Editorial

Editorial: Proyecto sobre nombramiento del fiscal general esconde una grave amenaza

Un proyecto que daría al Congreso la potestad de designar y destituir al fiscal general de la República esconde, tras un velo de aparente transparencia, una grave amenaza a la independencia del Ministerio Público. En nombre del ‘control democrático’, la iniciativa de la oficialista Marta Esquivel alteraría el fundamental equilibrio de poderes

Imágenes del plenario de la Asamblea Legislativa durante la sesión solemne del 1 de mayo de 2026.
La diputada de gobierno Marta Esquivel propuso el proyecto de Ley de Fortalecimiento de la Transparencia y el Control Democrático del Ministerio Público. Asamblea Legislativa
Imágenes del plenario de la Asamblea Legislativa durante la sesión solemne del 1 de mayo de 2026.
La diputada de gobierno Marta Esquivel propuso el proyecto de Ley de Fortalecimiento de la Transparencia y el Control Democrático del Ministerio Público. (Asamblea Legislativa/La Nación)

El proyecto titulado Ley de Fortalecimiento de la Transparencia y el Control Democrático del Ministerio Público anuncia una atrayente reforma, pero su articulado propone algo muy distinto. Con ese nombre, se esperaría que la intención sea fortalecer la independencia del órgano acusador del Estado para combatir con mayor eficacia el crimen organizado, la corrupción, la impunidad y la violencia doméstica y sexual. Sin embargo, basta avanzar unas cuantas páginas del expediente 25634 para descubrir que el cambio principal consiste en quitarles a los 22 magistrados del Poder Judicial la potestad de nombrar y destituir al fiscal general de la República y traspasarla a los 57 diputados de la Asamblea Legislativa. Nada más. Por eso, el plan merece un análisis que vaya mucho más allá de su retorcido título.

Si bien el Ministerio Público debe rendir cuentas, no puede confundirse ese ejercicio con subordinación política. Tampoco puede utilizarse como argumento para debilitar la independencia funcional de una institución cuya tarea consiste, precisamente, en investigar delitos cometidos tanto por ciudadanos particulares como por diputados, ministros, alcaldes, jerarcas e, incluso, presidentes de la República. Por eso, resulta inconveniente que quienes hoy ejercen el poder, o que eventualmente podrían ser objeto de una investigación penal, adquieran mayor influencia sobre el nombramiento y la permanencia del fiscal general.

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