Cada día es más evidente la intención de los gobernantes de turno de desmantelar lo construido a lo largo de décadas. Montaron una estrategia cargada de verborrea para aparentar un supuesto “cambio” a falta de un plan real para mejorar y fortalecer lo existente.
Con los apresurados y cotidianos anuncios de destrucción, tratan de simular acción, cuando ni siquiera hay sobre la mesa un plan B elaborado por técnicos o proyectos diseñados por un grupo interdisciplinario. La única base del “cambio” es la suposición de que la primera ocurrencia es la hoja de ruta correcta.
El desmantelamiento es continuo. Sin razón técnica, el gobierno rompió el convenio de 35 años con la Fundación Omar Dengo para la enseñanza de informática en escuelas y colegios públicos. Mientras logra armar y ejecutar otro programa similar pasarán años, y los perdedores son los niños y adolescentes cuyos padres no pueden costear educación privada.
El descarrilamiento también llegó al tren eléctrico, ideado para reducir la contaminación y largos viajes en buses entre Alajuela, Heredia, Cartago y San José. Favorecidos, por supuesto, los dueños de buses. Ocurre lo mismo con los hospitales para Cartago y Limón. Fueron archivados, y están claros los perdedores y los ganadores.
El desmantelamiento estrelló la reconstrucción y mejora de la vía San José-Cartago. Estancó, con pretextos, la de San José-Ramón.
Desmantelada, igualmente, la atracción de inversión extranjera tras la ruptura del convenio con la Coalición Costarricense de Iniciativas de Desarrollo (Cinde). La suposición de que la Promotora de Comercio Exterior (Procomer) hará mejor ese papel es ilógica. Procomer sabe de comercio exterior, pero si se mete a aprender cómo atraer inversión, perderá el rumbo.
Cinde, para atraer 405 empresas que generan 181.000 empleos, requirió cuatro décadas de experiencia. Procomer comienza de cero, con la ilusa promesa de llevar empresas a zonas rurales. Es vender humo. La inversión en zonas empobrecidas, como el norte y el sur y las costas, se atrae con carreteras y aeropuertos de primer mundo, y personal calificado. Nada de eso está en el plan.
Es momento de abrir los ojos y cuestionar, porque el desmantelamiento tendrá un solo resultado: un país más desigual.
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El autor es jefe de Redacción de La Nación.
