El Informe de Labores que, conforme al mandato constitucional, presentó este lunes ante la Asamblea Legislativa el presidente Rodrigo Chaves, estuvo muy lejos de lo que debe ser un documento –o puesta en escena– de tal índole.
Evadió hacer un balance serio, realista y respetuoso de lo logrado, y reconocer, con el mismo talante, las múltiples fallas incurridas y las tareas pendientes. Lejos de centrarse en temas fundamentales, que tocan el desarrollo del país, la integridad de la democracia, la cohesión social y el bienestar de las personas, se desvió por los nublados caminos de las emociones. Y en lugar de usar sus escasas palabras y abundantes gestos, imágenes y sonidos para dar un mensaje de unidad desde el respeto a la pluralidad política, social y humana del país, prefirió abonar en las divisiones.
Es decir, Chaves contradijo el verdadero rendimiento de cuentas que los costarricenses debemos esperar de los gobernantes cada inicio de mayo, en particular al final de su mandato. A la vez, tanto en fondo como en forma, su presentación reflejó a cabalidad lo que ha sido su gobierno.
Personalismo exacerbado. Limitada visión estratégica. Manejo selectivo de datos y hechos. Imprecisa medición de resultados. Apropiación de logros de otros y traslado de culpas por falencias propias. Exageración de las virtudes que se atribuye y de la perversión que endilga a otros. Menosprecio por los pesos y contrapesos democráticos. Apego a la pirotecnia mediática y desdén por el razonamiento. Irrespeto por quienes piensan o hacen distinto. Afán de concentrar poder. Innecesaria e ilimitada agresividad.
Todo esto se ha reflejado, de manera creciente, a lo largo de su administración. Y todo se reflejó también durante la comparecencia ante los diputados.
Chaves se presentó como un luchador contra las fuerzas del mal, la “política hipócrita” y “la casta”. En esta pelea, que planteó casi como heroica, dijo haber arriesgado su libertad “ante varios intentos de golpes de Estado judiciales”. El personalismo salta a la vista; la hipérbole es clara; la deliberada distorsión de los hechos, evidente. Nada nuevo en su repertorio.
Reconoció que quedaron pendientes “proyectos clave”, y mencionó Ciudad Gobierno, la Marina de Limón e imprecisas iniciativas sobre minería en Crucitas o pensiones de lujo. ¿Razón? No “por falta de voluntad del Ejecutivo, sino por la resistencia de quienes se aferran a sus privilegios”. Es decir, el fracaso suyo es culpa de la perversión de otros: una línea discursiva constante de un gobierno poco competente, sin sentido autocrítico y mínima voluntad de rectificación.
Abogó por una “reforma profunda” del Poder Judicial para que las magistraturas dejen de ser el botín político de los poderosos”. Días atrás, sin embargo, ante un grupo de pastores evangélicos afines, se manifestó a favor de tomar el control de ese poder; es decir, politizarlo: evidente contradicción.
Llamó “aberrante” a la oposición, y dijo que había intentado trabajar con ella, “pero cuando les tendí la mano, me la rechazaron”. Fue a la inversa: incapaz de ceder, ajeno a negociar y aficionado a imponerse, fue él quien quemó los puentes entre el Ejecutivo y el Legislativo. Con el Judicial –en el que enfrenta varias causas penales frenadas por su inmunidad–, los dinamitó.
Calificó la anterior Asamblea Legislativa como “tierra infértil”. No es cierto. Tal como divulgamos el pasado viernes, tuvo una gran productividad. Aprobó 113 leyes de alta relevancia, muchas esenciales para mejorar la seguridad y luchar contra el narcotráfico. La mayoría fueron iniciativa de los diputados, no del Ejecutivo.
Escatimó reconocer los aportes de la administración de Carlos Alvarado y de los diputados de entonces para sentar las bases de unas finanzas públicas más sanas y un desempeño macroeconómico más estable. Ha sido un logro indudable de estos cuatro años. Sin embargo, ha marchado a la par de mayor deterioro social y plantea enormes retos de sostenibilidad.
La baja en el dato oficial del desempleo –real– no se ha dado por una perceptible creación de puestos de trabajo, sino por una reducción de la fuerza laboral. La reducción en los índices de pobreza, que celebramos, se explica menos en la actividad productiva que en la reducción del tamaño de los hogares. No lo decimos por mezquindad, sino por sentido de realidad y previsión.
Chaves incorporó, entre otros “logros”, proyectos viales prácticamente concluidos desde antes, como la Circunvalación norte, o muy avanzados, como la ampliación de la ruta 32. Además, faltó a la verdad sobre una supuesta reducción en homicidios durante su gobierno. Mantuvo silencio sobre los malos resultados en educación o el deterioro en los servicios de la Caja Costarricense de Seguro Social, que no pueden encubrirse mostrando escuelas o centros de salud recientemente inaugurados.
Esta era una gran oportunidad para que el presidente, con sustento y sobriedad, hubiera dejado claro cuál ha sido el legado de su gobierno. La desaprovechó, creemos que porque hay poco que mostrar en aportes realmente sustantivos y sostenibles, porque la erosión de nuestra salud democrática ha sido mucha, y porque esta administración se ha centrado, precisamente, en el impacto mediático, la crispación, la confrontación y los relatos grandilocuentes. En esto, el discurso estuvo al punto.
