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En una alocución reciente, monseñor Javier Román, presidente de la Conferencia Episcopal, reconoció faltas graves y marcó un oportuno sendero. No siempre fue así; en el pasado, el silencio de la Iglesia costarricense contribuyó a la impune perpetuación de los abusos y acentuó el dolor y los traumas de las víctimas