
El 3 de octubre de 2023, Laura Fernández, ministra de Planificación Nacional y Política Económica (Mideplán), estampó su firma a un “pacto nacional” para relanzar en el país los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), aprobados unánimemente por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 25 de setiembre de 2015. También se les conoce como Agenda 2030, porque ese es el año establecido para alcanzarlos.
Junto a ella, lo suscribieron el entonces primer vicepresidente, Stephan Brunner, y otras altas autoridades de los tres poderes de la República, instituciones educativas y sociedad civil.
El documento incluyó varios compromisos. Entre ellos estuvieron “continuar impulsando” los ODS; “fortalecer la estructura de gobernanza definida para la implementación y seguimiento” y “mantener la alineación de los principales instrumentos de planificación nacional (…) y la política fiscal con las metas e indicadores” que contemplan los objetivos.
En esa oportunidad, como jerarca de la cartera rectora del proceso, la ministra Fernández expresó lo siguiente:
“Faltan solamente siete años para alcanzar el 2030, que es la temporalidad de esta gran agenda mundial que ha sido pactada por Costa Rica. Hoy relanzamos el pacto. Muchas instituciones, de muchos sectores diferentes, firmamos este relanzamiento como un compromiso público por seguir trabajando en el logro de estos objetivos. Mideplán continuará llevando adelante múltiples esfuerzos para garantizar el cumplimiento de los ODS y para apuntalar en mayor medida los compromisos, los presupuestos, las inversiones y toda la programación necesaria para que nuestro país alcance esos desafíos”.
Su convicción y promesa pública no pudieron ser más claras y entusiastas. Pero…
El pasado miércoles 3 de junio, Laura Fernández, presidenta de la República, como parte de sus justificaciones para nombrar al empresario y mayor financista de su campaña, Boris Marchegiani, como embajador ante la ONU, pronunció estas palabras:
“En un organismo tan importante habíamos sentado a un montón de personas que estaban ahí, todavía hoy día, llevando discusiones relacionadas con ideologías de género, si a la gente hay que decirle elle, él o ella (…). Yo tomé la decisión de cambiar al representante de Costa Rica ante las Naciones Unidas, porque quiero dar un giro. Ya no quiero más Agenda 2030 colándosenos por la puerta de la cocina en Costa Rica. Y don Boris es un especialista en temas de energía, es un empresario reconocido del sector turístico nacional, porque ya yo no quiero ver más a Costa Rica en esos foros relacionados con derechos, diversidades y esas cosas donde ya el país está, gracias a Dios, al día”.
Su contradicción es evidente y desconcertante; incluso, irrespetuosa para los ciudadanos. Hace apenas dos años y medio, como ministra, Fernández abrió de par en par las puertas del Estado a un relanzamiento de los ODS. Ahora, como presidenta, se queja de que han estado “colándosenos” por la cocina, como si fueran gérmenes destructivos. Y no ofrece ningún argumento real para justificarse.
Hace dos años y medio, el documento que firmó calificó a la Agenda 2030 como “la Agenda de Desarrollo más estratégica del mundo”. Ahora la desdeña como si fuera un proyecto sesgado y a contrapelo de los intereses nacionales.
Sus últimas declaraciones levantan enormes dudas sobre qué entiende por desarrollo y bienestar. Porque los ODS no son el resultado de una conspiración en la sombra… o la cocina. Son 17 objetivos con rigor técnico, que cada país, en ejercicio de su soberanía, modula, prioriza y aplica como crea conveniente. Incluyen aspiraciones tan esenciales como el fin de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, educación de calidad e igualdad de género. No importa por qué puerta entren, debemos acogerlos con seriedad.
Su nuevo discurso, además, puede perjudicar las aspiraciones de nuestra compatriota Rebeca Grynspan a ocupar la Secretaría General de la ONU. Si la presidenta costarricense presenta una imagen tan sesgada de lo que hace la organización y, además, entra en conflicto con un pilar tan importante como la Agenda 2030, el golpe a la candidatura no puede obviarse.
¿Cómo explicar, entonces, tan desafortunado desvío? Solo encontramos una razón: complacer a la minoría de pastores evangélicos integrantes del Foro Mi País, que actuaron como sus aliados en campaña. Porque una de sus obsesiones es culpar a las Naciones Unidas y los ODS de atentar contra los “valores” que ellos sustentan. Quizá sean los únicos que ahora estén aplaudiendo.
Más allá de cuáles hayan sido los móviles de la presidenta, tanto ella como el país hemos quedado sumidos en una penosa tesitura. El daño es real.
