficialista La Información reducido a cenizas, su hermano asesinado y él exiliado.
Las aguas se calmaron, en parte, por la Reforma Electoral de 1925 establecida en el tercer gobierno de Ricardo Jiménez Oreamuno, que introdujo el voto secreto. Eso sí, entre tanto relato de conquistas democráticas, suele omitirse a las mujeres que lucharon con igual o mayor protagonismo que sus compatriotas varones.
Una de ellas fue Sara Casals de Quirós, modista que estudió en Paris y laboró como profesora de confección en el Colegio de Señoritas. Fue parte de una generación que hizo valer el reconocimiento de los derechos de las mujeres, precedida por quienes se movilizaron en la Campaña del 56 y enfrentaron la dictadura de los Tinoco (entre ellas Carmen Lyra, por ejemplo).
Con la fundación de la Liga Feminista, en 1923, el movimiento recogía firmas y presentaba solicitudes al Congreso en favor del sufragio femenino. En una de esas instancias, hacia 1929 o 1931, doña Sara Casals de Quirós acudió al hoy desaparecido Palacio Nacional para aguardar en la gradería el momento en que los diputados votarían la iniciativa.
La escena terminó por reflejar los vaivenes de una política dominada por hombres, pues uno de los legisladores, León Cortés, le había prometido su respaldo; sin embargo, a la hora decisiva, votó en contra.
“Doña Sara Casals contaba que lo esperó a la salida del Congreso y lo amenazó con la sombrilla. Seguro le reclamó todo”, recuerda la investigadora Macarena Barahona.

De lo que no se puede dar por sentado
Mientras que al otro lado del charco se celebraba por primera vez el Festival de Cannes, 1946, en Costa Rica se daba a luz, el 7 de marzo, uno de los pilares de su sufragio universal: el Código Electoral, de donde surgiría el Tribunal Nacional Electoral, hoy conocido como el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).
El Tribunal todavía andaba en pañales para 1948, cuando el país atravesó su última guerra civil entre mariachis y pericos, y pasaron muchas desgracias que darían lugar a nuestra actual Constitución.
Gracias a ese orden constitucional, el 20 de julio de 1950, a sus 27 años, Bernarda Vásquez (q.e.p.d) se levantaría a las 3 de la madrugada para llegar al caserío de La Tigra, en San Ramón. Su propósito sería el de convertirse en la primera de muchas mujeres en depositar una papeleta en la urna.
“Lo peor que puede hacer un costarricense es dejar de votar, porque gracias a nuestro sistema político siempre hemos tenido paz y tranquilidad”, había dicho Vásquez a La Nación en 2006.
Por la constituyente de 1949, además del hito para las mujeres, se consiguió uno para la comunidad afrocostarricense, pues tras años de lucha se estableció el sugrafio universal y directo sin distinción de etnia.
“Nada nos ha sido regalado, ninguna legislación social. Fueron conquistas de la gente trabajadora de esas épocas, que se tiraron a la calle a demandar seguridad social, demandar educación, la universidad, el Código de Trabajo. A nosotros nos toca defenderlo, porque si no, nos vamos para atrás”.
— Macarena Barahona

En seguidilla, el país vería el sistema electoral expandirse y fortalecerse: se redujo la edad para votar de 21 a 18 años en 1971, el TSE adquirió su primera computadora en 1977... La máquina estaría encargada de depurar el Padrón Electoral, pues hasta entonces cada ficha civil se registraba manualmente y se almacenaba en cuatro archivos ubicados en las oficinas del Tribunal, cerca del Mercado Central.
Enhorabuena, a partir de 1998 las cárceles se llenarían de tulas, pues se dispuso que los privados de libertad también podían ejercer el voto con libertad. Más tarde, en 2005, se creó el distrito electoral de la Isla del Coco para los funcionarios del parque; en 2006 se incorporó el braille en las papeletas, y en 2010 se habilitó el voto para los ticos en el extranjero.
Relativamente recientes también son aquellos traspasos de poderes en que los candidatos electos recibían la investidura en La Sabana, en condiciones iguales al pueblo que llevaba sol. Sin techo y a merced del clima, era el difunto Estadio Nacional el escenario para el cambio de gobierno.
En la gradería de sol, recuerda el historiador Vladimir de la Cruz, se ubicaba a quienes habían perdido las elecciones; en la sombra, a los vencedores. Era inevitable la mofa entre ambos bandos, que abucheaban o aplaudían según el político que desfilara. El acto cívico bien podría celebrarse aún sobre la cancha, pero a partir del 2002 el ritual se trasladó a un recinto más reservado, con columnas en lugar de graderías. Algunas ocasiones fueron en el Melico Salazar, este año de seguro lo veremos en la Plaza de la Democracia.
Había una vez una Costa Rica en la que pocos podían votar; dichosamente ya no estamos ahí. Claro que hemos sufrido años convulsos, y como la política puede ser abrumadra, también hemos visto crecer ese porcentaje de quienes prefieren quedarse en sus hogares sin emitir el sufragio. Pero eso lo podemos (y debemos) contrarrestar.
Desde los jóvenes que cumplan la mayoría de edad este 1.º de febrero, que pueden ir a recoger su cédula y luego pasar a la escuela, hasta el adulto mayor que supera el siglo de vida, somos 3,7 millones de costarricenses llamados a ejercer el voto consciente. Por seguir cultivando historias jocosas en nuestra patria, salgamos a votar.

