
El 26 de febrero, tras concluir en Ginebra una nueva ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, país mediador, dijo que se habían alcanzado “significativos progresos” en ellas. En ese momento, la tensión estaba en un punto máximo, y Estados Unidos había realizado un imponente despliegue militar en la zona.
En semanas previas, la dictadura iraní había masacrado a miles de manifestantes que salieron a las calles exigiendo cambios políticos y económicos, y el presidente Donald Trump había amenazado con posibles acciones en su contra. Pero no habían desatado hostilidades; el estrecho de Ormuz, ruta clave de hidrocarburos, fertilizantes, aluminio y otros productos indispensables para la economía mundial, permanecía abierto, y la posibilidad de un acomodo diplomático, aunque tenue, aún existía.
Dos días después, Estados Unidos e Israel lanzaron una masiva operación aérea contra Irán. Lo sucedido hasta ahora es de sobra conocido.
La “excursión de corto plazo” anunciada entonces por Trump se convirtió en un conflicto prolongado, caótico y sangriento. Lejos de desplomarse, el régimen ha mantenido su capacidad represiva interna y un músculo militar considerable. Ha emprendido una eficaz “guerra asimétrica” contra la producción, refinamiento y flujo de petróleo, gas y sus derivados en y desde sus vecinos del golfo Pérsico.
La economía mundial está en vilo. Los suministros han caído. Los precios se han elevado a niveles no vistos desde la invasión rusa contra Ucrania. Hasta el lunes, al menos 1.700 civiles habían muerto, según una reconocida agencia de derechos humanos. El golpe político para Trump ha sido enorme, por los crecientes costos y precios internos, y un aumento del rechazo popular a la intervención.
Fue en estas condiciones que, en una nueva muestra de prepotencia, lanzó un nuevo ultimátum, esta vez más grave que otros anteriores, siempre extendidos. Conminó al régimen para que reabriera el estrecho de Ormuz el martes 7 de abril antes de las 8 p. m. hora del este de Estados Unidos, o enfrentara la “destrucción de la civilización iraní”. Sin embargo, cuando apenas faltaban 90 minutos para que terminara el plazo y sus dirigentes se mantenían firmes en rechazar la amenaza, Trump retrocedió de nuevo. Aceptó un cese del fuego de 15 días, facilitado por Pakistán, al que se sumaron los israelíes.
La expectativa declarada, pero difícilmente alcanzable, es que en ese tiempo se desarrollen negociaciones sustantivas. El sábado, una delegación encabezada por el vicepresidente J.D. Vance tendrá un primer encuentro con la contraparte iraní en Islamabad, Pakistán.
Se trata, por ahora, de una tregua muy inestable y ambigua. Mientras Pakistán e Irán dicen que el compromiso incluye el cese de los feroces ataques israelíes contra Líbano –donde opera el grupo terrorista Hezbolá–, Israel y Estados Unidos insisten en que no fue así. Peor, esos ataques han arreciado, con un inaceptable costo de vidas civiles libanesas. Como represalia, Irán cerró nuevamente el estrecho, que había reabierto con enormes controles.
La inicial e injustificada euforia por la tregua condujo a que el precio del barril de crudo bajara y que los mercados bursátiles dieran un salto positivo. Sin embargo, ya ambas tendencias se atemperaron. La incertidumbre se mantiene y hay gran inquietud por la posibilidad de que el conflicto persista o hasta aumente.
Desde que Estados Unidos e Israel desataron sus ataques, se puso de manifiesto la ausencia de una visión estratégica que se tradujera en objetivos claros para la operación militar. Su profusión y confusión ha sido enorme: cambio de régimen en Irán, eliminación completa de su programa nuclear, destrucción de su capacidad militar, fin de su apoyo a grupos irregulares o terroristas afines, fin de su “amenaza existencial” contra Israel, control de la producción petrolera. Y ahora pareciera que Trump se sentiría cómodo con un resultado minimalista, pero que aminoraría la escalada en los precios del petróleo: la apertura del estrecho.
Nada de lo anterior ha ocurrido plenamente. La resistencia y agresividad del régimen lo demuestran. Mientras tanto, la relación de Estados Unidos con sus aliados se ha deteriorado severamente. Ni les consultó ni les informó a los europeos y las monarquías del golfo Pérsico sobre el inicio de una guerra, que ha causado enormes daños económicos a los primeros y destrucción a los segundos.
Además, la acción ha puesto de manifiesto que la extraordinaria capacidad militar estadounidense puede conducir a éxitos operacionales sorprendentes, pero no se traduce necesariamente en logros estratégicos. Estos dependen de planeamiento, objetivos claros, visión, proporción y adecuada valoración. Es lo que no ha existido.
La desconfianza de Donald Trump en los expertos, su rechazo a las voces independientes dentro del gobierno, su desdén por los reportes de los servicios de inteligencia, su presunción de que es un negociador insigne, su afán por resultados inmediatos y la embriaguez de éxitos rápidos, como el de Venezuela, explican en gran medida lo ocurrido hasta ahora.
A principios de enero, pocos días después de la captura del dictador Nicolás Maduro, Trump concedió una entrevista al diario The New York Times. Cuando le preguntaron si existía algún límite a sus poderes globales, esta fue su respuesta: “Sí, hay una cosa. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. La destructiva, sangrienta, costosa y caótica intervención en Irán revela a qué pueden llevar esas arrogantes certezas.
Nuestro deseo es que el cese momentáneo y parcial de hostilidades se mantenga, que las negociaciones logren encontrar suficientes elementos comunes para llegar a acuerdos, que haya un cambio real de régimen en Irán y que pueda empezar un proceso de reconstrucción material, política y diplomática, en paz con su población y sus vecinos. Sabemos que es mucho esperar; también, que los vientos en contra son enormes. Pero es casi lo único que justificaría el frenesí de violencia y destrucción de estas semanas en ese país y, también, en Líbano.
