
En todas las épocas, pero sobre todo en aquellas severamente atravesadas por los conflictos, el hambre, las injusticias, la arrogancia, la crueldad y la violencia, el mundo necesita voces autorizadas que se eleven como referentes de una conciencia universal. Desde que asumió su pontificado, el 18 de mayo del año pasado, León XIV ha estado a la vanguardia en esa tarea. No ha sido ajena a otros papas, pero en las actuales circunstancias, su magisterio es particularmente importante; también, vigoroso.
Lo ha adoptado con serenidad, firmeza y, por supuesto, apego a los principios de la doctrina católica, pero también asentado en los valores humanistas y universales del cristianismo. En ellos, podemos reconocernos sin distinción de credo, etnia, tradiciones o nacionalidad, y en comunión con el respeto a nuestros semejantes, la dignidad, la paz y la solidaridad.
Asentado en estos pilares, el Papa se ha manifestado sobre múltiples rupturas que afectan a la humanidad. En las últimas semanas, con razón, ha sido particularmente crítico del tipo de guerra desatado por Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo ha hecho en el marco del rechazo de la Iglesia por las guerras en general y por el uso injustificado de la fuerza. También ha censurado los intentos del presidente Donald Trump y su secretario de Guerra (ya no de Defensa), Pete Hesegth, de envolver esta acción militar con falsos ropajes religiosos y supuestos designios divinos.
Por estas posturas, consustanciales a su papel, León XIV se ha convertido en blanco de la destemplada ira presidencial. Pero se ha mantenido firme, por la fuerza de sus principios y porque, contrario a sus presiones sobre diversos Estados, Trump no puede amenazar al Vaticano con aranceles, bloqueos o bombardeos.
El domingo 5 de este mes, durante su mensaje de Pascua, emitido desde el balcón de la basílica de San Pedro, el llamado papal fue vigoroso: “¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo”.
El martes siguiente, León XIV calificó de “inaceptable” la amenaza de destruir “la civilización iraní”, lanzada por Trump. “Ciertamente, hay cuestiones de derecho internacional –declaró ante un grupo de periodistas, en referencia a ella–, pero mucho más que esto, se trata de una cuestión moral”.
Es, precisamente, el amplio significado de la moral lo que el presidente estadounidense y sus más cercanos funcionarios se niegan a entender. Su relevancia, y la obligación de defenderla para el cristianismo, trascienden la política y el poder. Como guía para orientar y juzgar las decisiones, la moral no es selectiva.
Sin embargo, la actual administración estadounidense y los grupos de la llamada “derecha cristiana” que la apoyan le han dado al concepto un carácter reduccionista y oportunista, limitado al aborto y la sexualidad. Sobre ellos puede haber diferencias de criterio. Sin embargo, lo que no puede aceptarse es que, mientras censuran a quienes apoyan la interrupción de los embarazos o las relaciones entre personas del mismo sexo, pretendan normalizar, y hasta impulsar activamente, otros tipos de actos que la Iglesia considera tan o más inmorales.
En la lista de lo inaceptable para el cristianismo, pero no para Trump y esos sectores, están la destrucción del ambiente, la pena de muerte, los prejuicios raciales, el trato denigrante de los migrantes, la glorificación de la riqueza fácil (y, a veces, corrupta), la retórica deshumanizante, el desdén por los pobres y la guerra sin justa causa. También está la instrumentalización de la religión para legitimar la acumulación de poder.
De distintas formas, y de manera acumulativa, León XIV ha rechazado estas conductas. Ahora añade su censura –y más enfática– a la modalidad guerra contra Irán y sus consecuencias. Y Trump ha reaccionado con extrema e inaceptable virulencia.
En una desarticulada diatriba lanzada por su plataforma digital TruthSocial, el domingo 12, y en declaraciones posteriores, Trump calificó al Papa de “débil en delincuencia y pésimo en política exterior”. Aseguró que le debía su nombramiento a él. Lo conminó a que dejara de complacer a “la izquierda radical” y se concentrara en ser “un gran papa, no un político”. Dijo suponer que “le gusta el crimen” y lo acusó de apoyar las armas nucleares.
La reacción del Pontífice fue clara: “No soy un político, no quiero entrar en un debate con él… Sigo alzando la voz contra la guerra, tratando de promover la paz, fomentando el diálogo y el multilateralismo… Demasiada gente está sufriendo hoy, demasiados inocentes han sido asesinados y creo que alguien debe levantarse y decir que hay un camino mejor”.
Es lo que corresponde y en lo que ha insistido durante su viaje apostólico a cuatro países africanos, incluyendo su censura al “puñado de tiranos” que está “devastando” el mundo. Es razón para que su voz siga alzándose como referente de conciencia humana. Y es motivo, además, para que, más allá de preferencias religiosas, le agradezcamos y nos sumemos al abrumador apoyo que ha recibido en todo el mundo.
