
Ya lo teníamos claro. Las señales han sido reiteradas. El jueves, sin embargo, fue enunciado explícitamente: el proyecto político que impulsa el presidente Rodrigo Chaves se basa en una visión hegemónico-personalista y aspira a controlar todos los poderes públicos. Además, le ha añadido un calculado matiz confesional.
Este rasgo lo torna aún más inquietante, porque a sus esfuerzos por crear divisiones en el país a partir de la política, añade el intento de manipularlas y potenciarlas impulsando fracturas religiosas. Y el peligro se acentúa si tomamos en cuenta que responde a pactos con un grupo específico, en menoscabo de la mayoría de los creyentes y denominaciones. El retroceso cívico, político, social e incluso histórico que todo esto implica es tan evidente como inaceptable.
Un encuentro con el Foro Mi País, que reúne a un grupo minoritario, aunque influyente, de pastores evangélicos, brindó el escenario para que Chaves y Laura Fernández, presidenta electa, se expresaran sobre el poder y la fe. Además, destacaron haber “cumplido” compromisos asumidos con los anfitriones para impulsar sus posiciones conservadoras en, al menos, temas de educación, salud y derechos reproductivos.
Este camino ya había sido destacado por un panfleto que ese colectivo divulgó antes de las elecciones. Según su texto, el oficialista Partido Pueblo Soberano (PPSO) se comprometió en dos sentidos: uno, designar pastores afines en sus papeletas legislativas, lo que, en efecto, ocurrió; el otro, considerar nombres que propusieran al futuro gobierno para servir en la Defensoría de los Habitantes y los poderes Judicial y Ejecutivo.
Se trata de una transacción ayuna de espiritualidad y plagada de intereses terrenales: un pacto entre activismo religioso y poder político para potenciar la influencia de sus respectivos dirigentes. El acto del jueves, junto a los discursos del mandatario y su sucesora, lo reafirmó con toda claridad.
Durante su mensaje, Laura Fernández habló de la ruina en que “gobiernos socialistas” han dejado a Costa Rica. Destacó una conexión directa “con el Señor”. Se comprometió a “enderezar” la educación, el Patronato Nacional de la Infancia y “los patrones de salud”, y enmarcó parte de sus tareas futuras como una lucha binaria “entre el bien y el mal”, sin aclarar quiénes o qué están en cada bando.
Nada de esto es consecuente con el deber de gobernar desde una visión abierta, plural y no confesional de la política pública. Por esto, lamentamos su discurso. Sin embargo, reconocemos que su vocabulario fue respetuoso y que no hizo referencia alguna a intenciones o posibles acciones encaminadas a vulnerar nuestra democracia.
Fue Chaves quien, con una crudeza que superó exabruptos previos, puso de manifiesto sus ímpetus de control político hegemónico, personalista, centralista y desdeñoso de los pesos y contrapesos indispensables en un Estado social de derecho como el nuestro.
Una frase lo retrató de cuerpo entero. “Lo importante –dijo– es que el pueblo de Costa Rica haya recuperado los dos poderes de la República, el Legislativo y el Ejecutivo; obviamente, nos falta el Poder Judicial, y ante ustedes, y ante la presencia permanente de nuestro Señor, juro que daré el esfuerzo que pueda, y que doña Laura me deje, para recuperar también ese poder”.
Más allá de su oportunista amasijo político-religioso, lo que expresa este párrafo, y reafirmó el resto de su arenga, es una peligrosa voluntad autocrática. Para materializarla, considera necesario, ni más ni menos, que controlar el Poder Judicial. Y, como es típico en el manual del populismo cuasiimperial, su pretensión la planteó como intérprete del “pueblo”, no de sus propias ambiciones.
Añadir al control del Ejecutivo y a una mayoría en el Legislativo, el de ese otro importante Poder convertiría el orden democrático en una burda caricatura. Daría a quien lo domine una poderosa herramienta para perseguir adversarios, ganar impunidad propia y de aliados, propiciar la corrupción, dominar los controles de legalidad y constitucionalidad, eliminar la seguridad jurídica y abrir una puerta grande a la arbitrariedad. Es lo que Chaves dejó al descubierto como pretensión. Y como su partido no contará con votos suficientes en la Asamblea para lograrlo, la implicación es que podría ser necesario acudir a medios de presión o imposición inconfesables.
Esperamos que la próxima presidenta no lo “deje”; también, que la oposición sea tanto barrera contra el autoritarismo como motor de cambio propositivo; que la sociedad civil se manifieste con claridad y contundencia; que los medios de comunicación seamos fieles a nuestra independencia y sentido crítico, y que cada costarricense rechace, en actos y actitudes, cualquier pretensión hegemónica, no importa de quién venga.
