
Después de 20 años, entrar de nuevo a las oficinas de Runway es, para toda una generación, como abrir una puerta que nunca terminó de cerrarse. El diablo viste a la moda 2 (The Devil Wears Prada 2) no es solo una secuela, es una conversación pendiente que tenemos muchos con Miranda, Andy, Emily y Nigel.
Desde que vimos a Andy transformarse en una diva del estilo con aquellas impactantes botas Chanel Thigh-High de la colección otoño-invierno 2005, hemos esperado volverla a ver en la pantalla grande con las nuevas tendencias que nos atacan en el 2026. Ansiamos por muchos años reencontrarnos con Andy Sachs (Anne Hathaway), Miranda Priestly (Meryl Streep), Emily Charlton (Emily Blunt) y Nigel Kipling (Stanley Tucci) y saber qué ha pasado con sus vidas desde que Runway llegó a las nuestras.
Eso pasará muy pronto; la espera por fin acabó y, aunque haya pasado tanto tiempo, muchos sentimos ansias por ponernos nuestros mejores trajes para ir al cine y disfrutar de la continuación de la historia que nos encantó.
El diablo viste a la moda 2 es dirigida nuevamente por David Frankel, quien retoma la historia de la revista Runway, dirigida magistralmente por Miranda (inspirada en la icónica Anna Wintour, editora jefa de Vogue). Eso sí, el mundo es muy distinto al del 2006. “El periodismo impreso cambió. Todo cambió. La cuestión de cómo Miranda enfrentaría el declive de su imperio nos resultó fascinante”, explicó el cineasta en una entrevista que la producción cedió a La Nación.
Con ese cambio también se transforma la manera en que se consume la moda, se comunica y se sostiene. Runway ya no es solo una revista: es un símbolo que lucha por seguir siendo relevante en una era digital dominada por TikToks, influenciadores, likes y seguidores... cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Esta es la premisa que nos presentará El diablo viste a la moda 2 a partir de su estreno este jueves 30 de abril, cuando se estrene en las salas de cine de Costa Rica: no se trata de repetir una fórmula exitosa, el reto está en preguntarse qué queda cuando el brillo empieza a desvanecerse.
“Queríamos ver a estos personajes bajo una nueva luz; cómo enfrentarían las nuevas circunstancias del mundo en el que vivimos”, manifestó la guionista Aline Brosh.

Otro reto narrativo era regresar a aquellos personajes que marcaron profundamente a toda una generación. Meryl, Anne, Emily y Stanley no solo vuelven a estos personajes icónicos, sino que los enfrentan y los habitan con el inevitable peso del tiempo.
El diablo viste a la moda en las voces de sus protagonistas
“Muchas personas se sintieron inspiradas por la vida de Andy la primera vez. Ahora es una mujer adulta, pero sigue siendo esa persona alegre, esperanzada y optimista”, manifestó Hathaway sobre la protagonista de la historia.
Por su parte, Blunt reconoció el vínculo casi íntimo que el público desarrolló con la historia. “La película original se convirtió en una especie de reserva nostálgica de alegría para la gente. Creo que este es un momento en el que necesitamos eso”, expresó.
Y Streep, siempre magnética, situó a Miranda en un terreno más vulnerable, aunque no menos feroz de aquella empresaria que conocimos: “Está en la cúspide, pero al mismo tiempo hay un terremoto bajo sus pies; el modelo de negocio se está desmoronando”, dijo. Ese terremoto que experimenta no solo es empresarial: es estético, cultural y generacional; tal cual lo vivimos en la realidad.
La nostalgia es inevitable y se cuela entre líneas. No solo añoramos a los personajes, sino lo que representaron. Aquella vez que escuchamos “un millón de chicas matarían por este trabajo”, lo creímos de alguna manera y aún pensamos que aquella sentencia es real.
Entre pasarelas, percheros imposibles y decisiones que pesan más que un vestido de alta costura, el regreso de El diablo viste a la moda no solo es un espectáculo en las icónicas calles de Nueva York, sino que marca un lenguaje de identidad que abarca trajes impecables con bolsos espectaculares, cortes de cabello elegantes y tacones que duelen en medio de la vida laboral, personal y amorosa que a todos nos envuelve.
La moda: la base de El diablo viste a la moda
Sí, es algo que inevitablemente estamos deseando ver: los impresionantes looks y outfits que nos presentará El diablo viste a la moda en esta segunda entrega. Aunque nunca hayamos calzado unas Chanel, usado un traje Prada o, mínimo, un pañuelo Hermès, muchos iremos al cine a volvernos expertos en diseño y estilo frente a la pantalla.

El vestuario es uno de los puntos fuertes de la producción. Molly Rogers fue la encargada de este apartado y apostó por lo atemporal, con la consigna de, como en la primera película, perdurar en la memoria colectiva. “Las prendas no debían formar parte de una tendencia; el vestuario tenía que ser perdurable”, explicó.
Esta decisión, según las notas de producción, se siente en la pantalla: Miranda mantiene su uniforme casi como una armadura, luciendo chaquetas estructuradas, siluetas limpias, en fin, lo que parece lujo sin esfuerzo.
Streep utilizó aproximadamente 28 cambios de ropa en la película. Destacan creaciones de Sa Su Phi, Balenciaga, Dries Van Noten, Gucci, Armani y Carolina Herrera.
Andy abraza una estética más madura con guiños andróginos y piezas que mezclan lo vintage con lo contemporáneo. Una moda que no busca solo impresionar, sino narrar.
Sobre el vestuario de Hathaway, la producción contó que tuvo más de 47 cambios en la película, entre ellos diseños de Armani Privé, Dolce & Gabbana (chiste interno: “¿Podría deletrear Gabbana? Creo que no”), Loewe, Jean-Paul Gaultier, Saint Laurent, Tom Ford, Valentino, Louis Vuitton, Chanel y muchos más.

Para Blunt hubo mucha más apertura, ya que su personaje siempre fue más arriesgado. En esta nueva entrega, Emily viste de Dior, Louboutin, Jean-Paul Gaultier, Peter Do, Alexander McQueen, Rick Owens, Massimo Dutti y joyería de Gallery Lulo.
Por su parte Tucci, en su papel del siempre elegante Nigel, usó diseños de Dolce & Gabbana, Paul Stuart, Giorgio Armani, Santoni, Zegna y Tom Ford.
Por otro lado, las locaciones de El diablo viste a la moda también son parte fundamental de la estética de la historia: no podemos olvidar a Andy corriendo elegantemente por las calles de Nueva York o maravillándose por la hermosa París, así que en esta ocasión los lugares donde se grabó la película tenían que ser igual de espectaculares.
Nueva York, por supuesto, es la gran protagonista. En pantalla se podrá ver el exterior del Museo Americano de Historia Natural, el vestíbulo de la editorial McGraw-Hill (que, como en la primera película, funciona como el vestíbulo de Elias-Clarke) y la icónica casa de Upper East Side (donde vive Miranda).
Pero no solo en Estados Unidos hubo aventura; Milán, en Italia, también destacó con grabaciones que se realizaron en la Accademia di Brera, una escuela de bellas artes, así como en Villa Balbiano -un espacio para eventos- y en el Palazzo Parigi. Otras locaciones en Milán incluyeron Villa Arconati, el patio de la iglesia Santa Maria delle Grazie, Palazzo Clerici y la Galleria Vittorio Emanuele II.
De esta manera, mientras Miranda sigue caminando con paso firme en un mundo que cambia sin pedir permiso y Andy vuelve a mirarse en el espejo de sus propias decisiones, nosotros, los fans de El diablo viste a la moda, también lo hacemos. La razón es sencilla, entre telas, zapatos, diseños, bolsos y joyas, este reencuentro nos recuerda un poco lo que fuimos, o más bien, lo que fantaseábamos con ser.

