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El abstencionismo se explica, pero no se justifica

Mi esperanza es que, ante los múltiples riesgos que planean sobre nuestra democracia, la voluntad de muchos sentados en la barrera se imponga sobre su parálisis cívica y salgan a votar

Fotografía de Eduardo Ulibarri, columnista de La Nación de Costa Rica
Eduardo Ulibarri, periodista, analista y profesor universitario. Cortesía de Eduardo Ulibarri

Votar es un derecho esencial y un pilar indispensable de la democracia; también, un deber ineludible. Todos los costarricenses –con excepciones, por supuesto– estamos convencidos de lo primero; sin embargo, un amplio porcentaje desdeña lo segundo.

El crecimiento del abstencionismo durante las dos últimas décadas ha sido notable. Su nivel también fue alto en las elecciones de 1953 y 1958: de 32,8% y 35,5%, respectivamente. Pero estas contiendas estaban aún marcadas por los traumas de la guerra civil de 1948. Bajó considerablemente en 1962 y se mantuvo en alrededor del 20% –porcentaje envidiable– hasta 1994. Cuatro años después subió al 30%. Desde entonces, no ha bajado; al contrario.

En las elecciones de 2022 alcanzó un preocupante 40% en la primera ronda y 43,24% en la segunda. Rodrigo Chaves se impuso sobre José María Figueres con el 52,9% de los votos; sin embargo, apenas representaron el 29,59% del padrón. Esto no le resta legitimidad, pero sí resalta el grave impacto de la baja participación. En las municipales, las cifras han sido peores: 63,8% en 2020 y 68% en 2024.

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