
Cuando comenzó el debate de ¡OPA! yo estaba echando las verduras picadas a la olla de cocimiento lento. El dato sería completamente irrelevante de no ser porque, cuando terminó el espacio —tres horas y media después—, ya estaban lo suficientemente suaves como para usarlas en una sopa.
Durante ese prolongado proceso de cocción, las ocho candidaturas presentes enfrentaron retos prácticos, se encararon de dos en dos, respondieron preguntas de ciudadanos y se adueñaron de la pauta comercial. Todo esto ocurrió en el marco de Se busca presidente: El gran reto, transmitido desde el bar El Mercadito, en barrio La California, a 3,3 kilómetros de Casa Presidencial, donde cada uno de los participantes aspira a trabajar a partir del próximo 8 de mayo.
Los presentes
De las veinte candidaturas presidenciales de esta contienda, ¡OPA! invitó a ocho: Álvaro Ramos (PLN), Ariel Robles (FA), Claudia Dobles (CAC), Eli Feinzaig (PLP), Fabricio Alvarado (NR), José Aguilar (Avanza), Juan Carlos Hidalgo (PUSC) y Natalia Díaz (UP).

La candidata oficialista, Laura Fernández (PPSO), había oficializado su ausencia desde días antes. A la misma hora del debate, una transmisión en redes sociales la mostró bailando por media calle junto a un grupo de partidarios en Turrialba. Cada quien escoge su escenario y sus prioridades.
El medio
Esta fue la primera incursión del canal ¡OPA! Canal 38 en algo parecido a un debate presidencial. El medio ocupó el espacio en el saturado calendario de encuentros entre candidatos a falta de quince días para las elecciones.
Los presentadores de Se busca presidente, el periodista Douglas Sánchez y Jorge Obando son también anfitriones del programa El octavo mandamiento, por donde han pasado innumerables figuras políticas. Entre ellas, ha estado el presidente Rodrigo Chaves, quien, al menos hasta hace poco abiertamente consideraba a ¡OPA! un medio amigo o, mejor dicho, un buen amigo; no un amigo a medias.
El formato

Sánchez había prometido desde semanas atrás un formato distinto al “tradicional”. Para subrayarlo, repitió la frase: “ustedes querían soluciones y no enfrentamientos”. El espacio se dividió en tres bloques y, en rigor, cumplió con la promesa de innovación al incluir dinámicas nunca antes vistas en la televisión nacional.
Ahora bien, que algo no se haya visto antes no significa necesariamente que sea fresco. El inicio estuvo marcado por una explicación tan extensa del funcionamiento del formato que me permitió empatizar profundamente con mis amigos que se hastían cuando explico las reglas de un juego de mesa. Recordé cuando me dicen “¡Ya, ya, qué cansado!, démosle y ahí vamos viendo”.

Bloque uno: La solución
Cada candidato, junto a dos acompañantes, recibió un caso práctico presentado por un experto en un tema específico. A partir de ahí, cada terna tuvo seis minutos para desarrollar una propuesta concreta. Luego, el candidato debía exponerla ante su evaluador, quien la calificaba según su factibilidad como “baja”, “media” o “alta”, o, para quienes prefieren el semáforo: roja, amarilla o verde.
Las mesas de trabajo abordaron asuntos mayores como infraestructura y movilidad, alto endeudamiento, geopolítica e inversión extranjera y seguridad ciudadana. También, se incluyeron temas como el alto costo de la vida, educación, pobreza y desempleo, así como salud y la CCSS.
La dinámica se asemejó a un juego de simulación acelerada. Vimos a cada candidato con marcador en mano, escribiendo en un rotafolio mientras un cronómetro tenso y bastante audible avanzaba en cuenta regresiva. Nos recordó que gobernar el país no es fácil, y que hacerlo en televisión, con música de suspenso, tampoco.
Sin entrar en el detalle de las propuestas planteadas ni en las calificaciones asignadas, el ejercicio permitió observar en vivo el resultado del trabajo en equipo, la capacidad de improvisación individual y, sobre todo, el manejo que cada candidatura tiene del funcionamiento del Estado y de la participación de otros actores. Sin embargo, más allá del color que recibieron, conviene recordar que el análisis de cada experto estaba inevitablemente atravesado por su corriente de pensamiento, un sesgo comprensible, pero que le restó solidez técnica al formato.
La otra falencia del ejercicio fue estructural: al exponerse cada candidato a una temática diferente, el análisis comparativo se volvió imposible.
La publicidad
Los cortes comerciales durante el programa estuvieron ocupados, en su mayoría, por pauta pagada por los propios candidatos presentes. Entre otros, vimos a Eli vestido de farmaceuta, así como a unos perritos con shampoo. (Vale aclarar que estos últimos no son parte de la contienda electoral.)
El anuncio emocionalmente más contundente fue el de Álvaro Ramos, construido a partir del audio de una balacera ocurrida afuera de una escuela en Cartago. El recurso fue una radiografía sonora de la violencia que atraviesa al país. La realidad habló sola.
En contraste, la candidata Natalia Díaz apareció reiteradamente en clips breves, cada uno dedicado a algún rival político. Su tono arrogante rozó el bullying, provocando valorar dar un perillazo.
Bloque dos: El careo
Los candidatos subieron al escenario de dos en dos, con preguntas directas. En este espacio, Ariel Robles le puso los puntos sobre las íes a Fabricio Alvarado (lleva dos íes) al recordarle los señalamientos que pesan sobre él, por supuestamente haber abusado de una menor de edad hace 20 años. Fulminado.

Más adelante, Juan Carlos Hidalgo puso contra las cuerdas a José Aguilar al preguntarle por qué cuestiona de forma generalizada la vacunación. El candidato de Avanza se mostró tan frágil como cuando, días atrás, intentó explicar su escepticismo frente al cambio climático.

Por su parte, Claudia Dobles y Álvaro Ramos ofrecieron una inesperada —y hasta refrescante— lección de cordialidad política al expresar su disposición a colaborar entre sí en el futuro. En un bloque marcado por el choque frontal, ese gesto se sintió casi subversivo. Cordialidad pura.

El tercer bloque: Las preguntas
En un ejercicio que ya hemos visto muchas veces, los candidatos respondieron preguntas pregrabadas, planteadas por representantes de la ciudadanía. No hace falta detenerse en ejemplos concretos, pues la mayoría de las respuestas siguieron una fórmula ya conocida: repetir el nombre de quien pregunta, asegurar que conocen bien el cantón desde donde se envió el video y rematar con un “de hecho, en mi partido…”.
Al final
El programa se extendió durante tres horas y media, exactamente lo mismo que dura Ben‑Hur. El show no se convertirá en un clásico, pero deja el sabor de que es posible hacer contenido político distinto, con dinámicas que reducen el margen para el enfrentamiento personalista y acotan, al menos un poco, la tentación de presentar propuestas vacías.
Quedan claras oportunidades de mejora, pero se agradece el riesgo asumido por el formato.