
Una manzana gala cuesta entre ¢450 y ¢700. El subsidio diario que el Estado asigna para alimentar a un niño en un comedor escolar público es de ¢350. No alcanza ni para una fruta al día. Ese detalle, reportado por La Nación a partir de una escuela del centro de San José, resume la lógica del ajuste fiscal en Costa Rica: se recorta donde duele más y se defiende menos. Para muchos de esos niños, ese plato es el único alimento seguro del día.
El recorte de ¢12.000 millones en las transferencias del Fodesaf a comedores estudiantiles para 2026 no es un hecho aislado. Es parte de un ajuste superior a ¢42.000 millones que también golpeó las pensiones por pobreza y el programa Avancemos. El presupuesto del MEP como porcentaje del PIB ha caído sistemáticamente, del 7% en 2019 al 4,97% para 2025, mientras la economía creció cerca de un 38% en ese mismo periodo.
La Contraloría General de la República había advertido del faltante; el gobierno lo ignoró. La lectura es penosa, porque Costa Rica crece, y con ese crecimiento decide financiar menos a los niños que más necesitan que el Estado los sostenga.
Lo que hace especialmente grave esta situación no es solo el monto del recorte, sino la arquitectura institucional que lo rodea. El Programa de Alimentación y Nutrición del Escolar y Adolescente (Panea) exige a los comedores cumplir un menú nutricional oficial. El mismo Estado que impone ese menú obliga a los centros educativos a comprar sus insumos al CNP, cuyos precios en varios productos superan los del mercado abierto. Y ese mismo Estado reduce el subsidio por alumno a un monto que no alcanza para cumplir ninguna de las dos exigencias.
El círculo es perfecto: se obliga a lo que no se financia, y se encarece lo que tampoco se cubre. Cuando la escuela del reportaje de La Nación solicitó autorización para volver al almuerzo completo, la respuesta fue: “hagan los ajustes que tengan que hacer, pero no cambien el menú”.
Esa frase encierra el diagnóstico del problema. Un Estado que se ha vuelto un fin en sí mismo no evalúa si sus órdenes son alcanzables con los recursos que provee; exige el cumplimiento del manual y transfiere hacia abajo la responsabilidad de resolver la brecha. No importa que la realidad haga imposible cumplir el mandato. El costo de esa rigidez no lo contabiliza ningún indicador de eficiencia fiscal. Lo pagan los niños.
Los programas sociales focalizados en población en pobreza son políticamente baratos de recortar porque sus beneficiarios tienen escasa capacidad de presión organizada, baja visibilidad y ningún lobby. Las pensiones de privilegio, los sobresueldos en el sector público de alto ingreso o las exoneraciones tributarias a sectores productivos son, en cambio, políticamente costosos de tocar. No hay huelga de niños hambrientos. No hay marcha de madres de comedor que paralice el país.
El resultado es que el ajuste fiscal en Costa Rica ha sido regresivo por diseño, no por descuido. Se distribuye el sacrificio de forma inversamente proporcional a la capacidad de soportarlo, y nadie en el Ministerio de Hacienda tiene que mirar a los ojos al niño que se quedó sin almuerzo.
El comedor escolar no fue nunca un programa accesorio. Fue la expresión más concreta del pacto social que distinguió a Costa Rica en América Latina, la promesa de que la desigualdad de origen no determinaría por completo el acceso al conocimiento, y de que el Estado llegaba hasta el niño más pobre antes de que el hambre llegara primero.
Ese modelo produjo, durante décadas, indicadores de desarrollo humano que el país exhibía con orgullo. Degradar ese servicio, de almuerzo a merienda, o de “merienda a lo que alcance”, no es una decisión técnica ni neutral. Es una señal sobre qué se protege y qué se sacrifica cuando hay que elegir entre el superávit primario y el plato de un niño.
Este gobierno tendrá que decidir, más temprano que tarde, qué clase de Estado quiere ser, si uno que ajusta con inteligencia distributiva o uno que recorta donde menos resistencia encuentra. La diferencia entre ambos no se mide en puntos del PIB. Se mide en si un niño llega o no al mediodía con algo en el estómago.
