David Vargas. 27 agosto
Según el director de la escuela de Biología del TEC, Carlos Alvarado, la barrera cultural es una de las más grandes para consumir insectos. Foto archivo La Nación con fines ilustrativos.
Según el director de la escuela de Biología del TEC, Carlos Alvarado, la barrera cultural es una de las más grandes para consumir insectos. Foto archivo La Nación con fines ilustrativos.

Digamos que le presentan una bebida proteica blanca, de buen sabor, y con un valor nutricional muy alto. Es tan alto que es tres veces más nutritiva que la leche de búfala, además de tener aminoácidos esenciales para el cuerpo. ¿La consumiría?

Ahora, ¿qué sucede si le contamos que esa bebida milagrosa proviene de una cucaracha? Aquí es donde la mayoría de los lectores pararán de leer, pero si sigue un poco se enterará por qué consumir proteína proveniente de insectos no es ni tan excéntrico ni tan descabellado.

Un grupo de científicos indios investigaban en el 2016 una especie de cucaracha llamada Diploptera punctata, que vive en el sureste asiático, India y Australia. Este insecto tiene la particularidad de que es vivípara (sus crías nacen vivas) y produce una sustancia blanquecina que se cristaliza y sirve para alimentar a las crías. La ‘leche’ de cucaracha de esta especie resultó ser un super alimento.

La idea de encontrar alimentos ricos en proteínas y que no provengan de productos lácteos tradicionales es muy atractiva para personas con intolerancia a la lactosa o alergias. También resultaría ideal para personas veganas y aquellos que busquen fuentes de proteína que sean más amigables con el ambiente.

El hallazgo no deja de ser interesante, aunque no se pueda “ordeñar” estas cucarachas para producir leche en cantidades suficientes para comercializarla. Los investigadores dicen que una alternativa es usar ingeniería genética para modificar algunas levaduras y que produzcan la misma sustancia.

Carlos Alvarado, director de la Escuela de Biología del Tecnológico de Costa Rica (TEC), explica que los insectos son un grupo de animales muy diversos con los cuales se podría producir una gran cantidad de biomasa en granjas artificiales relativamente pequeñas. Sin embargo, Alvarado cree que uno de los aspectos más importantes a vencer para consumir productos hechos con insectos son las barreras culturales. “En otros países (como México y Bolivia) es más común consumirlos. Creo que la gente se siente incómoda porque se ve comiendo el animal directamente”, apunta.

Laura Chavarría, investigadora y docente de la Escuela de Biología del TEC, aclara que no todos los insectos son comestibles. Pero las especies que lo son (aproximadamente unas 1.900), comparados con carne de res o cerdo, tienen un mayor contenido proteico con la masa equivalente. “100 gramos de chapulines contienen entre 35% y 48% de proteína. Esos mismos 100 gramos de carne de res contienen ente 19% y 25%”, explica la investigadora.

Chavarría añade que los insectos ocupan menos espacio que los animales de granja y son más eficientes para convertir el alimento en proteína. “El 80% de un insecto es comestible, comparado con 55% del cerdo y apenas 40% de una res”.

Tanto Alvarado como Chavarría coinciden en que el mundo enfrentará grandes retos en el futuro para alimentar a los más de 7.400 millones de personas que lo habitan. En este sentido, los insectos se convierten en una opción cada vez más atractiva como fuente alternativa de alimento.

Chavarría resalta que los insectos pueden ser criados de una manera más sostenible, pues consumen menos agua y alimentos que los animales de granja, y pueden ayudar a degradar los desechos de los humanos.

Actualmente, en lugares como Canadá, Sudáfrica, Dinamarca y Alemania se experimentan con harinas hechas con insectos. Estos productos son la base para hacer otros comestibles como helados, barras energéticas o galletas.