
Los masivos ataques contra Irán desatados la mañana del sábado por Estados Unidos e Israel, responden a decisiones extremadamente temerarias, injustificadas e ilegales. Con sus acciones, a las que ha seguido una inmediata y violenta reacción iraní, se ha abierto una pavorosa caja de Pandora en la región más inestable del planeta. A partir de ayer, el panorama es más incierto y sombrío que en muchos años.
Difícilmente, sus repercusiones estarán confinadas al Cercano Oriente. Por el momento, se ha producido una gran disrupción en el tráfico de embarcaciones portadoras de gas y petróleo por el golfo Pérsico. Pero debemos esperar más y mucho peores consecuencias.
La nefasta y sanguinaria dictadura teocrática iraní, su opaco programa nuclear, su arsenal de miles de misiles de mediano y corto alcance y el uso de grupos terroristas para desestabilizar su vecindario, merecen enérgico repudio. Más aún, la perversa naturaleza del régimen, sumada a la posibilidad de que llegue a desarrollar armas nucleares, son inaceptables, por razones humanitarias y de seguridad regional y global. Sin embargo, ninguno de estos factores justifica la temeridad de la acción emprendida.
No es que debería haberse descartado del todo una opción militar frente a la dictadura. El gran problema es que la decisión tomada por el presidente Donald Trump, junto al primer ministro Benjamín Netanyahu, transgredió por completo el derecho internacional, desdeñó construir un “caso” argumental para darle cierta legitimidad, no esperó al resultado de las negociaciones estadounidenses-iraníes en curso y careció de coordinación político-militar con sus aliados.
Tampoco tomó en cuenta que, dada la enorme debilidad del régimen, presiones concertadas de otra índole y acciones armadas mucho más contenidas, habrían sido eficaces y planteado menores riesgos.
Los objetivos tras los ataques no resultan claros, y menos aún convincentes. Tampoco se ha presentado hasta ahora ningún plan para “el día después”, cualquiera que este sea. Es decir, se trata una acción unilateral, metódicamente planeada y ejecutada en lo militar, al menos hasta ahora, pero desdeñosa de aspectos tan o más relevantes, sobre todo para el futuro.
De lo primero es ejemplo el descabezamiento de buena parte de la estructura de mando y la anunciada muerte del “líder supremo”, ayatola Alí Kameneí, un golpe radical a la estructura gobernante. Sin embargo, la operación ha sido descuidada y omisa sobre sus razones y posibles consecuencias, algo muy nebuloso hasta ahora. A esto se une, en el frente de Washington, que Trump excedió sus poderes bélicos como presidente: la decisión de iniciar una guerra corresponde al Congreso.
Estados Unidos comenzó a desplegar su impresionante maquinaria de guerra en la zona durante las heroicas protestas de la población contra sus condiciones económicas y el régimen en general. La brutal reacción de la cúpula cobró miles de víctimas inocentes y produjo indignación global. Trump se sumó a ellas e incitó a la población a una rebelión mayor, con la promesa de apoyo.
La represión triunfó sobre el heroísmo. Los estadounidenses cambiaron de tono. Se iniciaron contactos diplomáticos bilaterales, que derivaron en negociaciones indirectas en Ginebra, mediadas por Omán. Su principal eje de tensión y disputa era el programa nuclear iraní, aunque, en gran medida por presiones israelíes, pronto se añadió la exigencia de contener o eliminar su capacidad balística, una línea roja para el “líder máximo”, ayatola Alí Kameneí. Entre tanto, el despliegue bélico estadounidense siguió creciendo y se convirtió en el mayor de la zona desde su invasión a Irak, en 2003.
Al anunciar, en la madrugada del jueves, la decisión de atacar, Trump planteó pretensiones maximalistas: eliminar el programa nuclear, a pesar de que lo había dado por “borrado” tras los bombardeos conjuntos con Israel en junio pasado; “arrasar hasta los cimientos” su industria de misiles; “aniquilar su fuerza naval” y facilitar el derrocamiento del régimen.
Es muy probable que parte de estos objetivos, antes no revelados con claridad a los ciudadanos estadounidenses y la comunidad internacional, logren cumplirse. Pero ni siquiera su posible éxito inmediato eliminará enormes riesgos; podría incluso ocurrir lo contrario.
No hay certeza de que el régimen se derrumbe, por la compleja trama política, militar, religiosa y represiva que lo ha sostenido por 47 años. Si cae, la carencia de un liderazgo y estructura de poder con qué sustituirlo, traerá enorme inestabilidad y conflictos internos. A falta de un poder central con suficiente control, los numerosos –y a menudo pugnaces– grupos étnicos y religiosos podrían reclamar cuotas de poder y territorios, y estimular la intervención, directa o indirecta, de países vecinos.
La falta de pudor en la intervención militar, incluido el magnicidio de un gobernante, dará argumentos a las grandes potencias autocráticas, en particular Rusia y China, para imponerse sobre otros países y regiones.
El eventual “botín” petrolero iraní podrá generar tensiones muy altas, tanto internas como externas, en particular sobre la participación de empresas extranjeras en su explotación, con la eventual exigencia estadounidense de tomar control, como ha ocurrido en Venezuela. Y, por supuesto, el orden internacional basado en reglas ha recibido un nuevo y enorme golpe, otra vez del país que, tras la Segunda Guerra Mundial, fue su principal arquitecto.
El aparente éxito bélico inmediato es una cosa; el impacto de las ondas expansivas que ha desatado, otra muy distinta. El polvorín ha estallado y hay razones de sobra para temer por sus consecuencias.
